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terça-feira, 26 de maio de 2020

Novos cátaros para Montsegur. Saint-Loup. «El sol aún entraba en la fortaleza por encima de la muralla occidental. Bajo esa iluminación directa la vegetación salvaje mostraba su verdadero carácter de maleza»

Cortesia de wikipedia e jdact

Luz Azul
«(…) Y tú? Aparte de los AJ…, que haces? Ajiste… Eh! eh! No es una profesión, o sí? Yo? Trabajo cerca de aquí, en un telar de Lavelanet. El que se encamina hacia la puerta es el hijo de mi patrón, Gaston Reboul… Este yugo ajiste le parece extraño, no?... El proletario y el hijo de papá…. El capital y el trabajo se dan bien y nos gastamos bromas en los AJ los sábados por la tarde!... Camas a la española (Broma consistente en colocar las sábanas dobladas sobre su mitad con el fín de que el durmiente sólo pueda introducirse parcialmente en la cama)… Cubos llenos de agua encima de las puertas. Racimos de uvas dentro de las botas! Me encanta gastar bromazos y soy un socialista que vale por dos! Y el hijo de su patrón se aviene a este juego? Claro, tiene esprit auberge! (Expresión francesa que significa más o menos predilección por albergues o espíritu de albergue).
Otto Rahn murmuró con ensoñación: también tenemos lo mismo en Alemania, ahora.
Y alternativamente observaba a la bella e inquietante Auda Isarn y Gaston Reboul, hijo de un capitalista integrado en una sociedad sin clases de los AJ. De mediana altura, trigueño, magro, el joven Reboul ostentaba una dejadez asumida tal vez de manera voluntaria, sin la cual tendría dificultad de sentirse a gusto en un mundo más cercano al trabajador Jordi Couquet que al heredero de los Telares Industriales de Lavelanet. Pensó: estos ajistes (que me parta un rayo! Cómo se puede ser ajiste?...) caen en el engaño, ya que su ideal consiste en alinear al pueblo por la élite y no hacer descender a esta hasta el pueblo!
Jordi Couquet terminaba de roer una manzana arrugada, con un invierno en el granero en su haber, y arrojó el carozo en medio de los matorrales de enfrente. Otto Rahn la reprendió suavemente: no debió hacer eso… El joven arqueó las cejas negras y espesas. No me venga con esas! Por qué? Allí puede crecer un manzano! Por qué? Por respeto a Montsegur, el más sagrado de todos los elevados lugares de Europa! Inquieto, el camarada Couquet miró directamente al alemán. Tuvo ganas de colocarse un dedo en la sien precisando la estima que tenía por la salud mental de su viejo interlocutor, pero se contentó con objetar: alto lugar? Montsegur a duras penas tiene mil doscientos metros. Ya estuve en montañas con más de tres mil. Qué si pasa? No se acotaron altitudes para arrojar huesos!

El sol aún entraba en la fortaleza por encima de la muralla occidental. Bajo esa iluminación directa la vegetación salvaje mostraba su verdadero carácter de maleza. Las conversaciones fueron escaseando con las primeras muestras de calor. Otto Rahn parecía contrariado. El movimiento (acompasado) del pie apoyado sobre el talón le cronometraba el curso de los pensamientos y dejaba traslucir una ligera irritación. Permaneció en silencio durante largo tiempo y, por fin, retomó la conversación con una frase trivial. De modo qué todos sois de esta región? Todos. Marius Chabrol, el pequeño allí de abajo que nos mira como un padre listo a escuchar una confesión de asesinato, es de Narbona. Es banquero. Digamos más bien, empleado bancario! Eh, eh! No es lo mismo. Sea como fuere, es un tipo importante… Tiene diecinueve años y es secretario de la juventud comunista de su zona! El que está en el lado izquierdo es Raymond Ferrocas, va a ingresar en la Escuela Normal de profesores. Nació en Béziers. El grueso aquel, de cara cortada a machetazos, es Robert Robuffay, trabaja con el padre en Menèrba. Tiene viñedos. El del pelo ensortijado a la vera del muro es Guyot Peyrat, de Toulouse. Está preparando cualquier asunto en la Facultad de Letras de Montpellier. Un excéntrico. Habla y escribe el dialecto de la región. Todos son de aquí.
Guyot Peyrat se había aproximado y ya estaba lo suficientemente cerca como para oír la última frase que denominaba dialecto a la lengua d’Oc. Levantó los hombros y dijo: ya no se hacen amôrri (Expresión que forma parte de la dialéctica del resentimiento usada en el Languedoc en 1968. Proviene de Amaury y se refiere al hijo de Simon de Monfort que precisamente no brillaba por su inteligencia), como tu, Jordi! Dijiste más de un centenar de veces que la lengua d’Oc no es un dialecto! Qué quieres que haga para no quedarme a medias-tintas, si eso es chino para mi? Uno a uno, los muchachos se fueron colocando junto al alemán. La chica paseaba sobre los peñascos manteniéndose a distancia en una actitud de pura-sangre. Otto Rahn se volvió al muchacho que había abordado primeramente una hora antes: señor Barbarïa, quería hacerle una pregunta, una pregunta importante. Cuál es la razón de venir con sus camaradas a Montsegur? Un tanto cuestionado, Barbaïra tardó en responder». In Saint-Loup, Novos cátaros para Montsegur, tradução para espanhol por RRB, tradução de António Rangel, 2003, Huguin Editores, Lisboa, Eneese, Las Españas, año 120 (2010).

Cortesia de HuguinE/JDACT

segunda-feira, 9 de março de 2020

O Número de Deus. José L. Corral. «Estamos no Solstício de Verão, quase ao meio-dia. Dentro de uns momentos o sol atingirá a sua plenitude zenital aqui, na cidade de Chartres; esse será o momento em que a luz solar brilhará…»

jdact

O Algarismo e o Número
«(…) Na manhã seguinte, o bispo Maurício e o abade de Arlanza dirigiram-se à catedral. O dia estava luminoso e claro e nem uma só nuvem ameaçava cobrir o sol. Pouco antes do meio-dia, como Jean de la Tour tinha indicado, os dois castelhanos apresentaram-se na entrada ocidental. Ali esperava-os o cónego, acompanhado por um cavalheiro que, pela sua vestimenta, parecia um indivíduo importante. Senhor bispo, senhor abade, apresento-vos João Ruão, mestre-de-obras da catedral de Chartres. Mestre João, apresento-vos dom Maurício, bispo de Burgos, no reino de Castela, e o senhor abade de Arlanza. Os quatro homens cumprimentaram-se. Senhor cónego, o que é isso de tão extraordinário que nos espera? Haveis conseguido despertar de tal modo a minha curiosidade, que esta noite quase não consegui pregar olho.
O mestre João de Ruão explicar-vos-á; segui-nos, por favor. Entraram os quatro na catedral. Era um pouco antes do meio-dia e a luz banhava todo o templo penetrando em caudais pelos vitrais multicores. O arquitecto conduziu-os até um determinado lugar ao meio da nave central. Estamos no Solstício de Verão, quase ao meio-dia. Dentro de uns momentos o sol atingirá a sua plenitude zenital aqui, na cidade de Chartres; esse será o momento em que a luz solar brilhará com a maior intensidade de todo o ano. E então...?, perguntou o bispo Maurício, cada vez estranhando mais. Observai aquele vitral, é aquele a que chamamos Santo Apolinário, e agora aquela espiga dourada incrustada na pedra branca. No meio do lajeado cinzento do cruzeiro sul destacava-se uma pedra esbranquiçada em que havia uma espiga de metal dourado embutida. Sim, estou a ver, mas o que significa...
Um momento! Eminência, um momento.
Passou um bocado até que um raio de luz penetrou por uma abertura do vitral de Santo Apolinário em que tinha sido colocado um vidro convexo. No momento em que o Sol atingiu o zénite, precisamente ao meio-dia, o raio penetrou pela abertura do vitral para incidir precisamente sobre a espiga dourada, que pareceu iluminar-se como se estivesse dotada de luz própria. E nesse preciso momento, toda a catedral se iluminou com dezenas de feixes que ressaltaram pelas paredes criando um espaço absolutamente mágico. As paredes, os pilares, as abóbadas, tudo parecia esfumar-se entre os raios dourados e o tremular dos feixes de luz.
Santo Deus!, exclamou o bispo Maurício. Já o haveis visto, Eminência, conseguimos captar os raios de sol e que pelo menos durante uns instantes, sejam nossos. Haveis conseguido um efeito maravilhoso, mas... como? É um problema de óptica, interveio João Ruão; bem, de óptica e de teologia. Deus é a luz, a luz do universo que fecunda a terra e que nos livra da matéria escura. A pedra significa o mundo feminino, que ao receber a 1uz dá vida. Se haveis reparado, a Virgem está esculpida na entrada em pedra negra. Mas isso não é tudo, segui-me.
João levou-os até à nave central, quase aos pés do templo.
Construímos esta catedral à imagem do mundo. Este templo é o símbolo de todo o universo, estão aqui reunidas a luz e e a escuridão, a razão e a loucura. Mas, sem dúvida, é o templo do triunfo da luz sobre as trevas. Os vitrais dão forma à divina luz solar. A luz é o elemento fecundador masculino e a pedra o receptor feminino, ambos nos falam e nos recordam quem somos e de onde vimos.
Pareceu ao bispo Maurício que algumas das coisas que o arquitecto de Chartres dizia raiavam a heresia, ou pelo menos se assemelhavam a crenças pagãs condenadas pela Igreja. Deus fez a luz, disse o bispo de Burgos». In José Luís Corral, O Número de Deus, 2004, O Segredo das Catedrais Góticas, Planeta Editora, Lisboa, 2006, ISBN 972-731-185-7.

