sábado, 26 de novembro de 2016

Os Lindos Braços da Júlia da Farmácia. Rentes Carvalho. «Mas...! Ela fechou a bolsa, levantou-se, tocou-lhe no ombro a impedir o movimento que ele fazia para se levantar também, e saiu para a rua»  

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Um amor em Sevilha
«(…) Quando se encontraram para o almoço, como de costume, ficou com a impressão de que ela pressentia qualquer coisa, mas não teve coragem de falar. Nem no dia seguinte, um domingo, pela primeira vez depois de muito tempo voltara a haver tourada e não quisera estragar-lhe a alegria. Amanhã abro-me com ela. Mas só o conseguiu na quinta-feira, depois de alguns suspiros, aflito por não saber como começar. Ela ouviu-o calmamente, sem interromper, sem a cena ou os gritos para que se tinha preparado. Séria, os olhos na mesa, garantiu-lhe que compreendia, sabia bem qual era o seu destino. A falar verdade não tinha acreditado que pudessem chegar a viver juntos. Pois ia agora ele, um senhor, amasiar-se com uma mulher da vida? Alguma vez se tinha visto isso? Nos livros, sim, nas fitas de cinema. Foi ele que lhe segurou a mão, sentindo-se culpado e reles, tropeçando nas palavras para confessar o que no íntimo mais o preocupava: com certeza a mulher tinha tratado logo do divórcio, era bem possível que ao receber a carta, vendo-se abandonada, tivesse arranjado um amante. Afligia-o também não saber o que tinha acontecido ao menino. Não é a primeira vez, sabes? - disse ela, procurando qualquer coisa na bolsa. Ele abriu o isqueiro para lhe dar lume, supondo que procurasse os cigarros, e só então, com um sentimento indefinível onde se misturavam a vergonha, a mesquinhez, a inquietude e o remorso, reconheceu que ela lhe estendia o envelope da carta que nunca tinha mandado. Mas...! Ela fechou a bolsa, levantou-se, tocou-lhe no ombro a impedir o movimento que ele fazia para se levantar também, e saiu para a rua.

Lord William
Lord William B. chegou a Lisboa na Primavera de 1948, vindo de Itália num dos primeiros paquetes que depois da guerra reiniciaram a ligação entre Génova e o Rio de Janeiro. A sua bagagem causou pasmo, foi motivo de conversa para os estivadores que a tiraram do porão e os mirones que a viram passar. É certo que lord William, como toda a gente, viajava com malas. Apenas muitas mais. Mas às malas seguiram-se caixas, caixotes, grades e arcas, baús, embalagens do tamanho de um quarto, tudo isso formando no cais um montão imponente. Encheram-se três vagões. Com o que ainda sobrava de miudezas carregou-se o camião de um homem que julgou que teria de levá-las ao Estoril, dois passos, e se enfureceu ao descobrir que a viagem era para os confins do Douro, naquele tempo dois dias para a ida, se as estradas estivessem boas, e outros tantos de volta. O desembarque e o despacho tinham sido rápidos e, pelo menos na aparência, sem encrencas na alfândega, a ponto que no entreposto se imaginou, e depois se afirmou, que o lord era primo direito do rei da Inglaterra». In José Rente de Carvalho, Os lindos braços da Júlia da farmácia, 2011, Quetzal Editores, Lisboa, 2014, ISBN 978-972-564-967-1.

Cortesia de QuetzalE/JDACT

Rosalía de Castro. Poema. «Ya no lloro..., y no obstante, agobiado y afligido mi espíritu, apenas de su cárcel estrecha y sombría osa dejar las tinieblas para bañarse en las ondas de luz que el espacio llenan»

jdact e wikipedia

I
Orillas del sar
A través del follaje perenne
que oír deja rumores extraños,
y entre un mar de ondulante verdura,
amorosa mansión de los pájaros,
desde mis ventanas veo
el templo que quise tanto.

El templo que tanto quise...
Pues no sé decir ya si le quiero,
que en el rudo vaivén que sin tregua
se agitan mis pensamientos,
dudo si el rencor adusto
vive unido al amor en mi pecho.


Otra vez!, tras la lucha que rinde
y la incertidumbre amarga
del viajero que errante no sabe
dónde dormirá mañana,
en sus lares primitivos
halla un breve descanso mi alma.

Algo tiene este blando reposo
de sombrío y de halagüeño,
cual lo tiene, en la noche callada,
de un ser amado el recuerdo,
que de negras traiciones y dichas
inmensas, nos habla a un tiempo.

Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
y afligido mi espíritu, apenas
de su cárcel estrecha y sombría
osa dejar las tinieblas
para bañarse en las ondas
de luz que el espacio llenan.

Cual si en suelo extranjero me hallase,
tímida y hosca, contemplo
desde lejos los bosques y alturas
y los floridos senderos
donde en cada rincón me aguardaba
la esperanza sonriendo.


Oigo el toque sonoro que entonces
a mi lecho a llamarme venía
con sus ecos que el alba anunciaban,
mientras, cual dulce caricia,
un rayo de sol dorado
alumbraba mi estancia tranquila.

Puro el aire, la luz sonrosada,
¡qué despertar tan dichoso!
Yo veía entre nubes de incienso,
visiones con alas de oro
que llevaban la venda celeste
de la fe sobre sus ojos...

Ese sol es el mismo, mas ellas
no acuden a mi conjuro;
y a través del espacio y las nubes,
y del agua en los limbos confusos,
y del aire en la azul transparencia,
¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.

Blanca y desierta la vía
entre los frondosos setos
y los bosques y arroyos que bordan
sus orillas, con grato misterio
atraerme parece y brindarme
a que siga su línea sin término.

Bajemos, pues, que el camino
antiguo nos saldrá al paso,
aunque triste, escabroso y desierto,
y cual nosotros cambiado,
lleno aún de las blancas fantasmas
que en otro tiempo adoramos.


Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
siempre serena y pura,
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o que esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.

De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
gallardamente arranca al pie de la vereda
La Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
prestando a la mirada descanso en su ramaje
cuando de la ancha vega por vivo sol bañada
que las pupilas ciega,
atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

Como un eco perdido, como un amigo acento
que sueña cariñoso,
el familiar chirrido del carro perezoso
corre en alas del viento y llega hasta mi oído
cual en aquellos días hermosos y brillantes
en que las ansias mías eran quejas amantes,
eran dorados sueños y santas alegrías.

Ruge la Presa lejos..., y, de las aves nido,
Fondón cerca descansa;
la cándida abubilla bebe en el agua mansa
donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;
donde de los vencejos que vuelan en la altura,
la sombra se refleja;
y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
por entre la verdura de la frondosa orilla.


Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
que extraje de tu seno,
como el sediento niño el dulce jugo extrae
del pecho blanco y lleno,
de mi existencia oscura en el torrente amargo
pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,
una visión de armiño, una ilusión querida,
un suspiro de amor.

De tus suaves rumores la acorde consonancia,
ya para el alma yerta tornóse bronca y dura
a impulsos del dolor;
secáronse tus flores de virginal fragancia;
perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
el alba su candor.
La nieve de los años, de la tristeza el hielo
constante, al alma niegan toda ilusión amada,
todo dulce consuelo.
Sólo los desengaños preñados de temores,
y de la duda el frío,
avivan los dolores que siente el pecho mío,
y ahondando mi herida,
me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
eternas de la vida.


Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
del Sar cabe la orilla
al acabarme, siento la sed devoradora
y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
y el hambre de justicia, que abate y que anonada
cuando nuestros clamores los arrebata el viento
de tempestad airada.

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
tras del Miranda altivo,
valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
en vano llega mayo de sol y aromas lleno,
con su frente de niño de rosas coronada,
y con su luz serena:
en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
mezcla de gloria y pena,
mi sien por la corona del mártir agobiada
y para siempre frío y agotado mi seno.


Ya que de la esperanza, para la vida mía,
triste y descolorido ha llegado el ocaso,
a mi morada oscura, desmantelada y fría,
tornemos paso a paso,
porque con su alegría no aumente mi amargura
la blanca luz del día.

Contenta el negro nido busca el ave agorera;
bien reposa la fiera en el antro escondido,
en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido
y mi alma en su desierto.

 II
Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.

Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.


Era apacible el día
y templado el ambiente,
y llovía, llovía
callada y mansamente;
y mientras silenciosa
lloraba yo y gemía,
mi niño, tierna rosa,
durmiendo se moría.

Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!

Tierra sobre el cadáver insepulto
antes que empiece a corromperse..., ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos;
bien pronto en los terrones removidos
verde y pujante crecerá la hierba.

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
jamás el que descansa en el sepulcro
ha de tornar a amaros ni a ofenderos,

¡Jamás! ¿Es verdad que todo
para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.

Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
te espera aún con amoroso afán,
y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
allí donde nos hemos de encontrar.

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
que no morirá jamás,
y que Dios, porque es justo y porque es bueno,
a desunir ya nunca volverá.

En el cielo, en la tierra, en lo insondable
yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.

Mas... es verdad, ha partido
para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
de un día en este mundo terrenal
en donde nace, vive y al fin muere,
cual todo nace, vive y muere acá.


