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domingo, 6 de março de 2016

Qumran. Eliette Abécassis. «Nací en el año 1967 de la era cristiana, pero mi memoria tiene cinco mil años. Recuerdo los siglos pasados como si los hubiera vivido pues mi tradición los ha evocado con las palabras…»

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«(…) El vino nuevo no estaba de luto, la viña no se había ajado y ningún cordero vivo gemía más que de costumbre. El ritmo alegre de los tamboriles no había cesado, el delicioso son del arpa resonaba todavía en las casas. La ciudad no había sido vareada, ni esquilmada como la uva cuando finaliza la vendimia. Jerusalén, puerta de los pueblos, no era la ciudad de la paz, de piedras engastadas con zafiros, de almenas de rubíes y telas extendidas. En su seno, el Templo no estaba reconstruido con madera de ciprés, olmo y boj. Todo estaba tranquilo, sin ruido, sin el estruendoso ruido de la vida, sin ruido procedente del Templo, sin ruido del Eterno, para pagar a sus enemigos con la misma moneda, para soplar contra ellos el aliento de su cólera, para desplegar contra ellos terribles represalias y castigos de furor.
Sin embargo, hubiera podido haber un signo, un ínfimo, pequeño indicio, que manifestara que todo no era normal. Llegado el caso, alguien habría podido hacerlo saber. Pues los médicos se habían equivocado. Era tan viejo, y sin embargo tan robusto, tan vigoroso en los sermones que pronunciaba por todo el mundo, para la gente a la que recibía indefinidamente, para los consejos que prodigaba por teléfono o en su casa, en privado o en público, por escrito o de palabra, cara a cara o por medio de sus discípulos. Era el último de su linaje y no tenía hijos; y daba la impresión de que se agarraba a la vida para que durase. Era tan viejo que no habían hecho caso. Preveían desde hacía mucho tiempo aquel momento, con aprensión o con miedo; lo habían predicho y habían doblegado la realidad a sus declaraciones, a su ciencia profética. Pero quién habría podido saberlo, cuando él mismo anunciaba su próximo fin y su futura resurrección?
Sin embargo, no había muerto de un desfallecimiento acontecido un día antes; había muerto de un choque violento, de un brutal golpe en la cabeza, que le había sumido en el sopor. Pero aquello, nadie lo sabía, nadie salvo yo, que no poseo la omnisciencia. Pues el rabí no había fallecido de muerte natural. Su hora había llegado por la mano del Hombre que le había enviado a Dios. Pues, en verdad, el rabí no había fallecido de muerte natural: le habían matado. Yo le asesiné.
Pues he aquí que llega un día, inflamado como brasas, y todos los orgullosos, y todos los que cometen maldades serán como paja; y llega aquel día y los inflama, ha dicho el Eterno de los Ejércitos, y no les deja ni raíz ni rama. Nací en el año 1967 de la era cristiana, pero mi memoria tiene cinco mil años. Recuerdo los siglos pasados como si los hubiera vivido pues mi tradición los ha evocado con las palabras, los escritos y las exégesis pronunciados en el transcurso del tiempo, acumulados y añadidos uno tras otro o perdidos para siempre; pero lo que de ellos queda ahora está en mí, forma un trazo cuyo contorno lineal se dibuja con la gesta de las familias y las generaciones, y se prolonga así, de pariente en pariente, hacia la descendencia. No estoy hablando de la Historia, ese desfile de figuras inmovilizadas en cera y los sepulcrales de los museos que, en una eternidad muerta, hacen girar las páginas impávidas y gélidas de los libros de historia. Hablo de la memoria que se derrama en los recuerdos vivos y los pensamientos insumisos ante el orden cronológico, pues el orden del tiempo no conoce método ni acontecimiento, tenaces prejuicios de la ciencia, sino que es el del sentido, es decir de la existencia. La memoria encuentra su elemento en el presente, por minuciosa introspección y descomposición, descubre la ausencia y la irrealidad de su ser, pues el presente no existe, siendo sólo el enunciado directo de la cosa que pasa y, al pasar, ha pasado ya y es, por lo tanto, pasado.
En la lengua que yo hablo no hay tiempo presente para el verbo ser; para decir soy, debe emplearse un futuro o un pasado y, para iniciar mi historia en vuestra lengua, quisiera poder traducir un pretérito absoluto, no un pretérito compuesto que, en su traición, haga presente el pasado mezclando ambos tiempos. Y prefiero el pretérito indefinido que, simplemente, ha concluido ya en su unicidad y su hermosa totalidad, al igual que en sus cerradas sonoridades. Es el verdadero pasado del tiempo pasado. El presente que se analiza, como el presente que se enuncia en el pasado, se dirige hacia éste como si en él descubriese su condición, pues el pasado es, en efecto, la condición de todo. En la Biblia que leo, no hay presente, y el futuro y el pasado son casi idénticos. En cierto sentido, el pasado se expresa a través del futuro. Se dice que, para formar un tiempo pasado, se añade una letra, la vav, al tiempo futuro. Se la llama la vav conversiva. Pero esta letra significa también y. Así pues, para leer un verbo conjugado, se puede elegir entre, por ejemplo, hizo o hará. He optado siempre por la segunda solución. Creo que la Biblia se expresa sólo en futuro y que nunca hace más que anunciar acontecimientos que no tuvieron lugar, pero que ocurrirán en los próximos tiempos. Pues no hay presente, y el pasado es el futuro». In Eliette Abécassis, Qumrân, O Enigma dos Manuscritos do Mar Morto, 1996, tradução de Lúcia Mucznik, colecção Enigmas da História, 2006, Sicidea, ISBN 978-846-114-996-4; Eliette Abécassis, Qumran, 1996, tradução de Manuel Serrat Crespo, BSA, Barcelona, 1997, Círculo de Lectores, 2002, Depósito legal B. 272-51-2002, ISBN 842-266-765-7.