Cortesia de Planeta Editora/JDACT

quarta-feira, 18 de setembro de 2019

O Labirinto Perdido. Kate Mosse. «Chama pela última vez. É a voz de um amigo. Não de alguém que lhe quer mal. Alice se esforça para abrir os olhos, sabendo que, se conseguisse ver, entenderia. Não consegue. Não completamente»

Cortesia de wikipedia e jdact

Pic de Soularac. Montes Sabarthés
(…) Um pilar de fogo em movimento, branco, dourado e vermelho, vergando-se em todas as direcções, mudando constantemente de forma. Por instinto, Alice ergue as mãos para proteger o rosto do calor intenso, embora não consiga senti-lo. Pode ver rostos presos nas chamas que dançam, bocas contorcidas em silenciosa agonia enquanto o fogo as acaricia e devora. Alice tenta parar. Precisa parar. Os seus pés estão feridos e sangrando, a sua longa saia está molhada, atrapalhando os seus movimentos, mas quem a persegue está logo atrás dela e algo além de seu controle a está conduzindo para o abraço fatal do fogo. Ela não tem outra escolha senão pular, para evitar ser consumida pelas chamas. Lança-se no ar em espiral como uma coluna de fumaça, flutuando bem alto acima dos amarelos e laranjas. O vento parece sustentá-la, liberando-a da terra. Alguém está chamando o seu nome, uma voz de mulher, embora a pronúncia seja estranha. Alaïs. Ela está segura. Livre.
Então sente a conhecida pressão de dedos frios nos seus tornozelos, prendendo-a ao chão. Não, não são dedos, são correntes. Alice então percebe que está segurando alguma coisa nas mãos, um livro, fechado por tiras de couro. Entende que é aquilo que ele quer. Que eles querem. Ê a perda desse livro que os deixa zangados. Se ao menos ela conseguisse falar, talvez pudesse fazer um acordo. Mas sua cabeça está vazia de palavras, e a sua boca é incapaz de falar. Ela debate-se, chuta tentando escapar, mas está presa. A pressão inflexível nas suas pernas é forte demais. À medida que é arrastada de volta para o fogo, ela começa a gritar, mas tudo é silêncio. Ela grita de novo, sentindo a voz lutar bem dentro de si para ser ouvida. Dessa vez, o som sai num jacto. Alice sente o mundo real voltar a toda velocidade. Som, luz, cheiro, o gosto metálico do sangue na sua boca. Até que, por uma fracção de segundo, ela pára, subitamente, envolta por um frio translúcido. Não é o frio conhecido da caverna, mas algo diferente, intenso e brilhante. Dentro dele, Alice consegue distinguir com dificuldade o turvo contorno de um rosto, bonito, indistinto. A mesma voz torna a chamar seu nome.
Alaïs.
Chama pela última vez. É a voz de um amigo. Não de alguém que lhe quer mal. Alice se esforça para abrir os olhos, sabendo que, se conseguisse ver, entenderia. Não consegue. Não completamente.
O sonho começa a se dissipar, libertando-a. Hora de acordar. Preciso acordar. Então ouve outra voz na sua cabeça, diferente da primeira. A sensação retorna aos seus braços e pernas, os seus joelhos esfolados ardendo e a sua pele arranhada e dolorida no ponto onde ela caiu. Pode sentir alguém segurar o seu ombro com força, sacudindo-a de volta à vida. Alice! Alice, acorde!

A Cité na Colina. Carcassone. 1209
Alaïs acordou sobressaltada, arregalando os olhos. O medo pulava no seu peito como um passarinho preso numa rede que luta para se libertar. Ela apertou as costelas com as mãos para sossegar o coração disparado. Por um instante, não ficou nem dormindo nem acordada, como se alguma parte dela mesma houvesse sido deixada para trás no sonho. Sentiu que flutuava, e olhava para si mesma de uma grande altura, como as gárgulas de pedra que faziam caretas para os passantes do telhado da catedral de Sant-Nasari. O quarto tornou a entrar em foco. Ela estava sã e salva na sua própria cama, no Château Comtal. Gradualmente, os seus olhos foram-se acostumando ao escuro. Estava a salvo das pessoas magras, de olhos negros que a assombravam à noite, seus dedos afiados arranhando-a e puxando-a. Elas não podem alcançar-me agora. A linguagem esculpida nas pedras, mais imagens do que palavras, que nada significava para ela, tudo se dissolveu como colunas de fumaça no ar outonal. O fogo também se tinha apagado, deixando apenas uma lembrança na sua mente. Uma premonição? Ou apenas um pesadelo?
Ela não tinha como saber. Tinha medo de saber. Alaïs estendeu a mão para as cortinas penduradas ao redor da cama, como se ao tocar algo concreto ela própria fosse se sentir menos transparente e abstrata. O tecido surrado, repleto da poeira e dos cheiros conhecidos do castelo, reconfortou-a com a aspereza sob seus dedos». In Kate Mosse, O Labirinto Perdido, Labyrinth, 2005, Publicações dom Quixote, 2006, ISBN 978-972-202-969-8.
                                                                              
Cortesia de PdomQuixote/JDACT

domingo, 13 de janeiro de 2019

O Número de Deus. José L. Corral. «E o que vos traz por cá, senhor bispo? O cónego la Tour acompanhara Maurício e o abade de regresso à pousada, e estes tinham-no convidado a cear com eles»

jdact

O Algarismo e o Número
«(…) A catedral de Chartres surgiu entre os campos de trigo, já amarelecidos pelo estio, como o esqueleto de uma enorme baleia varada numa praia de dunas douradas. À distância, o templo parecia completamente acabado. Os arcobotantes destacavam como as cavernas de um navio ou as gigantescas costelas de um animal fabuloso. Conforme dom Maurício e os seus acompanhantes se aproximavam, a catedral de Chartres, situada no alto de uma colina, parecia crescer para o céu, agudizando o seu perfil estriado e difuso.
Aquele era o último dia da Primavera, um dia muito assinalado, pois a nova catedral de Chartres tinha sido construída como um verdadeiro monumento à luz, e o sol alcançaria no dia seguinte o seu ponto mais alto de todo o ano. O bispo de Burgos, dizeis?, perguntou o estalajadeiro a quem dom Maurício, o abade de Arlanza e os quatro soldados da escolta pediram pousada. Sim, Burgos, em Castela. Ouvi falar dessa cidade; alguns dos meus clientes fizeram a peregrinação ao túmulo do apóstolo Santiago de Compostela. Pareceis um senhor importante, mas perdoai-me, se vos peço que me pagueis adiantado. Maurício indicou ao abade de Arlanza que assim procedesse; a cara do estalajadeiro iluminou-se quando viu o brilho prateado das moedas.
Dirigiram-se de imediato à catedral, que, tal como lhes havia parecido ao longe, estava praticamente terminada. Afinal, a catedral está quase acabada. Acreditais, Senhor Abade, que alguma vez teremos uma como esta em Burgos? Se vos propuserdes a isso, Eminência, certamente que sim. Os dois clérigos entraram na catedral. A tarde começava declinar e o sol rasante inundava o espaço com uma luz irisada. Através dos janelões, os feixes luminosos desdobravam-se por todo o interior do templo, numa catarata furta cores.
O bispo Maurício não pôde reprimir a emoção. Uniu as mãos, levantou os braços ao céu e caiu de joelhos no meio da nave central. Os seus olhos pasmados contemplavam a sinfonia de cores filtradas pelos vidros dos janelões como se estivessem a presenciar o primeiro amanhecer do universo. Uma personagem vestida com roupas talares aproximou-se dos castelhanos. Sois estrangeiros?, perguntou-lhes em latim. Somos castelhanos, respondeu o abade de Arlanza, enquanto o bispo Maurício continuava de joelhos, de braços levantados, olhos assombrados e boca aberta. Sua Eminência, o bispo de Burgos, e quem vos fala, o abade de San Pedro de Arlanza. Eu sou Jean de la Tour, cónego da catedral de Chartres. Sede bem-vindos à casa de Deus e de sua Madre Santíssima. Mas Maurício não ouvia nada, todos os seus sentidos, naquele momento, estavam absortos na luz da catedral.
                    