Una luciérnaga entre el musgo brilla
y un astro en las alturas centellea;
abismo arriba, y en el fondo abismo;
¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
En vano el pensamiento
indaga y busca en lo insondable, ¡oh ciencia!
Siempre, al llegar al término, ignoramos
qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

Arrodillada ante la tosca imagen,
mi espíritu, abismado en lo infinito,
impía acaso, interrogando al cielo
y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.
¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
con sus ecos responde a mis gemidos
desde la altura, y sin esfuerzo el llanto
baña ardiente mi rostro enflaquecido.

¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan solo
lo puedes ver y comprender, Dios mío!
¿Es verdad que los ves? Señor, entonces,
piadoso y compasivo
vuelve a mis ojos la celeste venda
de la fe bienhechora que he perdido,
y no consientas, no, que cruce errante,
huérfano y sin arrimo,
acá abajo los yermos de la vida,
más allá las llanadas del vacío.

Sigue tocando a muerto, y siempre mudo
e impasible el divino
rostro del Redentor, deja que envuelto
en sombras quede el humillado espíritu.
Silencio, siempre; únicamente el órgano
con sus acentos místicos
resuena allá de la desierta nave
bajo el arco sombrío.

Todo acabó quizás, menos mi pena,
puñal de doble filo;
todo, menos la duda que nos lanza
de un abismo de horror en otro abismo.

Desierto el mundo, despoblado el cielo,
enferma el alma y en el polvo hundido
el sacro altar en donde
se exhalaron fervientes mis suspiros,
en mil pedazos roto
mi Dios, cayó al abismo,
y al buscarle anhelante, sólo encuentro
la soledad inmensa del vacío.

De improviso los ángeles
desde sus altos nichos
de mármol, me miraron tristemente
y una voz dulce resonó en mi oído:
"Pobre alma, espera y llora
a los pies del Altísimo;
mas no olvides que al cielo
nunca ha llegado el insolente grito
de un corazón que de la vil materia
y del barro de Adán formó sus ídolos.


Adivínase el dulce y perfumado
calor primaveral;
los gérmenes se agitan en la tierra
con inquietud en su amoroso afán,
y cruzan por los aires, silenciosos,
átomos que se besan al pasar.

Hierve la sangre juvenil, se exalta
lleno de aliento el corazón, y audaz
el loco pensamiento sueña y cree
que el hombre es, cual los dioses, inmortal,
No importa que los sueños sean mentira,
ya que al cabo es verdad
que es venturoso el que soñando muere,
infeliz el que vive sin soñar.

¡Pero qué aprisa en este mundo triste
todas las cosas van!
¡Que las domina el vértigo creyérase!
La que ayer fue capullo, es rosa ya,
y pronto agostará rosas y plantas
el calor estival.


Candente está la atmósfera;
explora el zorro la desierta vía;
insalubre se torna
del limpio arroyo el agua cristalina,
y el pino aguarda inmóvil
los besos inconstantes de la brisa

Imponente silencio
agobia la campiña;
sólo el zumbido del insecto se oye
en las extensas y húmedas umbrías,
monótono y constante
como el sordo estertor de la agonía.

Bien pudiera llamarse, en el estío,
la hora del mediodía,
noche en que al hombre, de luchar cansado,
más que nunca le irritan
de la materia la imponente fuerza
y del alma las ansias infinitas.

Volved, ¡oh, noches del invierno frío,
nuestras viejas amantes de otros días!
Tornad con vuestros hielos y crudezas
a refrescar la sangre enardecida
por el estío insoportable y triste...
¡Triste... lleno de pámpanos y espigas!

Frío y calor, otoño o primavera,
¿dónde..., dónde se encuentra la alegría?
Hermosas son las estaciones todas
para el mortal que en sí guarda la dicha;
mas para el alma desolada y huérfana
no hay estación risueña ni propicia.


Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitar el polo.

Detente un punto, pensamiento inquieto;
la victoria te espera,
el amor y la gloria te sonríen.
¿Nada de esto te halaga ni encadena?
-Dejadme solo y olvidado y libre;
quiero errante vagar en las tinieblas;
mi ilusión más querida
sólo allí dulce y sin rubor me besa.


Moría el sol, y las marchitas hojas
de los robles, a impulso de la brisa,
en silenciosos y revueltos giros
sobre el fango caían:
ellas, que tan hermosas y tan puras
en el abril vinieron a la vida.

Ya era el otoño caprichoso y bello:
¡cuán bella y caprichosa es la alegría!
Pues en la tumba de las muertas hojas
vieron sólo esperanzas y sonrisas.

Extinguióse la luz: llegó la noche
como la muerte y el dolor, sombría;
estalló el trueno, el río desbordóse
arrastrando en sus aguas a las víctimas;
y murieron dichosas y contentas...
¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!


Del rumor cadencioso de la onda
y el viento que muge;
del incierto reflejo que alumbra
la selva o la nube;
del piar de alguna ave de paso;
del agreste ignorado perfume
que el céfiro roba
al valle o a la cumbre,
mundos hay donde encuentran asilo
las almas que al peso
del mundo sucumben.


Poema de Rosalía de Castro, in “En las Orillas del Sar” 1866

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Seres Mágicos em Portugal. Vanessa Fidalgo. «Os Romanos chamaram-lhe versipélio, os eslavos volkodlák, os saxões werewolf, ou dracopyre, os franceses loup-garou. Na América Central e do Sul é referido como lubiszon ou lubishome…»

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«(…) Valores como a esperança e a justiça são transpostos, analisa o investigador. Mas não só. segundo Mieder, os contos explicitam verdades sobre o ser humano, o que os torna atemporais e independentes de universos culturais específicos. Na maioria das lendas, das fábulas e dos contos estão representados os problemas arquetípicos do ser humano, mas através de uma linguagem poética e simbólica. Assim, podemos identificar-nos para além das fronteiras entre as culturas, conclui o investigador, que tem vindo a observar que o fantástico e o folclore têm sido recuperados precisamente pela necessidade do homem de sentir uma ligação à terra e ao seu passado. É assim que as lendas passam a fazer parte da cultura e da história dos povos, sendo alicerces vitais para a sua identidade, tal como explica o professor e investigador de património oral da universidade de Trás-os-Montes e Alto Douro, Alexandre Parafita: a lenda é um relato transmitido por tradição oral de factos ou acontecimentos aos quais o povo atribui um fundo de verdade. Geralmente têm algo que é real e algo que é fruto da imaginação popular. A lenda é, por isso, mais histórica e mais verdadeira do que o conto. Não é por acaso que a lenda raramente começa, tal como o conto, com a fórmula era uma yez, uma fórmula que nos remete, desde logo, para um passado e um lugar longínquos e indefinidos. Por isso, cada comunidade conserva afincadamente as suas lendas, pois o povo, através delas, conta também a sua história.
Finalmente, a pergunta a que ninguém resiste: existem seres fantásticos? É claro que sim! Existem naquele secreto lugar do inconsciente que teima em não abandonar as deliciosas reminiscências dos contos da infância e que faz de nós adultos mais idealistas e com mais recursos. No final desta investigação, quase em jeito de resposta sobre a pertinência do trabalho que estava a desenvolver, deparei com uma notícia surpreendente: a construção de uma estrada a sul de Reiquiavique foi interrompida porque iria destruir um habitat de elfos. O caso está à espera de uma decisão do Supremo Tribunal da Islândia, onde todos os anos dão entrada vários processos pelo mesmo motivo. A estrada passaria por um campo de lava natural que, segundo o grupo Amigos da Lava, iria atravessar um habitat de elfos e uma catedral. A igreja dos elfos é conectada através da energia da luz com outras igrejas, outros lugares, explicava a um jornal Ragnhildur Jónsdóttir, islandês que afirma ver elfos, acrescentando que se uma igreja é destruída..., bom, isso não é uma coisa boa. Ora, em 2007, uma pesquisa concluiu que cerca de 62 por cento dos entrevistados islandeses acreditava na possibilidade de existirem elfos. Perante isto, resta-me esperar que esta colecção de histórias sirva para deleite de todos aqueles que acreditam ou que gostavam de acreditar...

Lobisomens e Corolários
Motivo inspirador de várias crenças, o lobisomem é uma das mais conhecidas personagens mitológicas e protagonista favorito de muitas lendas portuguesas de norte a sul do País. A designação refere-se à transmutação de um ser humano que, por via de uma maldição ou castigo divino, e apenas em determinadas circunstâncias, adquire a forma e a conduta do lobo. Mas esta assustadora figura lendária tem origens muito antigas e alcance quase universal. Os Romanos chamaram-lhe versipélio, os eslavos volkodlák, os saxões werewolf, ou dracopyre, os franceses loup-garou. Na América Central e do Sul é referido como lubiszon ou lubishome, sendo esta uma das áreas geográficas do globo onde este género de lendas está ainda muito viva. De entre as várias superstições e maldições invocadas para justificar a aparição e o fado de um lobisomem, uma das mais populares em Portugal refere-se ao nascimento de setes filhos do mesmo sexo, sendo o sétimo amaldiçoado! São também comuns as lendas sugerindo que o lobisomem tem de percorrer sete cemitérios, passar por sete encruzilhadas, em sete freguesias, para poder retornar à sua forma humana, antes do amanhecer». In Vanessa Fidalgo, Histórias de um Portugal Assombrado, 2012, A Esfera dos Livros, Lisboa, 2012, ISBN 978-989-626-371-3.