Cortesia de Sicidea/CLectores/JDACT

sexta-feira, 25 de dezembro de 2015

A Vida Privada de Jesus. Simcha Jacobovici e Barrie Wilson. «Esta Assenat é uma mulher atraente com opiniões próprias. É uma personalidade forte e as suas percepções e reacções relativas a José destacam-se de forma proeminente»

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Manuscrito 17202

Episódio 1: O encontro
(…) Primeiras impressões. Oração de José pela transformação de Assenat. Se esta história se refere na realidade às figuras bíblicas José e Assenat, este texto levanta logo problemas. Assenat avança rapidamente para o centro do palco, enquanto a Bíblia faz de José a figura principal. Na narrativa bíblica, José é traído pelos irmãos e vendido como escravo no Egipto. O Livro do Génesis diz-nos que os irmãos de José tinham inveja do amor do pai por ele. Afinal, como sinal do seu afecto, o patriarca Jacob dera ao filho um manto multicolorido. Na história bíblica, depois de uma série de provações, incluindo a tentação sexual e a prisão, José trabalha e é promovido até se tornar a segunda figura mais poderosa do Egipto, a seguir ao faraó. No Livro do Génesis, o faraó dá a José uma mulher egípcia, Assenat. Esta é filha de Potifera, sacerdote de On. Deste modo, pelo casamento, José entra para uma influente família de sacerdotes. Com o tempo, têm dois filhos: Manassés e Efraim. Isto é tudo o que ficamos a saber sobre Assenat no texto bíblico. É apenas mencionada e depois desaparece. O que a Bíblia nos diz é que Assenat é filha de um sacerdote egípcio, que foi dada em casamento a José e que lhe deu dois filhos. Não temos qualquer informação acerca do seu aspecto, crenças, personalidade, valores ou carácter. Não há nada que nos indique que era uma pessoa importante ou que desempenhasse um papel decisivo na história humana.
Por outro lado, José e Assenat transporta-nos de imediato para um território diferente, simultaneamente casto e sensual. Esta Assenat é uma mulher atraente com opiniões próprias. É uma personalidade forte e as suas percepções e reacções relativas a José destacam-se de forma proeminente. Os pais respeitam os seus desejos. Embora Assenat seja egípcia, é descrita como tendo as virtudes das matriarcas israelitas, comparável a Sara, Rebeca e Raquel. Os manuscritos gregos mais tardios salientam as suas características judaicas: E esta [jovem] nada tinha de semelhante às virgens dos egípcios, mas era, em todos os aspectos, semelhante às filhas dos hebreus.
Porquê a insistência nas suas qualidades judaicas? A Assenat bíblica não viveu entre israelitas. Talvez o nosso manuscrito se refira a uma mulher que viveu no meio deles? Por outro lado, no nosso documento, a impressionante propriedade do pai de Assenat é descrita em pormenor: uma casa, um jardim, muros e, o mais importante, uma torre onde Assenat vive. Estes factos, aparentemente irrelevantes, terão um significado mais profundo? Depois de alguma hesitação inicial, Assenat é atraída por José e é preparada para ser a Noiva de Deus. Esta é uma linguagem estranha a respeito de um vulgar casamento humano, se, de facto, é disso que se trata. Na Bíblia, José é hebreu, o antepassado de duas das doze tribos israelitas do mundo antigo. Pelo contrário, a linguagem que o descreve no manuscrito José e Assenat não é hebraica. Na tradição judaica, nunca nenhum ser humano seria descrito como Deus, ou uma Noiva de Deus. Neste texto, Assenat é a noiva divina [e] José é o seu noivo. Se este texto fosse judaico, esta ideia seria uma enorme blasfémia.
Como comentou Erwin Goodenough: as tradições cristãs dos primeiros séculos, tal como são recolhidas nos escritores cristãos, não referem escritos contemporâneos de um único judeu. Por outras palavras, visto do lado cristão, é improvável que José e Assenat seja um texto judaico. Nas palavras de Ross S. Kraemer, existe uma total ausência de qualquer conhecimento desta história de Assenat nas fontes judaicas primitivas. Mas, se não é judeu, é cristão? A tentativa para localizar as pessoas que escreveram este texto é decisiva para compreender o manuscrito. Precisamos de perceber a comunidade original de onde ele saiu. Portanto, examinemos como é descrito José. Para começar, o aspecto físico é traçado com muito mais pormenores do que no Génesis. Aqui, ele enverga não o manto multicolorido de um hebreu nem o vestuário de um egípcio, mas uma túnica branca e um manto púrpura, evocando os atavios de um imperador romano. Além disso, está adornado com uma coroa, e doze raios de luz emanam da sua cabeça. Tem um ceptro na mão. Dificilmente seriam pormenores acidentais. Mas o que significam? José obedece à Tora (isto é, observa as leis dos Cinco Livros de Moisés) e é sério acerca da sua religião». In Simcha Jacobovici e Barrie Wilson, A Vida Privada de Jesus, 2014, tradução