E o que vos traz por cá, senhor bispo? O cónego la Tour acompanhara Maurício e o abade de regresso à pousada, e estes tinham-no convidado a cear com eles. Vamos buscar a futura esposa do rei de Castela, a princesa Beatriz da Suávia. Pois haveis-vos desviado do vosso destino. Decidimos visitar antes Paris e Chartres, para contemplarmos as suas catedrais. Tenho intenção de construir uma igreja em Burgos, neste novo estilo. Essa é agora a ideia da maioria dos bispos cristãos. Desde que o abade Suger encomendara a construção da sua nova igreja em honra de São Dionísio e indicara ao seu mestre-de-obras que o templo devia ser a casa da luz, todos desejavam imitar Suger.
Vós sois clérigo, um ministro do Senhor, deveis saber bem que se Deus é a luz, a sua casa tem de ser a casa da luz. Se achardes por bem vir amanhã à catedral, comprová-lo-eis. Amanhã? Precisamente amanhã. Se o que buscáveis era luz, haveis chegado no melhor dia do ano para isso. Espero-vos um pouco antes do meio-dia na entrada ocidental. Sereis testemunhas de algo extraordinário, se o dia não amanhecer encoberto». In José Luís Corral, O Número de Deus, 2004, O Segredo das Catedrais Góticas, Planeta Editora, Lisboa, 2006, ISBN 972-731-185-7.

Cortesia de Planeta Editora/JDACT

quinta-feira, 20 de dezembro de 2018

O Labirinto Perdido. Kate Mosse. «O instante do impacto nunca chega. Os ossos não se partem nas pedras e sílices cinzentos. Em vez disso, Alice cai no chão correndo, e segue aos tropeços por um caminho íngreme»

Cortesia de wikipedia e jdact

Chartres. Norte da França
«(…) Os quatro ajudantes mais graduados deixam as suas posições e se movem para junto da Sacerdotisa. A sua cabeça é inclinada para trás, com delicadeza, e um líquido espesso e doce escorre por entre os seus lábios. É o que esperava, e ele não resiste. Conforme o calor se espalha pelo seu corpo, ele levanta os braços e os seus companheiros ajeitam um manto dourado sobre os seus ombros. Aquelas pessoas estão acostumadas com o ritual, mas mesmo assim ele pode sentir o nervosismo. De repente, ele sente algo como uma tira de ferro em volta do pescoço, apertando a sua traqueia. Suas mãos voam para a própria garganta enquanto ele luta para respirar. Tenta gritar, mas as palavras não vêm. A nota aguda e cortante do sino começa outra vez a ressoar, constante e persistente, submergindo-o. Uma onda de náusea percorre o seu corpo. Ele pensa que vai desmaiar e agarra o objecto na sua mão em busca de conforto, com tanta força que as suas unhas cortam a pele macia da palma da sua mão. A dor intensa o ajuda a não cair. Agora ele entende que as mãos nos seus ombros não são reconfortantes. Não o estão amparando, mas sim segurando-o. Outra onda de náusea o 13 submerge e a pedra parece mover-se e escorregar sob o peso do seu corpo.
Seus olhos estão embaçados e ele não consegue focalizar nada, mas pode ver que a Sacerdotisa está segurando uma faca, embora não tenha ideia de como a lâmina prateada foi parar na sua mão. Tenta se levantar, mas a droga é forte demais e já lhe tirou as forças. Ele não consegue mais controlar os braços e pernas. Non!, tenta gritar, mas é tarde demais. De início, pensa ter levado um soco entre os ombros, só isso. Então uma dor difusa começa a espalhar-se pelo seu corpo. Algo morno e macio escorre lentamente por suas costas. Sem aviso, as mãos o soltam e ele cai para a frente, desabando como uma boneca de pano enquanto o chão parece erguer-se e vir ao seu encontro. Não sente dor quando a sua cabeça bate no chão, cujo contacto na sua pele parece de alguma forma fresco e agradável. Todo o barulho, toda a confusão e medo estão indo embora. As uas pálpebras estremecem e se fecham. Ele não tem mais consciência de nada a não ser da voz dela, que parece vir de muito longe.
Une leçon. Pour tous, ela parece dizer, embora isso não faça sentido. Em seus últimos e entrecortados instantes de consciência, o homem acusado de revelar segredos, condenado por ter falado quando deveria ter ficado calado, segura o cobiçado objecto com força na mão até a sua ligação à vida cessar e o pequeno disco cinza, do tamanho de uma moeda, rolar para o chão. Numa das faces do disco estão inscritas as letras NV. Na outra está gravado um labirinto.

Pic de Soularac. Montes Sabarthés
Por um instante, tudo é silêncio. Então a escuridão se dissolve. Alice não está mais na caverna. Está flutuando num mundo branco, sem gravidade, transparente, pacífico e silencioso. Está livre. Segura. Alice tem a sensação de deslizar para fora do tempo, como se estivesse caindo de uma dimensão para outra. A linha entre passado e presente agora desaparece nesse lugar onde não existe tempo nem espaço. Então, como o alçapão de um cadafalso, Alice sente um súbito puxão, uma queda, e começa a despencar pelo céu aberto, caindo, caindo em direcção à encosta coberta de florestas da montanha. O ar frio silva nos seus ouvidos enquanto ela mergulha, cada vez mais depressa e com mais força, rumo ao chão. O instante do impacto nunca chega. Os ossos não se partem nas pedras e sílices cinzentos. Em vez disso, Alice cai no chão correndo, e segue aos tropeços por um caminho íngreme e irregular no meio da floresta, entre duas colunas de árvores altas. Densas, imponentes, elas se erguem acima dela tornando impossível ver o que há atrás. Rápido demais.
Alice agarra-se aos galhos como se eles pudessem reduzir a velocidade da sua queda, impedir esse voo de cabeça rumo a um lugar desconhecido, mas as suas mãos passam directo pela vegetação como se ela fosse um fantasma ou espírito. As uas mãos arrancam tufos de pequenas folhas, como cabelos numa escova. Ela não pode senti-los, mas a seiva tinge de verde as pontas dos seus dedos. Ela os leva até ao rosto para inalar o seu aroma delicado, acre. Tampouco consegue sentir o seu cheiro. Alice sente uma dor na lateral do abdómen, mas não consegue parar porque há algo atrás dela, se aproximando cada vez mais. O caminho continua muito íngreme sob os seus pés. Pela textura, tem consciência de que raízes secas e pedras substituíram a terra macia, o musgo e os galhos no caminho. Mesmo assim, não há ruído. Nenhum pássaro canta, nenhuma voz chama, não se ouve nada a não ser a sua respiração irregular. O caminho arqueia e se dobra para um lado e para o outro, lançando-a para lá e para cá, até que ela faz uma curva e vê o silencioso muro de chamas que impede a passagem logo adiante». In Kate Mosse, O Labirinto Perdido, Labyrinth, 2005, Publicações dom Quixote, 2006, ISBN 978-972-202-969-8.
                                                                              
Cortesia de PdomQuixote/JDACT

O Labirinto Perdido. Kate Mosse. «Graças aos documentos que recebeu, ele decorou a disposição do aposento, e enquanto caminha em direcção ao sepulcro no seu centro pode sentir os olhos de todos nas suas costas»

Cortesia de wikipedia e jdact

Chartres. Norte da França
«(…) Mantendo-se no mesmo passo, as três figuras se adiantam devagar. Ele ensaiou isso e sabe o que esperar, sabe o que se espera dele, embora sinta os próprios pés um pouco instáveis. Faz calor ali dentro em comparação com o corredor, e está escuro. A única luz vem das velas arrumadas nas alcovas e sobre o altar, projectando sombras que dançam pelo chão. A adrenalina corre pelo seu corpo, embora ele se sinta estranhamente alheio aos acontecimentos. A porta fechando-se atrás dele o faz sobressaltar. Os quatro ajudantes mais graduados estão em pé marcando norte, sul, leste e oeste do aposento. Ele quer desesperadamente levantar os olhos e ver melhor, mas força-se a manter a cabeça baixa e o rosto escondido, como foi instruído a fazer. Pode sentir as duas fileiras de iniciados alinhadas nas laterais mais compridas da câmara 12 rectangular, seis de cada lado. Pode sentir o calor de seus corpos e ouvir o subir e descer da sua respiração, mesmo que ninguém se mova nem diga nada.
Graças aos documentos que recebeu, ele decorou a disposição do aposento, e enquanto caminha em direcção ao sepulcro no seu centro pode sentir os olhos de todos nas suas costas. Pergunta-se se conhece algum deles. Colegas de profissão, mulheres de outros homens, qualquer um pode ser membro. Não pode evitar que um ténue sorriso lhe suba aos lábios enquanto se permite fantasiar, por um instante, sobre a diferença que fará o facto de ele ser aceite na sociedade. É trazido bruscamente de volta ao presente quando tropeça e quase cai por cima da pedra que serve de genuflexório na base do sepulcro. A câmara é menor do que a planta o fizera pensar, mais confinada e claustrofóbica. Ele esperava que a distância entre a porta e a pedra fosse maior.
Quando ele se ajoelha sobre a pedra, ouve-se um arquejo vindo de alguém perto dele, e ele pergunta o motivo. O seu coração começa a bater mais depressa e, quando baixa os olhos, ele vê que as articulações dos seus dedos estão brancas. Envergonhado, junta as mãos, antes de se lembrar e tornar a deixar os braços caírem ao lado do corpo, onde devem ficar. Há uma leve depressão no centro da pedra, que parece dura e fria sob seus joelhos através do fino tecido da túnica. Ele mexe o corpo de leve, tentando encontrar uma posição mais confortável. O desconforto lhe dá algo em que se concentrar, e ele se sente grato por isso. Ainda está tonto e tem dificuldade para se concentrar ou se lembrar da ordem em que as coisas devem acontecer, muito embora a tenha repassado vezes sem conta na mente.
Um sino começa a soar dentro da câmara, uma nota aguda, cortante; um cântico baixo a acompanha, de início ténue, mas rapidamente mais alto à medida que vai ganhando novas vozes. Fragmentos de palavras e expressões reverberam por sua cabeça: montanhas; noblesa, nobreza; libres, livros; graal... A Sacerdotisa desce do grande altar e caminha pela câmara. Ele mal pode escutar o arrastar dos seus pés e imagina como sua túnica dourada deve cintilar e ondular à luz vacilante das velas. Esse é o momento pelo qual ele estava esperando. Je suis prêt, repete entre os dentes. Dessa vez, com convicção.
A Sacerdotisa se imobiliza diante dele. Ele pode sentir o seu perfume, subtil e leve sob o aroma pungente do incenso. Solta um arquejo quando ela se inclina e segura a sua mão. Os dedos dela estão frescos e as unhas bem-feitas, e um espasmo de eletricidade, quase desejo, sobe pelo seu braço quando ela aperta algo pequeno e redondo na palma da sua mão, e em seguida faz seus dedos fecharem-se sobre o objecto. Nesse momento, mais do que tudo que jamais quis na vida, ele quer ver o rosto dela. Mas mantém os olhos voltados para o chão, como lhe foi ensinado». In Kate Mosse, O Labirinto Perdido, Labyrinth, 2005, Publicações dom Quixote, 2006, ISBN 978-972-202-969-8.
                                                                              