Cortesia de EdosLivros/JDACT

sexta-feira, 25 de novembro de 2016

Seres Mágicos em Portugal. Vanessa Fidalgo. «E embora a maioria de nós insista em não acreditar em lendas e contos de fadas, as narrativas fantásticas não deixam de ter um papel de extrema importância também nos nossos dias»

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«(…) Eles próprios ficam agora surpreendidos com os encantos e o poder de sugestão que as suas histórias tiveram outrora. Um certo embaraço tolhe agora dona Adelina, uma simpática e muito lúcida octogenária que tive a felicidade de conhecer e que me recebeu com um carinho incomparável na soleira da sua casa, na freguesia da Bemposta, perto de Abrantes. De carrapito branco e olhos doces, dona Adelina não se fez rogada a uma boa conversa. Cada palavra foi puxando outra palavra, num diálogo adoçado pelo bolo quentinho que fizera questão de pôr a crescer no forno para receber os forasteiros. E assim, dona Adelina, que é a única do seu tempo que por ali ainda está lúcida e de boa saúde para tais conversas, lá foi desfiando um rol de histórias sobre procissões de fantasmas que outrora varriam a rua da Assaquia, mas também o fado de um maléfico lobisomem que antigamente corria as ruas pela noite, estragava o pão que cozia de madrugada nos fornos e, claro está, tinha o condão de a assustar nos dias idos da infância. Um lobisomem que assim sobreviveu até aos dias de hoje e cujo rasto deambula agora pelas páginas que se seguem. Mas nos dias de hoje, até dona Adelina coça o queixo e pousa os olhos no horizonte, pensativa quando reflecte sobre a inverosimilhança das suas histórias, reconhecendo a insensatez da credulidade que na juventude lhe devotara: eram coisas que se diziam e contavam naqueles tempos. Naquela altura era tudo assim..., muito misterioso. Devia ser por causa do escuro. Só havia velas à noite! Contava-se e as pessoas acreditavam, claro está. E ri-se, levando as mãos à faca para cortar e oferecer outra fatia de bolo de cenoura, tão generosa quanto as palavras que partilha com os forasteiros sem esperar nada em troca. Mas estarão as lendas encerradas apenas nas aldeias e na memória dos nossos anciãos? É claro que não, e uma breve viagem pela internet espelha o quanto estas narrativas fascinam gente de todas as idades e eras tecnológicas. É por isso que neste livro há histórias dos avós, mas também dos seus netos, que as partilham em sítios específicos, como redes sociais próprias. Em Portugal, o Forum Portugal Paranormal é um bom exemplo disso, e os seus utilizadores foram, neste livro, os principais narradores vivos que encontrei entre as gerações mais jovens, os quais conseguiram surpreender-me ao brindarem-me com incríveis relatos inéditos.
Pena é que nem todos tenham acedido a revelar a sua verdadeira identidade, preferindo que as suas narrações se mantivessem identificáveis pelos seus nicknames. A par com a identificação dos interlocutores entrevistados para este livro, segue-se, em primeiro lugar, a indicação do local de recolha e, finalmente, da localidade a que se refere a história, sempre que foi possível apurar. Através desta pesquisa, foi-me ainda revelada uma característica bastante interessante da actual situação do nosso património lendário: se, por um lado, as lendas quase desapareceram na oralidade, por outro, passaram a ser contadas de outra forma e por outros meios, aqueles que a era digital nos trouxe para partilhar tudo e mais alguma coisa. E embora a maioria de nós insista em não acreditar em lendas e contos de fadas, as narrativas fantásticas não deixam de ter um papel de extrema importância também nos nossos dias, que está sobejamente teorizado. Wolfganag Mieder, professor de Filologia Alemã e Folclore na universidade de Vermont e vencedor do Prémio Europeu de Contos de Fadas em 2012, pesquisa há mais de 40 anos sobre esta temática.
Diz Mieder que, embora aconteça amiúde as narrativas antigas serem adaptadas ao momento presente, mantêm geralmente o seu cerne original. A oposição entre o bem e o mal está sempre presente, atormentando as escolhas do homem desde que o Mundo é Mundo: são os finais didácticos. É claro que eles contêm sempre algo do mal, mas a beleza das histórias está na ideia de que há sempre uma certa justiça e que o bem acaba por vencer». In Vanessa Fidalgo, Histórias de um Portugal Assombrado, 2012, A Esfera dos Livros, Lisboa, 2012, ISBN 978-989-626-371-3. 

Cortesia de EdosLivros/JDACT

Um estranho amor. Elena Ferrante. «Jovens desconhecidos, mas muito afectuosos, hábeis em conversa de circunstância, perguntaram-me como estava, como me corriam as coisas, que trabalho fazia»

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(…) O líquido quente que saía de mim sem que eu quisesse deu-me a impressão de um sinal combinado entre estranhos dentro do meu corpo. O cortejo fúnebre avançava para a Piazza Carlo III. A fachada amarelada do Reclusorio parecia-me conter a custo a pressão do Rione Incis que lhe caía em cima. As ruas da memória topográfica pareciam-me instáveis como uma bebida efervescente que, agitada, transborda em espuma. Sentia a cidade dissolvida no calor, sob uma luz cinzenta e empoeirada, e repetia mentalmente a história da infância e da adolescência que me impelia a divagar pela Veterinaria até ao Orto Botanico, ou pelas pedras sempre húmidas, cobertas de verdura podre, do mercado de Sant'Antonio Abate. Tinha a impressão que a minha mãe estava também a levar os lugares, mesmo o nome das ruas. Olhava a minha imagem e a das minhas irmãs no vidro, entre as coroas de flores, como uma fotografia tirada com pouca luz, inútil no futuro para a memória. Agarrava-me com as solas dos sapatos ao empedrado da praça, isolava o cheiro das flores colocadas sobre o carro, que chegava já podre. A certa altura receei que o sangue começasse a escorrer-me pelos tornozelos e tentei separar-me das minhas irmãs. Foi impossível. Tive de esperar que o cortejo virasse para a praça, subisse pela Via Don Bosco e se dissolvesse por fim num engarrafamento de carros e gente. Tios, tios-avós, cunhados, primos começaram a abraçar-se uns aos outros: pessoas vagamente conhecidas, modificadas pelos anos, que só tinham convivido durante a infância e talvez nunca mais se tivessem visto. As poucas pessoas de que me recordava nitidamente não tinham dado sinal de vida. Ou talvez estivessem ali, mas não as reconheci porque delas me tinham ficado, da época da infância, apenas pormenores: um olho torto, uma perna coxa, a cor levantina da pele. Em compensação, pessoas de quem ignorava até o nome puxaram-me de parte, contando velhos agravos que tinham recebido do meu pai. Jovens desconhecidos, mas muito afectuosos, hábeis em conversa de circunstância, perguntaram-me como estava, como me corriam as coisas, que trabalho fazia. Respondi: bem, tudo me corria bem, fazia banda desenhada, e eles como iam? Muitas mulheres grisalhas, completamente de negro excepto o rosto pálido, louvaram a extraordinária beleza e bondade de Amalia. Algumas abraçaram-me com tal força e vertendo lágrimas tão copiosas, que oscilei entre um sentimento de asfixia e uma insuportável sensação de humidade dos seus suores e das suas lágrimas que se espalhava em mim até às virilhas, ao início das coxas. Fiquei pela primeira vez satisfeita com o vestido escuro que tinha posto. Ia para me afastar quando o tio Filippo fez uma das suas. Na sua cabeça de setenta anos, que muitas vezes confundia passado e presente, um pormenor devia ter abatido barreiras já pouco sólidas. Começou a praguejar em dialecto em voz muito alta, perante o espanto de todos, agitando freneticamente o único braço que tinha.
Viram o Caserta?, perguntou dirigindo-se a mim e às minhas irmãs, com a respiração entrecortada. E repetiu várias vezes aquele apelido conhecido, um som ameaçador da infância que me provocou um sentimento de mal-estar. Depois acrescentou, apopléctico: pouca vergonha. No funeral da Amalia. Se aqui estivesse o teu pai, matava-o. Não queria ouvir falar de Caserta, puro aglomerado de inquietação infantil. Fingi que não era nada e tentei acalmá-lo, mas ele nem sequer me ouviu. Pelo contrário, apertou-me agitado com o seu único braço, como se me quisesse consolar pela afronta daquele nome. Então libertei-me desabridamente, prometi às minhas irmãs que chegaria ao cemitério a tempo para a cerimónia da sepultura e voltei à praça. Procurei em passo rápido um bar. Perguntei pelo quarto de banho e enfiei-me nas traseiras do estabelecimento, num pequeno compartimento fétido, com a retrete nojenta e um lavatório amarelado. O fluxo de sangue era abundante. Tive uma sensação de náusea e uma leve tontura. Vi na penumbra a minha mãe com as pernas escanchadas que abria um alfinete de segurança, desprendia do sexo, como se estivessem colados, panos de linho ensanguentados, se voltava sem surpresa e me dizia com calma: sai, o que fazes aqui? Comecei a chorar, pela primeira vez desde há muitos anos. Chorei batendo com uma mão quase a intervalos regulares no lavatório, como para impor um ritmo às lágrimas. Quando dei conta, parei, limpei-me o melhor que pude com os lenços de papel e saí em busca de uma farmácia. Foi então que o vi pela primeira vez. Posso ser-lhe útil?, perguntou quando fui esbarrar com ele; poucos segundos, o tempo de sentir de encontro ao rosto o tecido da sua camisa, notar a tampa azul da caneta que lhe saía do bolsinho do casaco e, entretanto, registar o tom duvidoso da voz, um cheiro agradável, a pele nua do pescoço, uma massa densa de cabelos brancos em perfeita ordem». In Elena Ferrante, Um Estranho Amor, 1995, Publicações dom Quixote, Lisboa, 2005, ISBN 972-202-879-0.