Cortesia CAutor/JDACT

quarta-feira, 9 de dezembro de 2015

A Vida Privada de Jesus. Simcha Jacobovici e Barrie Wilson. «Para fazer uma distinção clara entre o nosso comentário e a sinopse, separámos a segunda e usámos para ela um tipo de letra diferente. Eis, pois, “A História de José, o Justo, e Assenat, Sua Esposa”»

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Manuscrito 17202
«(…) Embora o documento em questão tenha sido conhecido por muitos nomes no mundo antigo, os académicos actuais referem-se-lhe sob a designação de José e Assenat. A obra é curiosa. Por um lado, o nome é terrivelmente enganador. Foi apelidado José e Assenat porque sugere que trata do antigo patriarca israelita José e da sua obscura esposa egípcia, Assenat. Segundo o livro bíblico do Génesis, estas personalidades viveram há cerca de três mil e setecentos anos, algumas gerações depois de Abraão, mas muito antes de Moisés e mil e quinhentos a mil e setecentos anos antes do nascimento de Jesus de Nazaré. Contrastando com a história bíblica de José e Assenat, o manuscrito da Biblioteca Britânica narra uma história aparentemente diferente. Trata-se de amor, sexo sagrado, política, traição e homicídio. Uma história extremamente interessante, mesmo segundo os padrões antigos. De facto, muito pouco do que está no manuscrito corresponde ao relato bíblico de José e Assenat. Não é, de modo algum, a mesma história. Existem demasiados pormenores que nos convidam, exigem mesmo, a transpor a sua camada superficial e a entrar no sentido subjacente; uma história secreta. Por outras palavras, suspeitamos fortemente de que a narrativa à superfície é na realidade uma história falsa para ocultar uma mensagem mais profunda, que faz todo o sentido, mas só no contexto dos primeiros tempos do cristianismo.