Cortesia de PdomQuixote/JDACT

O Labirinto Perdido. Kate Mosse. «O homem faz uma pausa e estende a mão para pegar os óculos. Seus olhos estão anuviados de lembranças, mas o guignolet é forte e doce, e reacende a sua energia»

Cortesia de wikipedia e jdact

Los Seres. Sudoeste de França
«(…) Vi o verde da Primavera dar lugar ao dourado do Verão, o cobre do Outono dar lugar ao branco do Inverno, enquanto eu, sentado, esperava a luz se esvanecer. Muitas e muitas vezes perguntei a mim mesmo: por quê? Se eu soubesse como seria viver em tamanha solidão, suportar, como única testemunha, o ciclo interminável de nascimento, vida e morte, o que eu teria feito? Alais, o fardo da minha solidão tornou-se prolongado demais para que eu o possa suportar. Eu sobrevivi esta longa vida com um vazio no coração, um vazio que, ao longo dos anos, não parou de aumentar até se tornar maior do que o meu próprio coração. Eu lutei para manter as minhas promessas. Uma delas foi cumprida, a outra não. Pelo menos até agora. Já faz algum tempo que o sinto perto. Nossa hora está quase chegando de novo. Tudo aponta para isso. Logo a caverna será aberta. Sinto a verdade disso à minha volta. E o livro, que durante tanto tempo repousou em segurança, também será encontrado.
O homem faz uma pausa e estende a mão para pegar os óculos. Seus olhos estão anuviados de lembranças, mas o guignolet é forte e doce, e reacende a sua energia. Eu a encontrei. Enfim. E me pergunto, se puser o livro nas suas mãos, será que ela o reconhecerá? Estará a sua lembrança escrita no sangue e nos ossos dela? Será que ela se lembrará de como a capa cintila e muda de cor? Se desatar a sua tira e o abrir, tomando cuidado para não danificar o velino seco e quebradiço, será que se lembrará das palavras ecoando pelos séculos passados? Rezo para que, à medida que os meus longos dias se aproximam do fim, eu tenha enfim a oportunidade de consertar o que um dia estraguei, para que eu enfim conheça a verdade. A verdade me libertará. O homem se recosta na cadeira e estende diante de si, sobre a mesa, as mãos cobertas pelas manchas marrons da idade. A oportunidade de saber, tanto tempo depois, o que aconteceu no final. Isso é tudo que ele quer.

Chartres. Norte da França
Mais tarde, nesse mesmo dia, quase mil quilómetros para o norte, outro homem está de pé num corredor mal iluminado sob as ruas de Chartres, esperando a cerimônia começar. As palmas de suas mãos estão suadas, sua boca está seca e ele tem consciência de cada nervo, cada músculo do seu corpo, até mesmo do pulsar das veias nas suas têmporas. Sente-se pouco à vontade, aéreo, embora não saiba dizer se isso se deve ao nervosismo e à expectativa ou aos efeitos do vinho. A túnica branca pesa nos seus ombros, um peso pouco familiar, e as cordas feitas de cânhamo torcido repousam sem naturalidade sobre os seus quadris ossudos. Ele olha de relance para as duas figuras silenciosas de pé ao seu lado, mas os capuzes escondem-lhes o rosto. Ele não sabe dizer se estão tão ansiosos quanto ele ou se já passaram por esse mesmo ritual muitas vezes antes. Estão vestidos da mesma maneira que ele, mas as suas túnicas são douradas em vez de brancas, e eles estão calçados. Os seus próprios pés estão descalços, e as pedras do piso são frias.
Bem lá em cima, acima da rede escondida de túneis, os sinos da grande catedral gótica começam a badalar. Ele sente os homens ao seu lado se retesarem. E o sinal pelo qual estavam esperando. Imediatamente, ele abaixa a cabeça e tenta se concentrar no momento presente. Je suis prêt, murmura, mais para reconfortar a si mesmo do que em uma afirmação. Nenhum dos seus dois companheiros esboça qualquer reacção. Quando a última reverberação dos sinos se transforma novamente em silêncio, o acólito à sua esquerda dá um passo à frente e, com uma pedra parcialmente escondida na palma da mão, desfere cinco batidas na porta maciça. Lá de dentro vem a resposta. Dintrar. Entrar. O homem pensa por um instante que reconhece a voz da mulher, mas não tem tempo de adivinhar de onde nem de quando, porque a porta já está abrindo para revelar a câmara que ele esperou tanto tempo para ver». In Kate Mosse, O Labirinto Perdido, Labyrinth, 2005, Publicações dom Quixote, 2006, ISBN 978-972-202-969-8.

Cortesia de PdomQuixote/JDACT

quinta-feira, 19 de julho de 2018

O Número de Deus. José L. Corral. «Quando deixaram as bagagens em segurança, foram visitar a catedral de Notre-Dame. O templo, em pleno coração da ilha de la Cité…»

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O Algarismo e o Número
«(…) Numa manhã de princípios de Junho, debaixo de um sol ardente e amarelo divisaram o vale do Sena e, no coração da extensa planura, abraçada ao rio como uma amante adormecida, apareceu o casario cinzento e ocre da cidade de Paris. Cinco soldados tinham-se adiantado uma jornada para mostrar o documento enrolado em que ei rei Fernando de Castela nomeava o portador do salvo-conduto, Maurício, bispo de Burgos, embaixador real e lhe outorgava a sua representação em toda a terra de fiéis e infiéis. Senhor bispo, avisámos o preboste de Paris da vossa iminente chegada; mostrou-se muito amável e recomendou-nos que nos alojássemos nas dependências de um convento que uns monges italianos estão a construir nos arredores da cidade. Haveis falado com o senhor bispo? Fornos ao seu palácio, que está situado numa ilha no meio do rio, mas aí disseram-nos que está fora, visitando alguns lugares da diocese, mas regressará em breve. Pois façamos caso do preboste e vamos instalar-nos onde nos aconselhou.

Quando deixaram as bagagens em segurança, foram visitar a catedral de Notre-Dame. O templo, em pleno coração da ilha de la Cité, estava muito avançado. O plano da obra era grandioso; cinco naves escalonadas em altura estendiam-se ao largo de quatrocentos pés de comprimento, com um cruzeiro só detectado no alçado, não na planta. Quando cá estive a estudar, há dez anos, a nave ainda estava a céu aberto, pois faltava colocar quase todo o telhado. Mas agora, Santo Deus! É extraordinário. Fixai-vos nessas abóbadas, nas tribunas, nos janelões, observai a luz, que inunda tudo..., a luz, a luz...
O bispo Maurício contemplava extasiado a grande igreja Catedral de Notre-Dame, tão grande que poderia conter dentro dela três catedrais como a de Burgos. O bispo Maurício vivera em Paris alguns anos antes. Nesta cidade, destino de quantos eclesiásticos quisessem tudo o que o mundo era capaz de ensinar até então, estudara com o seu amigo e companheiro Rodrigo Ximenes Rada. Quando este foi nomeado arcebispo de Toledo, em 1209, Maurício regressou a Castela, pois Rodrigo chamou-o para seu lado, como arcediago. Quatro anos depois e devido ao seu prestígio, foi nomeado bispo de Burgos, sem que ainda tivesse cumprido os trinta anos.
Durante vários dias, e enquanto o bispo parisiense não regressava da visita pastoral pela diocese e o recebia no seu palácio, Maurício interessou-se por todos os aspectos relacionados com a construção da catedral de Notre-Dame. Preocupavam-no o custo da obra, o tempo de execução, a maneira de realizar as abóbadas, a quantidade de operários necessários para semelhante trabalho e a maneira de coordenar todos eles. Todos os dias se deslocava até à catedral, onde uma equipa de escultores estava a começar a lavrar as esculturas da fachada principal, que no seu estado final disporia de duas enormes torres demarcando um grandioso pórtico no qual as cinco naves se manifestavam para o exterior em cinco portas.
Temos que ir a Chartres. Não fica muito longe, apenas a dois dias de caminho para oeste. Quando cá estive não visitei essa cidade, mas toda a gente falava da catedral que ali estava a ser construída. Um dos oficiais desta obra aconselhou-me a visitá-la. O bispo Maurício e o abade de Arlanza partiram para Chartres com uma pequena escolta de quatro soldados comandados pelo prior do Hospital. O resto da comitiva castelhana ficou em Paris, aguardando o regresso do bispo, enquanto o abade de Rio Seco viajava para a Alemanha para preparar o encontro com a princesa Beatriz». In José Luís Corral, O Número de Deus, 2004, O Segredo das Catedrais Góticas, Planeta Editora, Lisboa, 2006, ISBN 972-731-185-7.