Cortesia de PdomQuixote/JDACT

Um estranho amor. Elena Ferrante. «Tínhamos obtido rapidamente os documentos necessários, as autorizações nulas de não sei quantas autoridades competentes, verdadeiras ou inventadas, um funeral de primeira classe e, o mais difícil, um lugar no cemitério»

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(…) Observei demoradamente, com desagrado, as suas pernas esverdeadas, extraordinariamente jovens para uma mulher de sessenta e três anos. Notei com o mesmo desagrado que o soutien era muito diferente dos já fora de moda que costumava usar. As copas eram feitas de renda delicadamente trabalhada e deixavam ver os mamilos. Eram ligadas uma à outra por três Vbordados, marca de um estabelecimento napolitano de dispendiosa roupa interior para senhora, o das irmãs Vossi. Quando mo restituíram, juntamente com os brincos e os anéis, cheirei-o demoradamente. Tinha o odor irritante do tecido novo. Durante o funeral surpreendi-me a pensar que finalmente já não tinha a obrigação de me preocupar por causa dela. Notei de imediato um fluxo tépido e senti-me molhada entre as pernas. Estava à cabeça de um longo cortejo de parentes, amigos, conhecidos. As minhas duas irmãs apertavam-se a mim, uma de cada lado. Segurava uma por um braço, porque receava que desmaiasse. A outra agarrava-se a mim como se os olhos demasiado inchados a impedissem de ver. Aquela descarga involuntária do corpo assustou-me como se fosse a ameaça de uma punição. Não tinha conseguido verter uma única lágrima: não tinham brotado ou talvez não tivesse querido que brotassem. Além disso, fora a única a dizer algumas palavras para justificar o meu pai, que não mandara flores e não viera ao funeral. As minhas irmãs não tinham escondido a sua desaprovação e agora pareciam empenhadas em demonstrar publicamente que tinham lágrimas suficientes para chorar também as que nem eu nem o meu pai estávamos a verter. Sentia-me sob acusação. Quando o cortejo foi acompanhado durante um bocado por um homem de cor que carregava aos ombros algumas telas montadas numa armação, a primeira das quais (a que ficava visível sobre as suas costas) representava toscamente uma cigana seminua, esperei que nem elas nem os parentes dessem conta. O autor daqueles quadros era o meu pai. Se calhar estava a trabalhar nos seus borrões naquele momento.
Tinha feito e continuava a fazer cópias sobre cópias daquela cigana odiosa, vendida pelas ruas e nas feiras da província há dezenas de anos, satisfazendo por poucas liras, como sempre, os pedidos de horríveis quadrinhos para salas pequeno-burguesas. A ironia das linhas que conjugam horas para encontros, para separações, para velhos rancores, mandara ao funeral da minha mãe não ele, mas aquela sua pintura elementar, detestada por nós, suas filhas, mais do que detestávamos o seu autor. Sentia-me cansada de tudo. Desde que tinha chegado à cidade nunca mais parara. Durante alguns dias acompanhara o meu tio Filippo, o irmão da minha mãe, nas voltas pelo caos das repartições, entre pequenos mediadores capazes de apressar os tramites burocráticos dos processos ou experimentando nós mesmos, depois de longas filas nos balcões, a disponibilidade dos empregados para ultrapassar obstáculos intransponíveis em troca de avultadas gorjetas. Por vezes o meu tio tinha conseguido obter alguns resultados ostentando a manga vazia do casaco. Perdera o braço direito já em idade avançada, aos cinquenta e seis anos, trabalhando no torno de uma oficina da periferia, e desde então usava aquela sua invalidez ora para pedir favores, ora para augurar a quem lhos negava a mesma desgraça. Mas conseguira os melhores resultados desembolsando muito dinheiro que não era devido. Assim, tínhamos obtido rapidamente os documentos necessários, as autorizações nulas de não sei quantas autoridades competentes, verdadeiras ou inventadas, um funeral de primeira classe e, o mais difícil, um lugar no cemitério.
Entretanto, o corpo morto de Amalia, minha mãe, retalhado pela autópsia, tinha-se tornado cada vez mais pesado à força de ser arrastado com nome e sobrenome, data de nascimento e data de morte, perante empregados ora grosseiros, ora simpáticos. Sentia a urgência de me desembaraçar dele e, no entanto, ainda não suficientemente extenuada, quisera levar ao ombro o caixão. Tinham-mo permitido depois de muita resistência: as mulheres não levam caixões ao ombro. Fora uma péssima ideia. Como aqueles que transportavam o féretro simultaneamente comigo (um primo e os meus dois cunhados) eram mais altos, receara durante todo o percurso que a madeira penetrasse entre a minha clavícula e o pescoço, junto com o corpo que continha. Quando o caixão foi depositado no carro e este se pôs em movimento, tinham bastado poucos passos e um alívio culposo para que a tensão se precipitasse naquele fluxo secreto do ventre». In Elena Ferrante, Um Estranho Amor, 1995, Publicações dom Quixote, Lisboa, 2005, ISBN 972-202-879-0.

Cortesia de PdomQuixote/JDACT

O Fio do Tempo. João Paulo O. Costa. «Álvaro suspirou; aparentemente distraído, de olhar ausente, levou a mão ao bornal onde estava a ampulheta, e Tristão Coutinho percebeu que os fantasmas do passado ainda estavam presentes»

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Fugaz reencontro
«(…) Podem fazer mulatinhas jeitosas, acrescentou um dos interlocutores, cujo bafo a vinho era particularmente notório, apontando para a mulata que conversava na mesa do lado. Dois olhos riram-se e começaram a aproximar-se da moça com um olhar alarve, porém, dois homens corpulentos, um branco e outro mulato, interpuseram-se, com um aspecto suficientemente ameaçador para demover o assédio. O sapateiro e os seus amigos continuavam o diálogo. entretendo-se com uns nacos de toucinho assado acompanhados de castanhas e pão de centeio. A certa altura, as conversas foram interrompidas por um cacarejar intenso vindo dos fundos, quando um escravo do taberneiro pegou numa das ocupantes do galinheiro; contudo, ninguém ouviu, pouco depois, o som do cutelo. Sentado, com o seu quartinho de vinho entre as mãos, indiferente ao alarido que ecoava pela sala, Álvaro conversou com dois rapazes que se dispuseram a ouvi-lo, e recordou uma vez mais as suas proezas de cavalaria vividas ali mesmo no tempo d'el-rei João, o primeiro. Os dois moços ouviam a sua descrição, fascinados, até que um deles perguntou: e por que razão tinha vossa senhoria uma armadura negra?
Nesse momento Álvaro transfigurou-se e afirmou: estava de 1uto... O pior dos lutos. E, olhando-os com um ar ameaçador, disse: deixem-me. Os dois rapazes abandonaram a mesa pois o velho centenário parecia bem capaz de brandir o seu bordão com força e eficiência. Álvaro retirou a ampulheta do bornal. Colocou-a em cima da mesa e contemplou o fio contínuo do tempo, sem que os seus olhos capturassem a beleza da mulata ou a sofreguidão com que um dos ingleses devorava a galinha. Desejava ardentemente voltar a ver a areia a subir e a ampulheta fez-lhe a vontade.

Corria o ano de 1424, nesse mesmo mês de Outubro, e um grupo de dez cavaleiros percorria tranquilamente a estrada que ligava Marialva a Trancoso. Quando a vila surgiu à sua vista, um dos cavaleiros aproximou-se do principal. Senhor Álvaro, poderemos pernoitar naquela estalagem. Imponente no seu alazão, coberto por uma túnica amarela e roxa com as suas insígnias, tendo ao lado um pajem que empunhava o seu pendão, Álvaro Ataíde fez um gesto de assentimento. Vai ver se têm acomodação para nós e para as montadas. Virou-se, sorridente, para outro cavaleiro do grupo. Tristão, sabe-te bem regressar ao nosso Portugal? Tristão Coutinho acelerou o trote e colocou-se a seu lado. Já  era tempo de regressarmos, meu amigo. Cobriste-te de glória e honra num cento de torneios, ajudámos el-rei Henrique, que Deus haja, a vencer os franceses. Este é o momento de voltarmos ao serviço do senhor infante..., desde que já tenhas mesmo esquecido os teus infortúnios.
Álvaro suspirou; aparentemente distraído, de olhar ausente, levou a mão ao bornal onde estava a ampulheta, e Tristão Coutinho percebeu que os fantasmas do passado ainda estavam presentes. No final da coluna dois escudeiros conversavam: os nossos amos andam sempre juntos..., parece-me que em demasia. Cala-te, Afonso. São bons amigos. Pois. Porém, nestes oito anos que andámos com eles, divertimo-nos com muitas moças, mas eles até fugiam das saias. Ora, Afonso, não sabes que o senhor Álvaro, antes de partirmos para a nossa aventura, tentou entrar para a regra monástica em Alcobaça? E como não o deixaram entrar na ordem, fez votos pessoais de castidade. Seja... E Tristão Coutinho? Também seguiu essa sandice de não ter mulheres? É apenas um homem discreto. Lembras-te da Nicole, em Paris, da Brígida, em Bruges, da Susan, em Cantuária, ou da Pauline, em Nantes? Com todas elas dormiu o senhor Tristão Coutinho. E houve outras. Em Londres, uma noite, ficou com duas ao mesmo tempo..., umas irmãs sardentas. Só que o faz com recato, por respeito aos votos do senhor Álvaro. Disse-me uma noite que não queria tentá-lo, pois a sua jura era sagrada». In João Paulo O. Costa, O Fio do Tempo, 2009, Temas e Debates, Círculo de Leitores, 2011, ISBN 978-989-644-135-7.