O que diz?... E o que não diz?
José e Assenat da Biblioteca Britânica constitui uma história diferente da que se encontra no Livro do Génesis. Parece usar os nomes José e Assenat como códigos, para nos dizer de forma disfarçada, uma coisa muito importante acerca da história de duas outras pessoas. Oculta sob a narrativa superficial uma mensagem mais profunda, com maior premência. Existem quatro episódios no documento. Para fazer uma distinção clara entre o nosso comentário e a sinopse, separámos a segunda e usámos para ela um tipo de letra diferente. Eis, pois, A História de José, o Justo, e Assenat, Sua Esposa, as questões que levanta e a história oculta que sugere.

Sinopse
José, o antigo patriarca israelita, está no Egipto e aproxima-se da cidade de Heliópolis. Envia mensageiros a Potifera, um sacerdote de Heliópolis e conselheiro do faraó, indicando que gostaria de almoçar com ele. Potifera tem uma filha muito bela, Assenat, uma virgem de dezoito anos que se tem afastado dos homens. José também é virgem. Embora Assenat seja egípcia, é descrita como nobre e gloriosa como Sara, bela como Rebeca e virtuosa como Raquel, a matriarca do antigo Israel. A propriedade de Potifera é descrita em pormenor. Inclui uma casa e um jardim luxuriante. E, o mais importante, contém uma torre alta. Assenat vive no andar superior da torre, com dez divisões, descritas pormenorizadamente, incluindo uma sala dedicada a uma série de divindades. É servida por sete belas virgens. Toda a propriedade é rodeada por muros e portões. Para saudar José, Assenat veste um trajo de fino linho branco e rubis. Depois coloca uma coroa na cabeça e cobre-se com véus nupciais. Os pais rejubilam ao vê-la ornada como uma Noiva de Deus. Potifera descreve José como o Poderoso de Deus e como o salvador. Continua, dizendo a Assenat que José te será dado como teu noivo para sempre. Assenat começa por desprezar José por ser estrangeiro, o filho de um pastor de Canaã, diz ela desdenhosamente, mas quando o vê muda de opinião. José chega no seu carro triunfal dourado. Veste uma túnica branca e um manto púrpura e a sua cabeça está ornada com uma coroa de ouro. Doze luminosos raios dourados, como os raios do Sol a brilhar, emanam da sua cabeça. Na mão esquerda segura um ceptro real; na direita, uma planta semelhante a um ramo de oliveira. Assenat modifica a primeira impressão desdenhosa e diz: agora vejo o sol a brilhar que emana do seu carro que chegou até nós, acrescentando que não se apercebera de que José era o Filho de Deus. José come separado dos egípcios (presumivelmente por questões relacionadas com a dieta judaica). Assenat saúda José: abençoado do Deus Supremo, a paz esteja contigo. José responde: possa o Senhor, portador da vida para todas as coisas, abençoar-te. José e Assenat são proclamados como irmão e irmã. Potifera encoraja-os a beijarem-se. Quando estão prestes a fazê-lo, José coloca a mão direita entre os seios de Assenat e diz: não está certo que um homem que venera Deus, que abençoa o Deus vivo e come o pão abençoado da vida e bebe a taça abençoada da imortalidade e da incorruptibilidade e que é ungido com o unguento perfumado da santidade tenha relações sexuais e beije uma mulher estrangeira que abençoa os mortos, ídolos ocos e come imundas comidas estranguladas e bebe a libação do embuste e foi ungida com o unguento da corrupção. Assenat fica desconcertada com esta rejeição. Vendo a dor de Assenat, José comove-se e ora. Em nome do Deus que chama as pessoas da escuridão para a luz, do erro para verdade e da morte para a vida, implora-Lhe que renove e transforme Assenat. Reza para que ela possa comer o pão eterno da vida, beber da taça abençoada e figure entre o povo de Deus e viva para sempre. Dito isto, José sai, prometendo regressar dentro de oito dias». In Simcha Jacobovici e Barrie Wilson, A Vida Privada de Jesus, 2014, tradução

Cortesia CAutor/JDACT

terça-feira, 8 de dezembro de 2015

A Vida Privada de Jesus. Simcha Jacobovici e Barrie Wilson. «… a maioria dos estudiosos situa o Evangelho de Marcos por volta do ano 70 d. C.; o de Mateus, na década de 80; o de Lucas na década de 90; e o de João será posterior ao ano 90. Estas datas baseiam-se em reconstituições históricas»