Cortesia de Planeta Editora/JDACT

quinta-feira, 31 de maio de 2018

No 31. O Número de Deus. José L. Corral. «O intenso azul das terras do Midi tornava-se num esvaído azul-esbranquiçado. Mas os campos de searas e a paisagem monótona e ondulada continuavam a dominar tudo»

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O Algarismo e o Número
«(…) Durante várias semanas viajaram para norte, sempre pelo Caminho Francês; quando perderam de vista os Pirenéus, a paisagem tornou-se monótona: suavíssimas colinas a meio de uma planície infinita coberta de campos de trigo, nos quais de vez em quando se destacava a torre de uma igreja ou um castelo no alto de urna suave colina. Nas encruzilhadas e nas margens dos rios agrupavam-se numerosos casarios de tamanhos muito diversos; alguns eram apenas pequenas aldeias de pouco mais de uma dúzia de casas e outros configuravam-se aglomerações tão grandes como Burgos, e até maiores. Muitas dispunham de fortalezas imponentes construídas com pedras bem talhadas, ornadas de torreões poderosíssimos lavrados em pedras tão brancas que reflectiam os raios do Sol como se de um espelho de azougue se tratasse. Essas cidades possuíam magníficas igrejas e catedrais, todas elas construídas no velho estilo românico, mas todos os bispos dessas dioceses aspiravam construir em breve novas catedrais, tal como as que estavam a ser erguidas a norte do rio Loire.
A Aquitânia tinha sido um grande Estado autónomo, rico e poderoso, onde a riqueza e o bem-estar haviam florescido por todo o lado. Muita gente ainda recordava os tempos em que Leonor, a sua excelsa duquesa, reunia na sua refinada Corte dezenas de trovadores que rivalizavam na beleza das suas composições. Havia apenas meio século que a mulher que ostentara sucessivamente as coroas reais de França e de Inglaterra tinha feito da Aquitânia a terra do amor, do luxo e do estilo de vida mais refinado que o Ocidente havia conhecido.
Os trovadores ainda poetizavam as façanhas daquela portentosa mulher que, seguindo o seu primeiro marido, o rei Frederico de França, até à Terra Santa, tinha levantado o ânimo aos abatidos cruzados mostrando o seu peito nu e a sua maravilhosa cabeleira ao vento, montando o seu cavalo à frente dos soldados de Cristo. Os últimos jograis cantavam nas esquinas das praças das cidades e nos pátios dos palácios e castelos a paixão amorosa de Leonor de Aquitânia e Henrique de Inglaterra, cujo amor venceu o mundo, e a energia que manteve, já anciã, para sustentar sobre os seus delicados e envelhecidos ombros os direitos ao trono do seu filho, o rei Ricardo Coração de Leão.
A grande dama das cortes de amor e dos cavaleiros galantes, a mulher que tinha assombrado a Europa, jazia agora, dormindo o seu sono eterno, na Abadia de Fontevrault, num sarcófago de pedra policromada ao lado dos túmulos das duas paixões da sua vida, o marido, o rei Henrique II de Inglaterra, e o seu filho Ricardo, o Coração de Leão.
A norte do Loire o céu era menos luminoso. O intenso azul das terras do Midi tornava-se num esvaído azul-esbranquiçado. Mas os campos de searas e a paisagem monótona e ondulada continuavam a dominar tudo». In José Luís Corral, O Número de Deus, 2004, O Segredo das Catedrais Góticas, Planeta Editora, Lisboa, 2006, ISBN 972-731-185-7.

Cortesia de Planeta Editora/JDACT

quinta-feira, 24 de maio de 2018

O Número de Deus. José L. Corral. «Junto às lendas de Roldão e às suas façanhas coexistiam as aventuras dos cavaleiros da Távola Redonda, os míticos companheiros do rei Artur, o soberano da Bretanha»

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O Algarismo e o Número
«(…) A comitiva castelhana seguiu o Caminho dos peregrinos, mas em direcção ao oriente, e atravessou o Reino de Pamplona, onde reinava Sancho, o Forte, um monarca belicoso e audaz, imensamente rico graças ao tesouro real do califa almóada que capturara na Batalha das Navas de Tolosa. Sancho conseguira tantas riquezas, que se dizia ser ele o principal banqueiro da Cristandade e dispor de tal quantidade de dinheiro que podia emprestar enormes quantias a todos os reis, nobres, eclesiásticos, comerciantes e camponeses da Europa, o que representava para o seu erário uma nova fonte de receitas, dado os altos juros dos empréstimos.
Conforme iam atravessando Navarra, verificaram que por todo o lado estavam a edificar novas construções: castelos, palácios, abadias, mosteiros, igrejas..., a maior parte dessas obras eram financiadas pelo tesouro real de Pamplona, acrescentado com o extraordinário espólio obtido na Batalha das Navas de Tolosa. Após passarem uns dias em Pamplona e depois na abadia de Roncesvalles, onde um mestre-de-obras francês estava a dirigir a construção de uma grande basílica para acolher os peregrinos, atravessaram os Pirenéus pelo desfiladeiro de Ibañeta, pela calçada onde, segundo se cantava em alguns poemas épicos franceses, tinha sido derrotada a rectaguarda do exército de Carlos Magro comandado por Roldão, o sobrinho do imperador da barba florida.
A Aquitânia abriu-se diante dos seus olhos coberta por um manto verde-esmeralda. As terras de Leonor estavam banhadas por uma luz que refulgia sob um céu límpido e celeste. O bispo Maurício cavalgava quase à frente da comitiva, imediatamente atrás do capitão que encabeçava a escolta, sempre com o olhar atento a todos os lados do caminho, preparado para desembainhar a espada assim que vislumbrasse a mínima situação de perigo. Todo o Caminho Francês para Compostela estava cheio de alegorias à batalha em que Roldão perdeu a vida. Os franceses consideravam-no o seu principal herói nacional, o exemplo do cavaleiro arrojado e valente de um tempo distante em que todas as terras entre os Pirenéus e o mar do Norte estavam unidas debaixo da gloriosa coroa imperial de Carlos Magno. Não havia igreja, abadia ou castelo em cujas paredes não existisse um fresco com uma representação do herói lendário, ou um capitel com a talha de uma cena de alguma das suas aventuras; por todo o lado os jograis e os trovadores entoavam canções nas quais Roldão abatia um dragão, derrotava um gigante ou saía vencedor num singular combate com terríveis inimigos.
Junto às lendas de Roldão e às suas façanhas coexistiam as aventuras dos cavaleiros da Távola Redonda, os míticos companheiros do rei Artur, o soberano da Bretanha; ambos haviam jurado dedicar toda a sua vida e energias na busca do Santo Graal.
Numa aldeia do Sul da Aquitânia, o pároco de uma igreja que se gabava de custodiar valiosas relíquias e de ser uma das mais veneradas pelos peregrinos jacobeus, contou ao bispo Maurício que o verdadeiro cálice da Última Ceia estava depositado num templo fabuloso esculpido numa enorme rocha no mais profundo dos montes Pirenéus. Assegurou-lhe que alguns peregrinos o tinham visitado e que os seus guardiães eram os membros de uma confraria de monges que custodiavam a mais apreciada relíquia da Cristandade em nome dos reis de Aragão, que se proclamavam sucessores de Artur e protectores do Santo Graal. O bispo perguntou ao pároco a que distância se encontrava dali esse fabuloso templo, e o padre indicou-lhe que a uns sete ou oito dias de viagem, mas que o templo estava oculto no meio de serras fragosas e ásperas, sempre cobertas de pesada bruma e denso nevoeiro, e que era impossível encontrar aquele recôndito lugar se não se dispusesse de um guia que conhecesse a sua localização exacta, pois estava tão escondido que passava despercebido a qualquer um». In José Luís Corral, O Número de Deus, 2004, O Segredo das Catedrais Góticas, Planeta Editora, Lisboa, 2006, ISBN 972-731-185-7.