Cortesia CL/TDebates/JDACT

O Fio do Tempo. João Paulo O. Costa. «Numa outra mesa comentava-se o caso do aprendiz de alfaiate que fora dado como desaparecido, havia quase um ano, e que acabava de chegar a Lisboa acorrentado; o estouvado do rapaz deixara-se tentar…»

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Fugaz reencontro
«(…) O sexagenário perturbou-se com a saudação. Senhor dom Álvaro, bem sabeis que abracei a religião cristã vai para três anos e que tomei nome mais apropriado à minha nova fé. Ora, amigo, deixai essa farsa para os outros. O médico irritou-se com a impertinência do fidalgo. Farsa, dizeis vós? Olhai ali para baixo. Porventura está aí a judiaria onde nasci e vivi? Vedes lá a sinagoga onde celebrei a minha fé, sábado após sábado? Tudo nos foi tirado... Mantivestes vossos cabedais... Grande obra a d'el-rei, que nos obrigou a mudar de religião, que nos fez sair das nossas casas, mas que não roubou todo o nosso dinheiro. Roubá-lo-á, se eu decidir partir para fora deste reino. Senhor dom Álrraro, sei que não fostes mal-intencionado ao mencionardes o meu antigo nome, mas respeitai a minha nova condição. E desculpai-me a pressa, porém, um paciente espera-me. Álvaro observava o cristão-novo, enquanto este seguia o seu caminho, amaldiçoando a hora em que el-rei Manuel impusera a expulsão dos judeus. Passava ao lado da Sé, quando topou com João Nova, alcaide-menor de Lisboa. Sabeis a notícia, senhor dom Álvaro? El-rei nomeou-me capitão-mor da armada que há-de ir à Índia no próximo ano.
O Ataíde saudou a novidade, pensando: não viverei para ver o seu regresso... Quiçá, nem o veja partir. Felicito-vos, meu bom amigo. Partis antes do regresso da armada que por lá anda? Tem de ser, pois de outra forma el-rei só mandaria armadas à Índia, ano sim, ano não. Pedro Álvares e os seus capitães deixar-nos-ão mensagens nos portos de Sofala e de Melinde, ou junto ao Cabo. Deus vos guarde... E tende cuidado, pois estou certo de que os índios não são cristãos. João Nova desapareceu por entre as gentes que enxameavam as ruas de Lisboa e Álvaro desembocou na Rua dos Mercadores, que atravessava toda a parte baixa da cidade. O Ataíde sentiu o sortilégio do tempo. Ficou parado demoradamente, encostado a uma parede e amparado ao bordão. Os transeuntes como que se esfumaram e ele reviu aquela mesma rua tal como entrara nela em Setembro de 1428, havia setenta e dois anos.
Lisboa festejava o casamento da infanta dona Isabel com o duque da Borgonha e a Rua dos Mercadores era palco de justas memoráveis. Álvaro era o campeão da tarde. Montado no corcel favorito, de lança em riste, com a armadura negra que adoptara quatro anos antes, galopava à desfilada, derrubando os adversários à primeira; as donzelas sorriam-lhe e lançavam-lhe flores; os rapazes ofereciam-se para que os tomasse por pajens, e os cavaleiros não escondiam a sua admiração. A cada triunfo ele erguia a lança, soltava um urro pleno de raiva e de orgulho e recolhia-se aguardando novo desafio. Na outra extremidade da rua estava Charles Gant, envolto na sua armadura luzidia coberta por uma túnica verde e branca. O flamengo empinara a sua montada e partira à desfilada contra Álvaro; este esporeou o Bonito, que iniciou a corrida. Sacudido pelo galope, de viseira baixa, Álvaro via apenas a silhueta do adversário a crescer; o sol faiscou no elmo emplumado de Charles, Álvaro apontou a lança ao alvo resplandecente e o flamengo foi projectado pelos ares. O impacte foi tão forte que o Ataíde só se manteve na garupa à custa de muito esforço. O rival rebolou pelo chão da Rua dos Mercadores.
O coração de Álvaro batia acelerado, como no momento em que derrubara o cavaleiro de Gant. Não se contendo, ergueu o bordão e repetiu o seu grito de guerra. Um escravo d'el-rei que o reconheceu perguntou-lhe se precisava de ajuda, porém, ele já se recompusera. Estava um pouco cansado e resolveu parar na adega de Júlio Gomes. O interior do estabelecimento estava animado. Junto à porta, um tanoeiro de meia-idade ditava uma carta a um clérigo; a missiva tinha por destinatária a mãe, que não via desde que deixara a sua aldeia, no termo de Abrantes, e rumara a Lisboa, ia para vinte anos. A seu lado, dois rafeiros entretinham-se com uns ossos que a ajudante do taberneiro lhes dera. A um canto, Febo Antunes, sapateiro, conversava discretamente com uns estrangeiros, sem reparar no jovem negro que o observava pelo canto do olho, enquanto petiscava azeitonas e conversava, entusiasmado, com uma mulata de corpo bem-feito. Numa outra mesa comentava-se o caso do aprendiz de alfaiate que fora dado como desaparecido, havia quase um ano, e que acabava de chegar a Lisboa acorrentado; o estouvado do rapaz deixara-se tentar e embarcara num navio que fora negociar aos rios da Guiné sem autorização d'el-rei. Os contrabandistas haviam sido interceptados por uma caravela da Coroa e os seus bens apresados. Os membros da tripulação não iriam escapar a uma dura pena; muito provavelmente seriam degradados para as praças de África, que tinham sempre guarnições incompletas. Quiçá, mandam-nos para a ilha de São Tomé, já que gostam tanto de navegações... Ui, que não duram muito tempo. Um primo de um vizinho da minha comadre foi com o capitão Álvares Caminha, mas chegou-lhe uma febre ao cabo de dois meses e o pobrezito finou-se numa semana. El-rei mandou povoar outras ilhas dessas paragens alongadas. O melhor que têm a fazer é aproveitar-se das negras, enquanto não lhes chega a febre». In João Paulo O. Costa, O Fio do Tempo, 2009, Temas e Debates, Círculo de Leitores, 2011, ISBN 978-989-644-135-7.

Cortesia CL/TDebates/JDACT

quinta-feira, 24 de novembro de 2016

O Fio do Tempo. João Paulo O. Costa. «No final de Agosto, Álvaro Ataíde regressou ao reino, na companhia do rei; em Ceuta ficara uma guarnição sob o comando de Pedro Meneses. Portugal dava uma nova forma ao seu destino»

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O primeiro voo
«(…) O moribundo agitou-se, tentou recuperar o fio e quando quis falar expirou num vómito de sangue, com os olhos muito abertos, fitando o rival. Álvaro baixou-lhe as pálpebras, colocou o fio ao pescoço e ergueu-se. Voltou aos combates; passou por ruas fumegantes e viu a soldadesca inebriada com o triunfo. Havia quem carregasse arcas, tecidos e toda a sorte de objectos; num canto, um magote de gente ria ao observar um homem que violava uma jovem enquanto gritava: sente, moura danada, o que minha irmã sofreu às mãos dos teus. A cidade caíra, porém, havia bolsas de resistência. Álvaro não queria participar no saque e procurou guiar-se pelo alarido. Acabou por se cruzar com o infante Henrique e voltou ao prélio na companhia do seu senhor. A espada voltou a rasgar a carne de adversários e a sua coragem foi percebida pelo infante. No final do dia afastou-se das celebrações. Sentia-se honrado pelas palavras do infante Henrique, que lhe prometera a honra da cavalaria, e desistira de morrer. Tinha um filho... Um filho que teria o nome de outro. Enquanto ouvia os cânticos dos vencedores e os gemidos dos vencidos, Álvaro contemplava o fio do tempo, que afinal não fora interrompido, mas que não sabia como iria prosseguir. Macambúzio, só sentiu um leve entusiasmo quando a espada de Henrique tocou nos seus ombros. Os feitos da manhã do dia 21 de Agosto haviam-no tornado famoso, e até el-rei o chamara para louvar a sua audácia e presteza. Ajudara a resgatar o corpo de Jerónimo, que fora sepultado na antiga mesquita, transformada agora em igreja matriz. Soubera, entretanto, que por um incrível golpe da roda da fortuna, duas das testemunhas do incidente da serra de Monchique tinham perecido. Pedro Sá apanhara a peste na embarcação e finara-se em pouco tempo. Fernando Góis morrera em combate, atingido pelas mesmas pedras que derrubaram fatalmente Vasco Fernandes Ataíde, vedor da Casa do infante Henrique. Só restavam Tristão Coutinho e o primo do alcaide de Silves, porém, do seu amigo nada transpiraria, e o algarvio parecia de confiança. Além disso, se abrisse a boca não teria quem confirmasse a verdade. O cadáver de Jorge Távora, por sua vez, também não revelou o crime; no local da queda os parentes encontraram apenas alguns ossos, pois o corpo servira de repasto a lobos e a aves necrófagas.
No final de Agosto, Álvaro Ataíde regressou ao reino, na companhia do rei; em Ceuta ficara uma guarnição sob o comando de Pedro Meneses. Portugal dava uma nova forma ao seu destino. Estava a armada real a zarpar da cidade africana, quando uma brisa mais forte soprou por entre as fragas cimeiras da serra de Monchique. A jovem águia voltou a abrir as asas, desafiando desajeitadamente o precipício. O seu esforço foi coroado de êxito e a pequena ave realizou o seu primeiro voo. Tinha o mundo a seus pés... Era tempo de descobri-lo.