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Manuscrito 17202
«Depositado na Biblioteca Britânica, encontra-se um manuscrito datado de cerca de 570 d. C.. Foi adquirido a 11 de Novembro de 1847. O homem que o vendeu era um egípcio, Auguste Pacho, natural de Alexandria. O documento na posse de Pacho proveio do Mosteiro de São Macário, no Egipto. Fundado no século VI e situado entre o Cairo e Alexandria, no vale de Nítria, São Macário é um dos mais antigos mosteiros sírios do mundo. O manuscrito saiu do mosteiro em Julho, mas, a caminho do Reino Unido, Pacho fez uma paragem em Paris, tendo provavelmente vendido outros manuscritos às bibliotecas desta cidade. Chegou ao Reino Unido em Novembro e vendeu rapidamente o texto ao Museu Britânico, que depois o entregou à Biblioteca Britânica. O manuscrito do Mosteiro de São Macário foi arquivado com o despretensioso nome de British Library Manuscript Number 17 202. Está em siríaco, uma língua do Médio Oriente relacionada com o aramaico, o idioma de Jesus e de muitos dos seus contemporâneos. Intitulado A Volume of Records of Events Which Have Shaped the World (Um Volume de Registo de Acontecimentos Que Moldaram o Mundo), é uma colecção de textos, uma espécie de biblioteca em miniatura. Representa a tentativa de um monge do século VI de manter um registo de acontecimentos que, dada a sua importância e do seu ponto de vista, tinham abalado o mundo. Por consequência, inclui na colecção um relato da conversão do imperador Constantino ao cristianismo; uma importante história da Igreja que relata os debates acerca de Cristo; a descoberta de relíquias cristãs fundamentais do século I; e uma prova da vida eterna fornecida pela outrora famosa lenda dos Sete Adormecidos de Éfeso. Todos temas quentes no seu tempo... e para a sua comunidade de crentes.
Um dos documentos não parece enquadrar-se nesta colecção de escritos ostensivamente importantes. Recebeu o nome de The Story of Joseph the Just and Assenat his Wife (A História de José, o Justo, e de Assenat, Sua Esposa). É este que nos interessa aqui. É o nosso texto misterioso, e que constitui o alvo da investigação. A História de José, o Justo, e de Assenat, Sua Esposa não é criação do monge do século VI que a preservou. Foi traduzida para siríaco, como nos diz um anónimo escritor de cartas que apresenta a obra, a partir de uma obra grega bem mais antiga, talvez um século ou mais. Esse documento era provavelmente cópia de uma obra ainda mais antiga. Foi copiada, tal como os próprios documentos do Novo Testamento, por gerações de escribas aplicados que trabalharam arduamente para preservar esta narrativa preciosa para os futuros leitores. Este manuscrito siríaco recua na história, além dos séculos IV e III, até ao século II ou talvez ao século I d. C..
Por outras palavras, a história narrada no Manuscrito Número 17202  da Biblioteca Britânica pode vir do tempo em que Jesus ainda era vivo ou pouco depois, quando os Evangelhos canónicos que se encontram no Novo Testamento estavam a ser escritos. Não podemos ter a certeza absoluta da datação, nem a certeza da datação dos próprios Evangelhos. A este respeito, a maioria dos estudiosos situa o Evangelho de Marcos por volta do ano 70 d. C.; o de Mateus, na década de 80; o de Lucas na década de 90; e o de João será posterior ao ano 90. Estas datas baseiam-se em reconstituições históricas que têm em conta a época em que a mensagem estaria mais de acordo com o desenvolvimento do cristianismo primitivo inserido no contexto mais alargado do mundo romano. Não existem manuscritos do Novo Testamento datados do século I, portanto, não há originais. As mais antigas cópias completas dos Evangelhos que existem não são anteriores ao século IV. Em ambos os casos, o nosso manuscrito e os Evangelhos canónicos, não sabemos quem foi o autor. Tal como nos Evangelhos, no nosso manuscrito não existem datas relativas à sua autoria, nem originais datáveis com os quais possamos comparar o nosso exemplar. Só temos cópias de cópias de cópias, escritas séculos depois do original, e o rasto deixado pelo manuscrito só nos permite recuar até certo ponto. Não obstante, o nosso manuscrito é datado grosso modo da mesma época dos primeiros textos dos Evangelhos, podendo até ser anterior». In Simcha Jacobovici e Barrie Wilson, A Vida Privada de Jesus, 2014, tradução