Cortesia de Planeta Editora/JDACT

quarta-feira, 23 de maio de 2018

O Número de Deus. José L. Corral. «A rainha Berenguela tinha-lhe dito que o casamento deveria ser celebrado antes de acabar o ano de 1279…»

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O Algarismo e o Número
«(…) A récua de azémolas estava preparada para sair de Burgos. O bispo Maurício encabeçava a comitiva que a rainha Berenguela encarregara de ir buscar a princesa Beatriz, a noiva do rei Fernando. Várias mulas carregadas com fardos e dezenas de soldados bem apetrechados aguardavam o bispo à porta do palácio episcopal, mesmo ao lado da catedral. O bispo saiu do palácio trazendo um chapéu de viagem de abas largas enterrado na cabeça. Subiu para o lombo de uma mula com a ajuda de um criado e, com um sinal de cabeça, indicou ao capitão da guarda que podiam partir. O chefe da guarda levantou o braço direito e ordenou a partida com energia.
Junto ao bispo cavalgavam os abades de San Pedro de Arlanza e de Rio Seco, o camerario de San Zoilo de Carrión, o mestre da Ordem de Santiago e o prior da Ordem do Hospital em Castela. Tinham-se concentrado dezenas de burgaleses ao longo da rua dos peregrinos, que ia da porta de Santo Estêvão até à catedral e cujo traçado correspondia a uma parte do Caminho francês para Compostela. Teresa e Arnal Rendol tinham acorrido a presenciar a marcha da comitiva. A menina olhou para o pai, puxou-o pela manga e perguntou: onde vão todos estes soldados? Vão buscar uma princesa. Dentro de uns meses o nosso rei Fernando casar-se-á com ela, e será a nova rainha de Castela. As rainhas elegem-se? Sim, claro. Elegem-nas os reis, ou as mães e os pais dos reis. E como se elege uma rainha?
Pois depende, mas é preciso que a sua posição se ajuste à do futuro esposo, o rei, e, portanto, que seja de sangue real, que possua terras e riquezas, que disponha de servos e vassalos... Então, eu nunca poderei ser rainha? Claro que sim, pequena, tu és a minha princesa, a minha rainha. O bispo Maurício, da sua mula, abençoava solenemente os burgaleses, que se benziam à sua passagem. Nos seus olhos vivazes percebia-se um certo orgulho por ter sido designado para custodiar a futura rainha de Castela e a conduzir até Burgos. Tinha pela frente muitas semanas de caminho e ansiava pelo momento de regressar, mas por outro lado ardia em desejos de voltar a ver Paris, Chartres e Reims, as cidades do Norte de França que já visitara vários anos antes e em cujas escolas aprendera o valor da retórica e a utilidade da filosofia. Mas, sobretudo, ansiava contemplar as portentosas catedrais que estavam a construir os seus colegas bispos e ansiava por ser o primeiro bispo a pôr em marcha a construção de uma daquelas fabulosas construções seguindo o novo estilo do arco ogival. Ao deixar para trás a sua catedral, esta pareceu-lhe uma igreja pesada e antiga. Era um edifício grande, o maior da cidade, mas o seu aspecto resultava demasiado maciço, escuro, muito diferente das catedrais cheias de luz que tinha visto construir nas florescentes cidades do Norte de França.
A rainha Berenguela tinha-lhe dito que o casamento deveria ser celebrado antes de acabar o ano de 1279, de modo que o bispo Maurício dispunha de uma certa margem para viajar até Paris e poder entrar em contacto com algum dos grandes mestres e, inclusivamente, combinar já o início da nova catedral que tanto ansiava construir». In José Luís Corral, O Número de Deus, 2004, O Segredo das Catedrais Góticas, Planeta Editora, Lisboa, 2006, ISBN 972-731-185-7.
                                                                                           
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terça-feira, 24 de abril de 2018

O Número de Deus. José L. Corral. «Com efeito, mestre. E por isso devemos render-nos perante a grandeza da sua criação, e perante a luz. A luz?»

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O Algarismo e o Número
«(…) Necessitamos de uma nova catedral, um templo de luz, uma catedral em que o poder criador de Nosso Senhor se manifeste em todo o seu esplendor e com toda a sua força, pensou. Ao sair da catedral deparou com o mestre Arnal Rendol, que regressava com a sua filha Teresa da abadia de Las Huelgas. O pintor e a filhita vinham montados numa mula que caminhava estafada. Boas tardes, Arnal, saudou o bispo. Senhor bispo, o mestre Rendol inclinou a cabeça e tirou o chapéu, ouvi dizer que partia para a Alemanha para ir buscar a futura rainha. Assim é. Dona Berenguela encarregou-me da custódia da princesa Beatriz. Sois um afortunado. Arnal desceu da mula, que tinha feito parar, puxando as rédeas. Sou-o por usufruir da confiança de suas majestades, disse o bispo. Que rota ides seguir? Irei pelo Caminho Francês. Quero chegar a Paris e dali dirigir-me para leste, até ao Império. É o caminho mais seguro. A Occitânia ainda está revoltada. Apesar da cruzada que Sua Santidade pregou contra os cátaros e da energia que o nobre Simão Monfort empregou em acabar com a heresia, esses endemoninhados hereges continuam empenhados em sustentar o seu erro e em se manterem em pecado. Não merecem outra coisa que não a fogueira.
Arnal teve de se conter para não se delatar ante o bispo. Desde que saíra de Pamiers fugindo da perseguição dos cruzados de Simão Monfort, não tivera oportunidade de reviver o seu passado cátaro. Uma vez instalado com a mulher em Burgos, tivera de se comportar e actuar como um fervoroso católico, mas, no fundo do coração, os seus sentimentos cátaros conservavam-se muito arreigados. Teve de fazer um esforço para não responder ao bispo e não revelar as suas íntimas crenças. Na verdade, tenho estado a meditar no interior da catedral e reparei no vosso fresco da Visitação da Virgem. É muito bom. Obrigado, Sua Eminência, senhor bispo Maurício, agradeceu Arnal. Mas que pena ter que ser destruído. Como!? Quero construir uma nova catedral em honra de Santa Maria, e desejo que seja edificada segundo o novo estilo francês. Esta será derrubada, e com ela, mestre Arnal, os vossos frescos. Arnal Rendol mordeu a língua; passados alguns instantes de meditada pausa, considerou: bem, só as obras de Deus são eternas. Com efeito, mestre. E por isso devemos render-nos perante a grandeza da sua criação, e perante a luz. A luz?
Sim, a luz. Fixai-vos no céu. Está a entardecer e a luz debilita-se por momentos. O que há um instante era luminosidade, dentro de momentos será escuridão. Entendeis a mensagem de Deus? Vós, mestre Arnal, sois um artista, reflectis nas vossas obras parte da majestosa plenitude da criação divina: pintais homens, mulheres, animais, paisagens, e fazei-lo segundo vos dita a vossa imaginação. De certo modo, sois um imitador da criação divina das coisas. Nunca tinha pensado que o meu trabalho fosse imitar Deus. Pois é-o, é-o. Vós, os artistas, fostes dotados com um dom extraordinário, uma qualidade que vos permite reflectir, ainda que seja palidamente, a grandeza da Criação. A nossa arte é apenas urna habilidade. Não, é mais, muito mais do que isso. Deus manifesta-se através das vossas mãos, é Ele quem as dirige. Talvez, senhor bispo, talvez.
Não duvideis disso, mestre Arnal, não duvideis disso. Arnal Rendol despediu-se do bispo Maurício. Pegou nas rédeas da mula e seguiu para casa. Pai, disse-lhe Teresa, tu és como Deus? Não, filha, claro que não. Mas o senhor bispo disse que... Dom Maurício apenas disse que nós, os artistas, tentamos imitar a obra de Deus. Ao chegar a casa, Amal fechou a azémola no estábulo e ordenou a um dos aprendizes que viviam com ele que tirasse os arreios ao animal e enchesse a manjedoura de palha fresca e o bebedouro de água. O dia tinha sido muito duro. As monjas de Las Huelgas tinham-lhe encomendado uma pintura mural que representasse as bodas de Caná, e queriam tê-la pronta depressa, antes que o rei Fernando se casasse com a princesa alemã». In José Luís Corral, O Número de Deus, 2004, O Segredo das Catedrais Góticas, Planeta Editora, Lisboa, 2006, ISBN 972-731-185-7.
                                                                                           
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O Número de Deus. José L. Corral. «… numa oficina como aprendiz, coordenando o trabalho com os estudos, para que, quando obtivesse o grau de oficial, tivesse uma bagagem que lhe permitisse aceder quanto antes ao grau de mestre»