Fugaz reencontro
Quando acordou, na manhã seguinte, estava um dia soalheiro, como o anterior, e Álvaro decidiu passear pela cidade e visitar o Convento do Carmo, para confirmar se o superior pusera cobro à irresponsabilidade do frade sineiro. A sua vetusta idade não lhe tolhia o gosto de andar, mesmo que fosse devagar e com a ajuda do seu bordão. Além disso, conhecia tanta gente, que durante a sua travessia parava um bom par de vezes para conversar com amigos. Aprazou com o criado que o fosse buscar ao convento a seguir às vésperas, num carro, pois já não teria pernas para empreender nova caminhada de volta para a Alcáçova. Começou a descida, dirigindo-se para a Sé, e a primeira figura conhecida com que se deparou foi o médico Antão Vaz, seu amigo havia mais de quarenta anos. Prazenteiro, Álvaro saudou-o: bons dias, mestre Isaac». In João Paulo O. Costa, O Fio do Tempo, 2009, Temas e Debates, Círculo de Leitores, 2011, ISBN 978-989-644-135-7.

Cortesia CL/TDebates/JDACT

O Mistério do Priorado de Sião. Jean-Michel Thibaux. «Fechou os olhos e escutou a voz do judeu, por cima do ronronar do seu próprio sangue: ... eu sou o seu único amigo... Deixe-se levar... Fale...»

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Rennes le Château. 18 de Junho de 1891
«(…) Bérenger tinha-se deixado cair numa cadeira. a olhar para o vazio. Tinha os lábios entreabertos e o rosto ensombrado pelo cansaço. Vinte e duas horas de trabalho. Vinte e duas, o Mat, o número do conhecimento reservado à elite. E, no entanto, podiam ter sido vinte e dois segundos, ou vinte e dois anos. Era incrível como o tempo se contraía e dilatava. A amargura tinha-se apossado da sua alma, e estava prestes a renunciar. As noites, os dias, os meses sucediam-se uns aos outros, sem que os manuscritos revelassem o seu segredo. Mantinha-os desenrolados sobre a mesa, com os cantos seguros com pedaços de telha. Ansiava entender os sinais, conhecer a sua origem, avançar na senda do conhecimento. Mas faziam-lhe falta chaves... Pedi-las a Boudet? Uma loucura. A velha raposa arrancava-lhos da mão para os usar em seu proveito. E se falasse com Billard? Era demasiado rápido. O bispo, que era um negociante, oferecer-lhe-ia a seguir um bom preço, e ele mesmo era capaz de dizer que sim. O espólio vai ser meu, repetiu mentalmente: o espólio. Porquê precisamente essa palavra? Que caminho o tinha levado até ali? Deteve-se um bocado a reflectir. Voltou ao quarto pergaminho e releu as frases do Novo Testamento, demorando-se nas palavras coladas umas às outras, nas misteriosas palavras acrescentadas. Nada... Não entendia nada. A sua mente associava ideias incoerentes, as frases que reconstruía não compunham nenhuma mensagem. Espólio... Espólio... Estou a ficar louco. Nem sequer é uma palavra latina, mas sim alemã. Não há uma única palavra parecida com espólio, nem captura, nem restos, nem tesouro.
O temor da superstição agravava a sua incompreensão. Levantou o punho para o descarregar sobre o manuscrito, quando uma silhueta preta chamou a sua atenção atrás da janela. Não reconheceu de imediato o homem gordo que se aproximava da sacristia. O desconhecido avançava arrastando os passos devido ao cansaço. Era Elias, o judeu. Bérenger correu para a janela e gritou: meu amigo! Finalmente está aqui. Elias parecia absorto numa ilusão. Deteve-se, cabeceando ao ritmo latejar do peito. Levantou a cabeça, com os olhos enevoados por formigueiro negro, e viu Saunière a sorrir lá em cima. Ah, Saunière! Pensei que nunca chegaria aqui... Abra, estou a morrer de sede. Desço já! Bérenger desceu a escada a correr. O russo já tinha entrado em casa. Os seus olhos vivazes percorriam os cantos, apoderando-se dos objectos. Abraçou Bérenger e deixou-se cair numa cadeira. Esticou as pernas pesadas, o corpo dorido. Amaldiçoou pela última vez aquele corpo gordo, que era a contrapartida da sua genialidade: um dia, toda aquela gordura acabaria por levá-lo à morte. Veio por onde?, perguntou Bérenger, servindo-lhe um copo de vinho. Pelo trilho... A caminhar... Existe algum outro caminho? Elias esvaziou o copo de vinho. Agora dê-me água. Naturalmente... Há vários caminhos de cabras, mas pelo seu aspecto, parece que teve de subir escalando um precipício. E a sua bagagem? Chegará a devido tempo, dependendo do que tiver para me contar. Não creio que tenha feito este caminho para nada... Estou enganado? Bérenger espiou os olhos escuros de Elias, que pareciam capazes de vislumbrar os mundos do além.
Não encontrou nenhuma maldade nele. Pelo contrário, no seu olhar havia algo de inefável e subtil: era o amor. Posso confiar nele. Descobri uns manuscritos na igreja... Pensei que o senhor me poderia ajudar. Depende do seu conteúdo, e do que quiser que eu faça. Não temos pressa... Tranquilize-se. Estou perfeitamente tranquilo! Vejo para lá  das aparências. O sofrimento consome-o. Bérenger engoliu em seco. Elias dizia a verdade. Tinha visto a sua alma. Não conseguiu resistir ao desejo de lhe revelar as suas angústias. Sou um homem desgraçado... Não pense que o digo com narcisismo, não me gabo das minhas desgraças. Mas sinto-me perseguido pela má sorte e a contrariedade. Está a falar-me de uma intuição? Não! Então é o resultado de um raciocínio. Explique-se, dê-me elementos para avaliar. Elias agarrou-o pelo braço para o obrigar a falar. O seu rosto endureceu-se. Agora, uma luz intensa brilhava-lhe nos olhos. Porque é que agora tenho medo deste judeu?, interrogou-se Bérenger, estremecendo. Porque Deus o tinha feito tão genial? Não devo deixar-me subjugar!
Não tente dominar-se, prosseguiu Elias. É natural sentir medo quando nos sentimos ameaçados. Deve aprender a manter a calma. O segredo consiste em separar a realidade dos pesadelos, e eu não sou um pesadelo. Não procure adivinhar quem eu sou. Averiguá-lo-á quando souber reconhecer a essência de todas as coisas que o rodeiam. Ainda não está pronto para ser iniciado. O egoísmo limita as suas possibilidades... Fale! Confie em mim. Bérenger deixou o olhar vaguear pela divisão. Os objectos pareciam envolvidos numa bruma avermelhada e luminosa. Não conseguia distinguir a posição dos ponteiros do relógio, apesar de estar ao alcance da sua mão. O mundo esmigalhava-se, pouco a pouco a sua consciência adormecia. Fechou os olhos e escutou a voz do judeu, por cima do ronronar do seu próprio sangue: ... eu sou o seu único amigo... Deixe-se levar... Fale...
Pouco a pouco, Elias afrouxou os dedos até soltar o braço de Bérenger. Depois, passou a mão esquerda diante dos olhos do sacerdote. Com os seus dedos compridos e finos, traçou no ar um sinal de poder que convergia na fronte de Bérenger. O sacerdote deixou de se debater. O frio invadiu-lhe o corpo e, por momentos, pôs-se a tremer e julgou que o seu fim tinha chegado. Logo a seguir sentiu a tibieza. A primeira recordação acudiu à sua mente com precisão diabólica: era o odor dos cabelos de Marie. Recordou a forma dos seus lábios, as ancas largas onde ansiava perder-se. Tudo começou no dia em que ela chegou...» In Jean-Michel Thibaux, O Mistério do Priorado de Sião, Rennes-le-Chatêau, 1888, 2004, tradução de Jorge Fallorca, A Esfera dos Livros, 2006, ISBN 989-626-019-2.