Cortesia CAutor/JDACT 

domingo, 6 de dezembro de 2015

O Códice Secreto. Lev Grossman. «Lançou-lhe um sorriso de derreter o coração e tirou-lhe, desvanecida, o brinco da mão. Nesse momento ele reparou num pormenor que lhe escapara: uma gota de sangue, grossa e redonda, pendia trémula do lóbulo delicado da sua orelha»

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«(…) A bagagem que estava empilhada no carrinho era extravagante, de um couro verde muito escuro, com uma textura áspera e rugosa e incluía peças de todos os tamanhos e feitios imagináveis, desde pequenas maletas cúbicas, passando por gigantescos baús de porão, guarnecidos com protecções brilhantes de metal, até uma caixa de chapéus do tamanho de um tambor de bateria. Tinha um aspecto antiquado ou era vintage, ou ume copia rigorosa, evocava o tom glamoroso de um transatlântico do início do século XX, daqueles que apareciam nos antigos jornais de actualidades e serem baptizados com garrafas de champanhe no meio de tempestades silenciosas de papelinhos. Um sedan com vidros fumados esperava junto ao passeio. Todas as peças da bagagem exibiam uma etiqueta com uma única palavra, em letras maiores ou menores: Weymarshe. Edward decidiu quebrar o silêncio. Como é?, perguntou. O brinco, quero eu dizer. A mulher olhou para ele como se um shih tzu que fosse a passar tivesse subitamente falado. De prata. O fecho deve ter-se aberto. Fez uma pausa e depois acrescentou desanimada: É um Yardsdale. O homem mais velho cansou-se de esperar e ajoelhou-se também, não sem antes ter puxado para cima as pernas das calças, com o ar de alguém que e forçado a fazer uma coisa que está muito abaixo da sua dignidade. Em breve juntou-se lhes o motorista, um homem pálido, com um queixo indefinido, praticamente uma linha direita que ia do lábio inferior ao colarinho, que olhou atentamente para baixo da limusina. O porteiro acabou de meter as malas no porta-bagagem. Edward teve a sensação de que ambos partilhavam o desagrado do homem mais velho pela mulher do chapéu. Estavam aliados contra ela
Edward sentiu qualquer coisa esmagar-se sob o seu tacão direito. Retirou o pé e surgiram os restos calcados do brinco. A avaliar pelo gémeo sobrevivente, deveria ter tido a forma de uma delicada ampulheta de prata, mas agora não passava de um bocado de pechisbeque amassado, impossível de distinguir de um invólucro de pastilha elástica. Era bem feito, por o ter arrastado para aquilo, pensou ele. Levantou-se. Desculpe, disse, sem se esforçar por parecer consternado. Não o vi. Edward estendeu a mão. A mulher também se levantou, com o rosto vermelho por ter estado tanto tempo acocorada. Ele esperava uma explosão, mas em vez disso estampou-se no rosto dela a expressão de quem recebia de prenda de Natal exactamente o que desejara. Lançou-lhe um sorriso de derreter o coração e tirou-lhe, desvanecida, o brinco da mão. Nesse momento ele reparou num pormenor que lhe escapara: uma gota de sangue, grossa e redonda, pendia trémula do lóbulo delicado da sua orelha. Mesmo por baixo, no ombro do vestido, via-se mais um pingo de sangue. Olha, Peter! Ele deu completamente cabo do