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O Algarismo e o Número
«(…) Os mestres de Chartres ensinavam que Deus-pai era o primeiro e o mais perfeito dos geómetras, e assim representavam-no manejando um compasso, à maneira de um arquitecto que estivesse a criar o mundo a partir dos números e das figuras geométricas. Deste modo, o mistério da Trindade representava-se com um triângulo e a relação do Pai com o Filho, uma relação entre iguais, com a figura de um quadrado. E dessa relação os arquitectos estabeleciam aquilo a que chamavam o número de Deus, a relação geométrica harmónica e perfeita cuja aplicação permitia construir as novas catedrais da luz. Na biblioteca catedralícia havia textos de Platão, Cícero, Séneca, Boécio e Macróbio, todos eles devidamente anotados e comentados pelo mestre Bernardo de Chartres, que tinha descoberto Platão lendo Séneca e os seus preciosos comentários sobre a teoria platónica das ideias. Bernardo cristianizara as propostas filosóficas de Platão, identificando as ideias com o pensamento divino e, a partir daí, explicava a criação da matéria e a concepção do mundo.
O jovem Henrique de Ruão foi educado na teoria das ideias de Platão. Aos nove anos, assim que ingressou na escola, ensinaram-no a ler e a escrever e começou a estudar Latim, necessário para ler os livros da biblioteca. Depois, aprenderia Matemática, Geometria, Álgebra, Filosofia, Gramática, Retórica e Teologia. O pai preparou-lhe um plano de estudos para fazer dele um grande mestre-de-obras. Até aos treze anos aprenderia aquelas disciplinas imprescindíveis ao conhecimento, depois trabalharia numa oficina como aprendiz, coordenando o trabalho com os estudos, para que, quando obtivesse o grau de oficial, tivesse uma bagagem que lhe permitisse aceder quanto antes ao grau de mestre.
Para isso teria de ir estudar para Paris e visitar as obras das principais catedrais que estavam a ser construídas no reino de França. Só assim poderia comparar diferentes tipos de trabalhos, oficinas, materiais e técnicas, e dominar todos os aspectos da sua complexa disciplina. Henrique aprendia depressa; algumas questões não tinham segredos para ele, pois o pai tinha-lhe ido explicando os mistérios do ofício. Nós, os mestres-de-obras das catedrais, somos um grupo especial de homens, dissera-lhe numa ocasião. Deus pôs nas nossas mãos uma habilidade que muito poucos homens são capazes de desenvolver. Foi-nos concedido o dom de criar uma casa para morada de Deus, somos nós que construímos o seu templo, e esse privilégio é extraordinário.

O pior do Inverno já tinha passado. Em fins de Fevereiro de 1219, o rei Fernando e a sua mãe, a rainha Berenguela, reuniram-se em Burgos com o bispo Maurício. O prelado ainda estava aborrecido porque semanas antes se vira obrigado a excomungar os monges do poderoso mosteiro de São Domingos de Silos, que tinham recusado a reforma do cenóbio por ele proposta. Maurício, o bispo, não estava disposto a abdicar da sua autoridade como bispo da sede burgalesa e agira com dureza contra os monges do cenóbio. Para a rainha Berenguela essas disputas entre clérigos pareciam-lhe questões de muito pouca relevância. Ela estava agora ocupada em casar o seu filho rei de Castela com a princesa alemã Beatriz e não queria deixar que as suas energias fossem desperdiçadas em assuntos que considerava menores. O bispo Maurício acabava de receber a incumbência definitiva de partir para o Norte da Europa para ir buscar Beatriz e a custodiar na sua viagem até Burgos.
O bispo passeava entre a penumbra das naves da catedral. De vez em quando levantava a vista e contemplava as espessas abóbadas e as maciças paredes de pedra lavrada. Aquele edifício sempre lhe tinha parecido denso, frio e escuro, mais próprio de um templo do Maligno do que de casa de Deus. Os escassos e estreitos vãos, fechados com finas lâminas de alabastro, apenas deixavam passar débeis feixes de luz amarelenta, que em seguida se difundiam no ar criando um mundo de penumbras. Recordava com inveja a sua estada em Chartres, quando visitou as obras da nova catedral, cujas paredes se mostravam rasgadas por enormes vãos dispostos de modo a deixar entrar a luz a jorros, para inundar o templo com a luminosidade que só Deus era capaz de criar. Vez atrás de vez, o bispo Maurício repetia na sua cabeça o que tinha lido em tantas ocasiões nas sagradas Escrituras: que Deus era a luz, a luz do mundo». In José Luís Corral, O Número de Deus, 2004, O Segredo das Catedrais Góticas, Planeta Editora, Lisboa, 2006, ISBN 972-731-185-7.
                                                                                           
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quarta-feira, 18 de abril de 2018

O Número de Deus. José L. Corral. «… o filósofo ateniense, Platão, sustentava que o mundo fora criado a partir da geometria e do poder do número, e não pela luz»

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O Algarismo e o Número
«(…) Quando o rei Fernando cumpriu dezoito anos, a rainha Berenguela considerou chegado o momento de lhe procurar esposa. Numa assembleia de conselheiros celebrada no palácio real de Burgos, a rainha anunciou os seus planos. O meu filho, o soberano de Castela, já é um homem. E todo o homem precisa de uma esposa a seu lado; assim o diz a lei de Deus. Se esse homem, além do mais, é um rei, a sua obrigação é procurar descendência para que a sua linhagem se perpetue e proporcionar ao reino um herdeiro. Vós, nobres ricos-homens de Castela, jurastes fidelidade ao meu filho Fernando e lealdade à coroa que encarna. Chegou a altura de que o rei de Castela procure uma esposa com que ter descendência e proporcionar a Castela o seu ansiado sucessor. Os ricos-homens congregados na cúria real de Burgos assistiam calados e atentos à prédica de dona Berenguela; de vez em quando, um ou outro concordava com ligeiros acenos de cabeça com as palavras da rainha-mãe. Já haveis pensado em alguma candidata para futura rainha de Castela, Senhora?, perguntou Maurício, o bispo de Burgos.
Creio ter encontrado a candidata ideal, Sua majestade deve casar com uma princesa de sangue real, mas não pode ter relações de parentesco com ela, pois, e eu sei muito bem do que falo, um casamento desse tipo poderia ser anulado pelo papa. A candidata que elegi é a princesa Beatriz da Suávia, a filha do imperador Filipe. O seu primo e custódio, o actual imperador Frederico, está de acordo com o casamento. Haverá que ir buscar a noiva, supôs o bispo Maurício. Com efeito, senhor bispo. E para tal, pensei no homem adequado. De quem se trata? De vós, bispo Maurício. Vós haveis estudado em França, viajado pela França e pela Alemanha, e conheceis o imperador. Sois um homem equâmine e um ministro de Deus. Além disso, como bispo de Burgos, corresponder-vos-á o privilégio de celebrar o casamento. Não vos parece, Senhores? Os nobres e cidadãos assistentes à cúria concordaram de imediato. Mas, Senhora, eu..., bem, farei o que ordenais. Nesse caso, preparai a vossa viagem. Quando passar este cru Inverno, partireis para a Alemanha. Entretanto, escreveremos ao imperador Frederico para que disponha o necessário e guarde a prima com a diligência que o tutor da futura rainha de Espanha o deve fazer.
Henrique de Ruão ingressou na escola catedralícia de Chartres pouco tempo antes de cumprir os nove anos. Os bispos de Chartres haviam conseguido que a sua escola tivesse tanto prestígio como o que tinham alcançado as universidades que já funcionavam em algumas cidades europeias. Acorriam à escola de Chartres estudantes ávidos de conhecer disciplinas que só ali dispunham dos mestres adequados. Na escola estavam orgulhosos dos seus mestres, sobretudo de Bernardo, um dos fundadores, que tinha criado uma frase que os alunos aprendiam de memória no primeiro dia da sua aprendizagem: nós, os homens modernos, somos apenas anões sobre os ombros de gigantes. Esta frase resumia melhor, que nenhuma outra, o espírito docente da escola. Significava que, para compreender o homem e o mundo, era necessário apoiar-se nos ensinamentos dos grandes sábios, sobretudo dos antigos. E entre eles, o mais reconhecido e estudado era o filósofo grego Platão, e o texto oficial da escola catedralícia era a sua obra Timeo. Nesse livro, o filósofo ateniense sustentava que o mundo fora criado a partir da geometria e do poder do número, e não pela luz. Os alunos de Chartres aprendiam que a última realidade, e portanto a mais perfeita, da criação eram os números matemáticos e, em consequência, as formas geométricas que estes sugeriam; o homem apenas via as sombras da verdadeira realidade. Toda a natureza derivava de combinações numéricas e tudo era, em suma, geometria». In José Luís Corral, O Número de Deus, 2004, O Segredo das Catedrais Góticas, Planeta Editora, Lisboa, 2006, ISBN 972-731-185-7.
                                                                                           
Cortesia de Planeta Editora/JDACT

O Número de Deus. José Corral. «Afonso IX de Leão fracassou ao tentar conquistar a cidade de Cáceres, uma fortaleza muçulmana na fronteira sul do reino, protegida por sólidas muralhas que foram cercadas inutilmente…»