Cortesia de ELivros/JDACT

O Mistério do Priorado de Sião. Jean-Michel Thibaux. «Um carvalho acolheu-o sob a sua sombra. Encostou as costas ao tronco, deixando-se escorregar. Chegou o momento. Voltou-se para a aldeia, fechando os olhos para se concentrar»

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Rennes le Château. 20 de Junho de 1889
«(…) Bérenger esperava aquela declaração. A comédia foi rápida e eficaz: talvez, mas é melhor reflectir ponderadamente. São muito antigos. Em Toulouse ou em Paris, alguns historiadores pagariam um bom preço por eles. Valia a pena vendê-los. Deixe-os um tempo comigo e arranjarei comprador. Que me diz? Combinado, respondeu o alcaide animado, apertando a mão de Bérenger. Agora, a sua imagem era o vivo retrato da satisfação. Os números já desfilavam pela sua cabeça: duzentos, trezentos, quinhentos..., mil francos? Ficou a olhar para o cura. Depois sorriu. As suas especulações tinham chegado ao topo: três mil francos? E se Saunière o vigarizava? Quero uma cópia dos manuscritos, disse, olhando outra vez para o chão. Empenhar-me-ei para que tenha uma transcrição. Quando fecharmos o negócio, trago-lhe uma acta da venda. Fica mais tranquilo? Sim. Então brindemos. Bérenger pegou-lhe no braço, sem deixar de reflectir. Só havia um homem que lhe podia emprestar o dinheiro. Quando o alcaide se fosse embora, escreveria a Elias Yesolot.

Rennes le Château. 18 de Junho de 1891
O caminhante tinha partido antes da alba, para se deleitar no momento em que a noite se libertava do incêndio do dia. Agora, ofegava e gemia pela encosta, De vez em quando parava, tomava fôlego e olhava para leste, regozijando-se com as chamas errantes que aumentavam e se juntavam para dar vida ao novo sol. Nahash, o tentador, tinha fugido juntamente com as criaturas das trevas. Saudou o amanhecer com uma vénia e continuou a andar. O sol não tardaria a fazê-lo sofrer. Um rebanho já subia em direcção aos Pirenéus, tocado pelos pastores. Escutou os chocalhos dos carneiros, os guizos e as campainhas dos cordeiros e das ovelhas. Quando as bestas se amontoaram à sua volta, descobriu que traziam talismãs ao pescoço; pedras da saúde e medalhinhas. O vento sussurrava segredos. Nessa altura, um pastor clamou por entre as rajadas: fui até à cerca, vi três eremitas, traziam pedras más, para destruir os campos. Menino Jesus, leva-os daqui.
Agachou-se, a escutar. Os pastores tinham medo. Tinham sempre medo. Será que o pastor tinha invocado Jesus por causa dele? A voz tinha-se calado. Ao longe, os cordeiros já corriam alegres para o vale. Estava outra vez sozinho e começava a sentir o cansaço. Sentia o corpo pesado, mole. Uma carapaça de banha rodeava-lhe o coração. De vez em quando, tropeçava nas pedras. Não tinha sido feito para escalar montanhas. Não devia ter subido a pé desde Couiza. Quanto lhe faltaria ainda percorrer? Levantou o olhar, avaliando a distância que o separava do seu destino. A fita pálida do caminho enredava-se e retorcia-se pela encosta da colina, tornando-se cada vez mais estreita. No cimo, o céu era uma miragem de branco e azul, onde o temível sol dominava. Passada meia hora, avistou finalmente a aldeia. Não tinha mudado nada. Continuava a ser uma aldeia miserável, perdida no meio da solidão. Um carvalho acolheu-o sob a sua sombra. Encostou as costas ao tronco, deixando-se escorregar. Chegou o momento. Voltou-se para a aldeia, fechando os olhos para se concentrar. Sentiu pensamentos confusos. Eram os dos camponeses. Momentos depois, distinguiu os pensamentos de Bérenger. O sacerdote estava perturbado e o seu espírito lutava contra um problema insolúvel. No entanto, não corria nenhum perigo. O homem de preto levantou-se mais tranquilo. Podia entrar na aldeia. Não havia nenhum inimigo em Rennes». In Jean-Michel Thibaux, O Mistério do Priorado de Sião, Rennes-le-Chatêau, 1888, 2004, tradução de Jorge Fallorca, A Esfera dos Livros, 2006, ISBN 989-626-019-2.

Cortesia de ELivros/JDACT

Grácia Nasi. Esther Mucznik. «Manuel I reagiu severamente punindo o que não soubera prevenir. Mandou prender e encarcerar os principais cabecilhas do massacre e retirou a Lisboa, por dois anos, os seus privilégios e liberdades»

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A matança de Lisboa que ocorreu lá em Lisboa…
«(…) Esse ódio iria degenerar rapidamente em manifestações violentas. A primeira dá-se a 24 de Maio de 1504 quando um grupo de cristãos-novos é insultado na rua Nova, desencadeando uma rixa, durante a qual quarenta jovens foram presos e condenados ao degredo em S. Tomé. Apesar da intervenção da rainha revogando a deportação, este incidente é já um sinal da tragédia que se abaterá dois anos mais tarde sobre os cristãos-novos. Esta tragédia tem como pano de fundo uma situação em Lisboa de epidemia de peste, de seca e de fome. Os cristãos-novos eram o bode expiatório ideal da situação de sofrimento real da população, para mais sentindo-se esta abandonada pela corte de Manuel I que se tinha refugiado em Abrantes.
Tudo começou com uma denúncia às autoridades da celebração de uma ceia pascal judaica com a presença de marranos sentados à mesa posta com pão ázimo e ervas amargas. Segundo algumas versões, após irrupção da polícia no local do crime (?!) foram presos dezasseis cristãos-novos, os quais depois da intervenção real e à custa de substanciais subornos terão sido libertados, provocando a ira popular que reclamava um castigo pelo fogo. Mas a gota que fez transbordar o vaso, foi o que se passou na igreja do convento de S. Domingos, a 19 de Abril de 1506. Nesse dia, pelas três horas da tarde, estava reunida uma multidão de fiéis em oração pelo fim da peste e pela clemência divina quando da cruz que pendia sobre o altar emanaram uns raios de luz provocando a histeria colectiva: milagre, milagre!, gritava a multidão em êxtase. Entre os presentes estava um cristão-novo que terá dito Como pode um pau seco fazer milagres?, ou segundo a versão de Ibn Verga Mais valia um milagre da água de que tanto precisamos do que um milagre pelo fogo. O certo é que, num clima de fanatismo e excitação colectiva, o imprudente cristão-novo foi imediatamente levado para fora, linchado e o seu cadáver decepado. O irmão que acorreu para prontamente indagar a razão por que o matavam foi também assassinado e ambos os corpos queimados no largo fronteiriço.
Em seguida, instigada por dominicanos gritando Heresia, Heresia! Destruam esse povo abominável!, a populaça correu pelas ruas da cidade massacrando todos os cristãos-novos que encontrava e arrastando em seguida os corpos até ao largo de S. Domingos onde eram queimados, vivos ou mortos. Um alemão que deixou um testemunho detalhado deste massacre conta que três monges percorriam a cidade aos gritos de Misericórdia e morte aos Judeus!, seguidos por uma turba enfurecida de homens e mulheres, à qual se juntaram centenas de marinheiros estrangeiros, que estrangulavam e queimavam os judeus, incluindo mulheres e crianças, e saqueavam as suas casas. Cerca de duas a três mil pessoas foram assim assassinadas em três dias com requintes de malvadez, mulheres grávidas atiradas pelas janelas e aguardadas em baixo por lanças empunhadas, bebés estilhaçados contra os muros, violações, desmembramentos, autos-de-fé... A matança parou por exaustão, mas também porque e já havia pouco para matar, os sobreviventes tinham fugido, alguns com a ajuda de cristãos-velhos.
Manuel I reagiu severamente punindo o que não soubera prevenir. Mandou prender e encarcerar os principais cabecilhas do massacre e retirou a Lisboa, por dois anos, os seus privilégios e liberdades. Os dois frades que instigaram o movimento acabaram na fogueira e muitos outros foram enforcados ou privados dos seus bens. Mas a matança de Lisboa teve consequências importantes. No seguimento do profundo traumatismo sofrido e graças às pressões dos cristãos-novos, Manuel I revogou a proibição de saída destes de Portugal, decretada em 1499. No dia 1 de Março de 1507 publicou um decreto autorizando os que assim o desejassem a partir para países cristãos com as suas famílias e bens, e a regressar, se e quando o quisessem, sem perda de direitos e regalias, o que se aplicava mesmo aos que tinham partido ilegalmente. O monarca Manuel I tentava assim ainda manter a sua disponibilidade à integração dos cristãos-novos, esperando ao mesmo tempo desembaraçar-se dos elementos judaizantes mais activos. Na verdade, toda a sua política se soldou pelo fracasso. Isso mesmo terá ele concluído ao decidir solicitar ao papa, em 1515, a autorização para instalar a Inquisição (maldita) em Portugal. Não levou o projecto avante, como é sabido. Esta só será instalada em 1536 por João III. Mas o facto é revelador da política dúbia e oportunista do rei Afortunado». In Esther Mucznik, Grácia Nasi, A judia portuguesa do século XVI que desafiou o seu próprio destino, A Esfera dos Livros, Lisboa, 2010, ISBN 978-989-626-244-0.