brinco! Voltou-se alegremente para o marido, que sacudia das mangas uma poeira invisível. Bem, pelo menos podias fingir que estavas interessado. Ele olhou para os destroços que ela segurava na mão. É verdade, muito lindo. E assim retomaram as aparências. A mulher revirou os olhos para Edward, com uma expressão conspirativa, depois dirigiu-se para o carro. O motorista de queixo inexistente abriu a porta e ela entrou para o banco de trás. Bem, de qualquer modo, muito obrigada, disse a Edward, das profundidades do sedan. O motorista lançou a Edward um olhar de advertência, como para dizer: e já está, não vais levar mais nada, e a limusina afastou-se na curva, com um chiar de pneus curto e agudo. Seriam gente famosa? Deveria tê-los reconhecido? Um pequeno triângulo de cor creme do vestido da mulher ficara preso na porta quando esta se fechou e abanava freneticamente ao vento. Edward apontou e tentou gritar-lhes qualquer coisa, depois desistiu. De que é que servia? Quando o carro fez a curva para Park Avenue, sempre a acelerar, Edward observou-o a afastar-se, com uma vaga sensação de alívio. No entanto, sentia igualmente uma ponta de desilusão tardia, o mesmo que a Alice poderia ter sentido se tivesse tomado a decisão sensata e prudente, mas muito chata, de não seguir o Coelho Branco pela toca dentro.
Abanou a cabeça e voltou a concentrar-se na situação presente. Estava oficialmente de férias, duas semanas livres e sem nada que fazer, antes de ocupar o seu lugar no escritório de Londres, mas tinha ainda aceitado visitar um cliente antes de partir. Era um casal colossalmente rico, e Edward tinha contribuído modestamente para os tornar ainda mais ricos, através de um negócio altamente elaborado que ele tinha orquestrado e que envolvia investimentos no mercado da prata, uma cadeia de quintas onde eram apuradas raças de cavalos e uma enorme e enormemente subavaliada companhia de seguros de aviação. A organização da operação tinha-lhe ocupado várias semanas, com uma investigação aborrecidíssima e esgotante, mas quando por fim colocou todos os elementos em acção, funcionara tudo na perfeição, como a dança das cadeiras, mas ao contrário; quando a música parou, todas as outras pessoas ficaram sentadas em posições desconfortáveis, enquanto ele ficava de pé, livre para se retirar, com uma quantidade impressionante de dinheiro Ele nem sequer conhecia os clientes, não sabia que eles sabiam quem ele era, mas, segundo parecia, o patrão tinha-lhes dado o seu nome, provavelmente tinham-lhe perguntado quem era o jovem promissor que lhes dera a ganhar todo aquele dinheiro e era por isso que tinham solicitado a sua presença naquele dia. Tinha recebido instruções para os manter satisfeitos, custasse o que custasse, Na altura, protestara, para que é que servia começar uma relação nova com um cliente, no momento preciso em que se preparava para partir?, mas agora verificava com um certo mal-estar que se encontrava num estado de quase ansiedade». In Lev Grossman, O Códice Secreto, 2004, tradução de Maria Colares, Editorial Presença, 2005, Edição Sicidea, colecção Enigmas da História, 2006, DLegal B-54693-2006.
                 