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O Algarismo e o Número
«(…) Ora, ora, com que então querias escapar-te? Arnal Rendol tinha surpreendido Teresa. Pai, pai, a menina abraçou-se ao seu progenitor. Viste a quantidade de luz? Sim, claro que vejo, minha pequena. Mas para além de muita luz, hoje também há muito frio. Vamos para casa, não quero que adoeças. Arnal pôs a filha no chão e regressaram ambos a casa enquanto a criada continuava a expirar baforadas de alento que desenhavam nuvens de vapor quente na gélida manhã burgalesa. A cor azul do céu é como a que tu pintas nas abóbadas das igrejas. Porque é que o céu é azul, pai?, perguntou Teresa, enquanto Arnal avivava o lume na lareira da cozinha, acrescentando umas achas às brasas do borralho. Porque é a cor mais bonita, minha filha, por isso é também a mais difícil de conseguir. Então, Deus é azul?, perguntou Teresa. Não, Deus é como o homem. Ele quis que fôssemos perfeitos e deu-nos a liberdade de construir, esse livre-arbítrio proporcionou que alguns homens se tenham extraviado do bom caminho.
E as mulheres também são como Deus? O sábio Aristóteles, um filósofo que viveu no país da Grécia há muitos anos, dizia que a mulher é um homem imperfeito... Bem, eu não acredito nisso, mas há muitos homens que dizem que é assim. Na terra de onde a tua mãe e eu viemos, homens e mulheres acreditávamos que éramos bons e iguais, chamávamo-nos os perfeitos, mas outros homens consideraram que estava mal e perseguiram-nos por isso. Eram homens maus? Sim., muito maus. Diziam que a morte era a única coisa que merecíamos, por isso tivemos que sair de lá. Mas Deus não vos defendeu? Sim, fê-lo; protegeu-nos e conseguiu que a tua mãe e eu fugíssemos de lá. Depois nasceste tu... E a minha mãe? Morreu para te dar a vida, por isso deves gostar sempre dela. A mãe era azul? Sim, meu amor, a mãe era azul.
Afonso IX de Leão fracassou ao tentar conquistar a cidade de Cáceres, uma fortaleza muçulmana na fronteira sul do reino, protegida por sólidas muralhas que foram cercadas inutilmente durante vários meses. Ferido no seu orgulho, o aguerrido monarca leonês voltou a sua ira contra Castela e, aproveitando o fim da trégua acordada em finais do ano anterior, atacou o reino do filho. Mas de novo os castelhanos responderam com a mesma contundência que na última ocasião e não coube outro remédio ao rei de Leão do que acordar uma nova paz honrosa.
Durante o Inverno, dona Berenguela tramara toda uma rede de adesões em torno da figura do filho. O jovem mas decidido rei Fernando era um soberano simpático, de carácter enérgico e valente, temente a Deus e de vontade firme. Herdara a coragem e a resolução de ânimo do pai, o rei Afonso de Leão, com quem vivera até pouco antes de ser coroado rei de Castela, e o ânimo e a inteligência da mãe, Berenguela, e, através dela, a energia transbordante de Henrique II de Inglaterra e de Leonor de Aquitânia, os seus afamados bisavós.
Consciente de que Castela não claudicaria ante o exército leonês, de que Fernando se tinha sentado como soberano de Castela e contava com o apoio da grande maioria dos concelhos, universidades e nobres do reino, Afonso de Leão optou por acordar uma paz definitiva com o filho e a antiga esposa. O tratado de paz foi assinado na vila de Toro na colegiada construída segundo o velho estilo ao romano, no dia 26 de Agosto de 1218. Berenguela e Fernando tiveram de entregar ao leonês onze mil maravedis. A paz estava a sair cara, mas a bonança económica do reino permitia aos castelhanos comprar a estabilidade necessária para crescer como nação naqueles tempos tão incertos.
Dona Berenguela não se separara um único instante do seu filho Fernando desde que conseguira convertê-lo em soberano de Castela. A rainha-mãe tinha o firme carácter da sua avó, Leonor de Aquitânia, e tinha-se tornado tão necessária ao filho que participava em todas as cúrias, para as quais o rei convidava os mais notáveis homens do reino para o assessorarem nos assuntos relativos ao governo dos seus Estados. Berenguela ocupava um dos lugares principais na cúria régia e as suas opiniões eram sempre respeitadas e tidas em conta por todos». In José Luís Corral, O Número de Deus, 2004, O Segredo das Catedrais Góticas, Planeta Editora, Lisboa, 2006, ISBN 972-731-185-7.
                                                                                           
Cortesia de Planeta Editora/JDACT

quarta-feira, 14 de fevereiro de 2018

Novos Cátaros para Montségur. Saint-Loup. «En primavera vamos a Mosset, al Mas de la Coume, de un pau llamado Kruger, un bellísimo pau! Otto Rahn se sobresaltó. Un pau? Qué es un pau?»

Cortesia de wikipedia e jdact

Luz Azul
«El hombre emergió de súbito de los matorrales de moreras y masas de boj, finos robles y hayas, que todas las primaveras dan verdor a la fortaleza abandonada. A los ojos de los ocho jóvenes que acababan de transportar la poterna, apareció grande, delgado y de rostro juvenil, pupilas claras de vendedor de sueños, cabellos peinados hacia atrás bajo un casco, y al mismo tiempo viejo a juzgar por la ropa: camisa de scout arrugada, botas de montaña y pantalones cortos knickerbockers, de los que en todas partes, menos en Inglaterra, la moda de 1937 intentaba desembarazarse. El grupo de visitantes permaneció estático junto al torreón truncado. Qué actitud adoptar ante la aparente amenaza de un hombre solitario que caminaba lentamente en su dirección surgido de las profundidades de la ruina donde casi nadie se había aventurado en siete siglos? Sus facciones no revelaban hostilidad. Parecía sumamente contrariado, como un amante sorprendido en flagrante delito o un eremita sobresaltado en el momento más elevado de su ascesis. El sol del mediodía proyectaba sobre el grupo la sombra de la muralla meridional. Instalados cómodamente en las oquedades de los robles que los matorrales impedían crecer, los mirlos trinaban. Al llegar a unos pocos pasos de los visitantes, desapareció del rostro el velo de sueño que lo tenía apartado del mundo de los vivos. Sonrió, extendió la mano al muchacho más cercano y simplemente dijo: me llamo Rahn. Y yo Barbaïra. Otto Rahn! Roger Barbaïra! Las pupilas del joven dejaban entrever una mirada no acostumbrada al sol meridional; parecía recibir la luz dulce y compacta de un lago escandinavo en alguna hora incierta del Solsticio de Invierno. Los cabellos castaños hacían más singular su acento languedociano que, pese a todo, concordaba con la altura media, las piernas algo cortas y el tronco huesudo desarrollado en fuerza.
Es alemán, Otto Rahn? Ah! Lo adivino? Carezco casi de acento. Y el señor? También es alemán? Belga? Danés? Roger Barbaïra se encogió de hombros. Qué le parece? Nací en Carcasona. Vivo a doce kilómetros, cerca de una aldea que tiene mi nombre… Bueno… yo soy el que poseo el nombre de la aldea. El silencio colocó de nuevo una barrera entre el grupo de jóvenes y el hombre solitario. En las hondonadas donde la aldea de Montsegur mostraba las pizarras de los tejados que el sol recocía en rojizas perspectivas, un cuco marcaba los segundos con repetición precisa. Otto Rahn hizo una señal en dirección al grupo quieto detrás el joven Barbaïra como un pelotón de soldados tras su jefe, y preguntó: y sus camaradas? Son ajistes de aquí, de la región. Perdón… Ajistes?! Imagine!, una palabra francesa que desconocía… Barbaïra sonrió. No es una palabra francesa, más bien es un barbarismo! Ajiste es lo mismo que usuario de los albergues de juventud. Ah, ya!... Wandervögel? Los conozco de sobra. Fue un profesor alemán, Richard Schirman, quien creó los primeros albergues de juventudes en Europa, allá por 1907 Sabemos eso! Replicó con sequedad Roger Barbaïra.
Los jóvenes se instalaron en los peñascos que soportan la muralla sur de la fortaleza, que ganaba impulso para enseguida perderlo en el interior, en el plano horizontal, enlosado caótico cubierto de musgo. Sacaron de sus bolsas algunas escuetas provisiones. Otto Rahn se instaló junto a ellos, inducido por un sentimiento que revelaba una cierta complicidad. Con ocasión de ese encuentro, entonces con treinta y tres años, entraba en la familia de los Wandervögel. Preguntó a los primeros: entonces, son ajistes?... Por el relieve que dio a sus palabras, se adivinaba que poseía un perfecto conocimiento de la lengua francesa, pero se tropezaba con un término desconocido y, a la manera de M. Jourdain, pensaba con un ligero complejo de inferioridad: cómo se puede ser ajiste? Sí, replicó Jordi Couquet con la boca llena. Nos encontramos los sábados en algún albergue de juventud aquí de la región. En invierno es en Carcasona, en un AJ llamado À l’Ombre de la Cité… Eso, en los días lluviosos! En primavera vamos a Mosset, al Mas de la Coume, de un pau llamado Kruger, un bellísimo pau! Otto Rahn se sobresaltó. Un pau? Qué es un pau?» In Saint-Loup, Novos Cátaros para Montségur, Nouveaux Cathares pour Montesegur, Presses de la Cité (1969), 2003, Huguin Editores, Lisboa, Eneese, Las Españas, 2010, Wikipédia, ASIN B0000DOUIU.

Cortesia de Neese/LasEspañas/JDACT