Cortesia de ELivros/JDACT

terça-feira, 22 de novembro de 2016

O Canto da Salamandra. Seomara Veiga Ferreira. «A minha primeira estada em Lisboa foi breve. Regressei a Pombeiro e soube então que me encontrava grávida... Quando me casara era uma garota de longos cabelos que arrecadei em tranças…»

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«(…) Lisboa de branco e azul, beijada pelo areal de ouro que a contornava e onde ia adormecer. no vaivém lento do movimento de um berço de criança, o rio que se estende, a Ocidente até ao mar. Lisboa, nave de altas velas que rasgam o céu, Lisboa-viagem, Lisboa-destino, Lisboa-ninho de outras vidas que, com o tempo irá encontrar. Rodeada de hortos e vinhedos de Valverde, vestida pelos olivedos do Andaluz, cercada pelas almoinhas de Alvalade, Lisboa das gordas vinhas de Almafala e dos pomares úberes que estendem a folhagem até às zonas mouriscas do Restelo e ao reguengo refrescante de Algés. Vi-a como ave, também, no alcandorado dos Paços, na colina da Alcáçova, como águia mirando o Sol rubro do Poente a afundar-se no mar de estanho, prata e sangue, de onde vêm os mercadores, homens de negócio, genoveses, florentinos, ricos judeus das repúblicas italianas. Mirava a colorida exposição dos tecidos nos armazéns, que percorri com o séquito de meus irmãos, aias e camareiras, os briais flamengos, as granadas, os cendrais de cor rosa, verdes e lilazes, os doces arminhos, os magníficos brocados de Florença, os ricos e finos panos, quase transparentes ao Sol, de Holanda, as mercadorias da Veneza feérica e longínqua, Veneza a magnífica. Os seus navegadores vão aos confins do mundo, ao Mar Negro e a Constantinopla, dessas zonas de onde também veio a negra peste do nosso infortúnio, Lisboa, meu bom amigo, onde os judeus mercadejam tudo, vindos também da Itália, da França, das terras banhadas pelo Mar Interior, e que nas barcas vendem desde a estamenha pobre para os mais desfavorecidos e para confeccionar os hábitos dos cenóbios até às valencianas, as almáfegas, os bragais, as solias, os saiais, as crespinas ou as capeleiras que enobrecem e ataviam as cabeças, tudo se vende, desde as roupas aos metais, as pedras preciosas, o ouro, a prata, os esmaltes. Tenho um enorme rubi que minha tia me ofereceu e o comprou a um mercador florentino em Lisboa. Ah, meu bom amigo, Lisboa ainda nas velhas ruínas, não as da guerra, dos fogos, da violência dos homens, mas as antigas, as que o passar inexorável dos anos esculpiu e acariciou. Tão antigas, lá no alto, como aquelas que pertenceram a um velho edifício do tempo dos pagãos, com as suas colunas de capitéis trabalhados, mármores róseos e brancos e as bancadas de assentamento de placas polidas, onde os espectadores se sentavam a ver representar as tragédias de que me falava mestre Judah, ou Judas como sempre lhe chamei, os autos pagãos de tempos imemorais.
Eu, frei Juan, que posso dizer que a minha vida não foi mais que um acumular de ruínas, amo-as de uma forma especial, porque elas apresentam as cicatrizes do tempo como o nosso rosto. Têm face também e falam. As velhas pedras relatam a vida e a memória. Estão sempre vivas, mesmo quando as olhamos distraidamente ou nos esquecemos delas. São também, em muitos casos, com o secreto calor da sua vida antiga, uma companhia e um lenitivo para as nossas dores e a nossa memória, quando vivemos no esquecimento, anónimos e distantes. Frei Juan, aprendi isso, recentemente, aqui.
A minha primeira estada em Lisboa foi breve. Regressei a Pombeiro e soube então que me encontrava grávida... Quando me casara era uma garota de longos cabelos que arrecadei em tranças atrás ou dos lados da cabeça, enroladas a preceito, ou em bandós, logo que passei de donzela a mulher casada. Nunca, apesar de usar coifa, rapei o cabelo acima da testa, como vi muitas mulheres fazer para se sacrificarem à moda que vinha, então, de França. Mas depilei as sobrancelhas para que se avolumasse a linha dos meus belos olhos. Desculpai, frei Juan, este resto de vaidade tão feminil mas eu fui bela, murito bela e meu marido João Lourenço nem sequer teve consciência disso a não ser quando, enfim, me livrei da sua desagradável presença. Eu era jovem, inexperiente, ele mais velho, habituado como todos os homens ao conforto transitório das comborças de ocasião». In Seomara da Veiga Ferreira, Leonor Teles, ou o Canto da Salamandra, 1998, Editorial Presença, Lisboa, 1999, ISBN 942-23-2347-4.

Cortesia de Presença/JDACT

Segredos de Lisboa. Inês Ribeiro e Raquel Policarpo. «Em dias de sol também é comum ver os actuais moradores, deste local deitados sobre as ruínas, dormindo grandes sestas enquanto ignoram os visitantes. Os gatos e os pavões do Castelo são uma das grandes atracções…»

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«(…) No Núcleo Arqueológico da Praça Nova, a tarefa de imaginar um passado distante é facilitada pelas placas informativas e pela reconstituição de algumas estruturas que ali foram identificadas durante a intervenção arqueológica. Aqui foram escavadas estruturas habitacionais da Idade do Ferro ocupadas entre os séculos VII a. C. e II a. C.. A profundidade e que foram encontrados e a sua fragilidade leva a que estejam protegidas por uma estrutura que inclui um quadro explicativo das diversas unidades estratigráficas, as camadas de terra e materiais arqueológicos que se foram sobrepondo ao longo de diferentes épocas. O período romano não deixou nesta área quaisquer estruturas, apenas uma grande quantidade de material cerâmico que está exposto no Núcleo Museológico. Foi preciso esperar até ao século XI para que a Praça Nova se tornasse um bairro habitacional islâmico organizado por diversas ruas rodeadas de casas, uma das quais se prolongava pelo que é hoje o parque de estacionamento do Castelo em direcção ao castelejo. outra importante rua, que funcionou até ao terramoto de 1755, fazia a ligação entre a Porta do Moniz e a antiga mesquita, que estaria sob a actual Igreja de Santa Cruz do Castelo.
Deste bairro restam duas casas que foram reconstituídas para que os visitantes possam ter uma ideia de como era uma típica casa islâmica, organizada em torno de um pátio central pavimentado. Aqui ainda é possível sentir o aroma das ervas aromáticas, que, além de melhorar o ambiente, eram utilizadas na confecção das refeições da família. As divisões à esquerda estavam ocupadas pelas cozinhas, e à direita encontravam-se espaços de armazenamento e as latrinas. Ao fundo, a principal divisão da casa era o salão, a que se acedia por uma porta dupla e onde se faziam as refeições. De cada lado desta divisão estavam os quartos, ou alcovas, que estariam separadas por biombos ou cortinas para criar um ambiente mais acolhedor e reservado. Em ambas as casas ainda é possível ver o chão pavimentado a argamassa e o que resta dos estuques brancos e vermelhos que decoravam as paredes com motivos geométricos e representações do Cordão da Felicidade ou da Eternidade. Depois da conquista cristã, parte deste bairro foi reutilizada, enquanto uma larga área foi demolida para dar lugar ao Palácio dos Bispos, um enorme edifício que ocuparia a maior parte deste espaço. No século XVI, este palácio passou para os condes de Santiago, até ter sido praticamente destruído com o terramoto de 1755. Já no século XIX aqui funcionou uma cordoaria pertencente à Casa Pia de Lisboa. As obras da década de trinta desaterraram a área e rebaixaram o piso, destruindo muitas das estruturas ali enterradas. Do grande palácio, organizado em torno de dois pátios, pouco resta hoje. Conhece-se apenas uma entrada e uma pequena parte do piso térreo ocupada por arrumos e despensas. As estruturas de várias épocas que foram sendo identificadas revelam o reaproveitamento feito nas várias remodelações realizadas entre os séculos XII e XVIII. Numa das divisões é possível ver como estas sucessivas obras criaram três tipos de pavimento diferentes, desde o simples empedrado de seixos rolados às tijoleiras. Protegido por uma pala metálica, um dos pisos deste palácio revela um luxo caraterístico dos finais do século XV, formando um mosaico de pedras multicolores com um motivo central em estrela. Em dias de boa luz, este colorido conjunto é reflectido na pala, uma engenhosa solução que permite uma melhor observação do desenho.
Em dias de sol também é comum ver os actuais moradores, deste local deitados sobre as ruínas, dormindo grandes sestas enquanto ignoram os visitantes. Os gatos e os pavões do Castelo são, aliás, uma das grandes atracções dos dias de hoje, competindo para ver quem é mais fotografado. Entre os sustos e as gargalhadas causados pelo grito de pavões empoleirados nos locais mais inusitados e as festas dadas aos felinos que ali se passeiam, as longas horas de esplanada ou os visitantes que se deliciam com o sol lisboeta no fosso e nos miradouros, o Castelo de São Jorge é hoje um local cheio de vida e animação. O ambiente de um passado em que por ali viviam e passavam inúmeras pessoas é também animado pelas várias actividades organizadas pelos Serviços Educativos, como as reconstituições históricas, demonstrações de armas, as danças antigas e até exposições de aves de rapina. Tudo isto faz do Castelo de São Jorge um agradável local de passeio e visita obrigatória para todos quantos queiram conhecer melhor o passado de Lisboa. No topo da colina, escondida debaixo dos nossos pés, encontra-se a origem desta cidade, a génese de uma História de muitos séculos e que ainda tem alguns segredos para revelar». In Inês Ribeiro e Raquel Policarpo, Segredos de Lisboa, A Esfera dos Livros, Lisboa, 2015, ISBN 978-989-626-706-3.

Cortesia de EdosLivros/JDACT