Cortesia de Sicidea/JDACT

sexta-feira, 27 de novembro de 2015

O Códice Secreto. Lev Grossman.«Uma equipa de operários vestindo fatos-macaco trabalhava arduamente para fazer descer um piano vertical branco por um lance de escadas até um apartamento na cave. Distraído a vê-los debaterem-se com o piano…»

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«Edward Wozny ficou parado, a olhar cie olhos semicerrados para o Sol, dificultando a passagem da multidão que se deslocava em ambas as direcções. Estava um dia quente e luminoso. Ele tinha vestido um fato cinzento, caro, feito por medida, e teve de rebuscar no que pareciam ser dúzias de pequenos bolsos exteriores e interiores, de vários tamanhos e feitios, até conseguir encontrar o bocado de papel que procurava. Virou-o nas mãos. Era de uma forma vagamente triangular, com um ângulo cortado a direito e outro rasgado, o canto de uma fotocópia recuperada do cesto de papel para reciclagem, no escritório. De um dos lados havia um fragmento de um memorando fotocopiado que começava com …na medida em que todos os participantes de qualquer fundo de capital… do outro lado estava escrito um nome e uma morada, a esferográfica azul. Dobrou-o cuidadosamente ao meio e voltou a guardá-lo no pequeno bolso-dentro-do bolso onde o tinha encontrado.
Edward olhou para o relógio e começou a subir a Madison Avenue, passando por cima de um sinal de estacionamento proibido arrancado do cimento, que jazia no passeio. Em frente da loja de vinhos da esquina, um homem regava com uma mangueira tabuleiros de couves, alfaces e beterrabas, enchendo o ar com um cheiro a hortaliça, fresco e húmido. Um delta formado por pequenos regatos dispersos e brilhantes corria para a valeta. Edward passou entre eles, contrariado, e virou a esquina para a 84 Avenida. Sentia-se bem, ou pelo menos estava a fazer os possíveis por se sentir bem. Estava de férias, a sua primeira folga desde que começara a trabalhar, há quatro anos, e já se tinha esquecido de como era. Estava livre para ir para onde quisesse, quando quisesse e, quando lá chegasse, podia fazer o que muito bem lhe apetecesse. Pensou que iria gostar da sensação, mas agora sentia-se indeciso e desorientado. Não sabia o que fazer consigo próprio, naquele interregno vazio e sem programa.
Na véspera, era um bancário do mercado de investimentos de Nova Iorque, muito empreendedor e muito bem remunerado e dentro de duas semanas seria um bancário do mercado de investimentos de Londres, muito empreendedor e muito bem remunerado. Neste momento era apenas Edward Wozny e não tinha bem a certeza do que isso significava. Trabalhar era a única coisa que sabia fazer e era a única coisa que se lembrava de jamais ter feito. O que é que as pessoas fariam quando não estavam a trabalhar? Jogavam? Quais eram as regras? E o que é que se ganhava? Suspirou e encolheu os ombros. Estava num quarteirão tranquilo, ladeado de casas luxuosas, construídas em pedra calcária. Uma das fachadas estava completamente coberta por uma única trepadeira fantástica, grossa como uma árvore e retorcida como uma corda. Uma equipa de operários vestindo fatos-macaco trabalhava arduamente para fazer descer um piano vertical branco por um lance de escadas até um apartamento na cave. Distraído a vê-los debaterem-se com o piano, Edward quase tropeçou numa mulher que estava acocorada no passeio.
Para tua informação, se estás a pensar em usar essa palavra comigo, disse ela rispidamente, é melhor que saibas o que significa. A mulher estava agachada sobre os quadris, com o vestido muito esticado entre as coxas, uma mão no chão para se equilibrar como um corredor a preparar-se para a partida. Um chapéu de aba larga, creme, encobria-lhe o rosto. Uns metros atrás, um homem de cabelos brancos, com um rosto afiado como uma faca (marido? pai?) esperava, ao lado de um carrinho cheio de baús e malas. Tinha as mãos cruzadas atrás das costas. Não sejas criança, respondeu ele. Ah, então agora sou criança? É isso que pensas?, retorquiu ela, exaltada. A sua pronúncia oscilava entre o inglês e o escocês. É verdade, é isso mesmo que tu és. A mulher levantou os olhos para Edward. Era mais velha do que ele, talvez trinta e cinco ou quarenta anos, a sua pele era clara e o cabelo negro, ondulado, de uma beleza que há muito tinha passado de moda, como uma rapariga de um filme mudo. Ele distinguia o contorno pálido dos seus seios aprisionados na renda branca do sutiã. Edward detestava este tipo de exibição em público, era como virar uma esquina e encontrar-se directamente dentro do quarto de alguém, e tentou passar pela mulher discretamente, mas os olhos dela fixaram os seus, antes que ele pudesse escapar. E você? Vai ficar aí, a olhar para o decote do meu vestido, ou vai ajudar-me a procurar o brinco?
Ele parou. Durante um momento crítico, não lhe ocorreu uma resposta simples e diplomática. Qualquer coisa servia, uma recusa elegante, uma boa saída com uma certa decência, um silêncio desdenhoso, mas bloqueou. Com certeza, murmurou. Lenta e desajeitadamente, acocorou-se ao lado da mulher. Ela retomou a troca de palavras com o companheiro (o marido, decidiu Edward) como se nada os tivesse interrompido. Pois bem, atirou ela, prefiro ser infantil, do que um velho rubicundo! Edward franziu o sobrolho, examinando o passeio de cimento reluzente e fingindo ter ficado subitamente surdo. Ele tinha aonde ir e os seus próprios assuntos para tratar. No entanto, não pôde deixar de reparar que o casal estava impecavelmente vestido. Edward tinha uma aptidão profissional para avaliar rendimentos e ali cheirava-lhe a dinheiro. O homem envergara um fato de Verão, de flanela, feito por medida e de excelente corte, e a mulher um vestido leve e elegante, de cor creme a condizer com o chapéu Ele era magro, um bocado estragado e tinha uma densa cabeleira branca: a sua pele era de um tom um pouco avermelhado, como se tivesse acabado de chegar de uma temporada nos trópicos». In Lev Grossman, O Códice Secreto, 2004, tradução de Maria Colares, Editorial Presença, 2005, Edição Sicidea, 2006, DLegal B-54693-2006.
                     
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