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quinta-feira, 29 de maio de 2014

La Tribuna. Emilia Pardo Barzán. «De qué le había servido tanto romper el cuerpo cuando era joven? De verse ahora tullida. Ay, no se sabe lo que es la salud hasta después de que se pierde!, exclamaba sentenciosamente…»

Cortesia de wikipedia

Barquillos. Padre y madre
«(…) Tres años antes, la imposibilitada estaba sana y robusta y ganaba su vida en la Fábrica de Tabacos. Una noche de invierno fue a jabonar ropa blanca al lavadero público, sudó, volvió desabrigada y despertó tullida de las caderas. - Un aire, señor,decía ella al médico. Quedose reducida la familia a lo que trabajase el señor Rosendo: el real diario que del fondo de Hermanda de la Fábrica recibía la enferma no llegaba a medio diente. Y la chiquilla crecía, y comía pan y rompía zapatos, y no había quien la sujetase a coser ni a otro género de tareas. Mientras su padre no se marchaba, el miedo a un pasagonzalo sacudido con el cargador la tenía quieta ensartando y colocando barquillos; pero apenas el viejo se terciaba la correa del tubo, sentía Amparo en las piernas un hormigueo, un bullir de la sangre, una impaciencia como si le naciesen alas a miles en los talones. La calle era su paraíso. El gentío la enamoraba, los codazos y enviones la halagaban cual si fuesen caricias, la música militar penetraba en todo su ser produciéndole escalofríos de entusiasmo. Pasábase horas y horas correteando sin objeto al través de la ciudad, y volvía a casa con los pies descalzos y manchados de lodo, la saya en jirones, hecha una sopa, mocosa, despeinada, perdida, y rebosando dicha y salud por los poros de su cuerpo. A fuerza de filípicas maternales corría una escoba por el piso, sazonaba el caldo, traía una herrada de agua; en seguida, con rapidez de ave, se evadía de la jaula y tornaba a su libre vagancia por calles y callejones.
De tales instintos erráticos tendría no poca culpa la vida que forzosamente hizo la chiquilla mientras su madre asistió a la Fábrica. Sola en casa con su padre, apenas este salía, ella le imitaba por no quedarse metida entre cuatro paredes: vaya, y que no eran tan alegres para que nadie se embelesase mirándolas. La cocina, oscura y angosta, parecía una espelunca, y encima del fogón relucían siniestramente las últimas brasas de la moribunda hoguera. En el patín, si es verdad que se veía claro, no consolaba mucho los ojos el aspecto de un montón de cal y residuos de albañilería, mezclados con cascos de loza, tarteras rotas, un molinillo inservible, dos o três guiñapos viejos y un innoble zapato que se reía a carcajadas. Casi más lastimoso era el espectáculo de la alcoba matrimonial: la cama en desorden, porque la salida precipitada a la Fábrica no permitía hacerla; los cobertores color de hospital, que no bastaba a encubrir una colcha rabicorta; la vela de sebo, goteando tristemente a lo largo de la palmatoria de latón veteada de cardenillo; la palangana puesta en una silla y henchida de agua jabonosa y grasienta; en resumen, la historia de la pobreza y de la incuria narrada en prosa por una multitud de objetos feos, y que la chiquilla comprendía intuitivamente; pues hay quien sin haber nacido entre sedas y holandas, presume y adivina todas aquellas comodidades y deleites que jamas gozó. Así es que Amparo huía, huía de sus lares camino de la Fábrica, llevando a su madre, en una fiambrera, el bazuqueante caldo; pero, soltando a lo mejor la carga, poníase a jugar al corro, a San Severín, a la viudita, a cualquier cosa, con las damiselas de su edad y pelaje.
Cuando la madre se vio encamada quiso imponer a la hija el trabajo sedentario: era tarde. La planta rústica no se sujetaba ya al espaller. Amparo había ido a la escuela en sus primeros años, años de relativa prosperidade para la familia, sucediéndole lo que a la mayor parte de las niñas pobres, que al poco tiempo se cansan sus padres de enviarlas y ellas de asistir, y se quedan sin más habilidad que la lectura, cuando son listas, y unos rudimentos de escritura. De aguja apenas sabía Amparo nada. La madre se resignó con la esperanza de
colocarla en la Fábrica. Que trabaje, decía, como yo trabajé. Y al murmurar esta sentencia suspiraba, recordando treinta años de incesante afán. Ahora su carne y sus molidos huesos se tendían gustosamente en la cama, donde reposaba tumbada panza arriba ínterin sudaban otros para mantenerla. Que sudasen! Dominada por el terrible egoísmo que suele atacar a los viejos cuya mocedad fue laboriosa, la impedida hizo del potro de dolor quinta de recreo. Lo que es allí ya podían venir penas; lo que es allí a buen seguro que la molestase el calor ni el frío. Que era preciso lavar la ropa? Bueno, ella no tenía que levantarse a jabonarla, le había costado bien caro una vez. Que estaba sucio el piso? Ya lo barrerían, y si no, por ella, aunque en todo el año no se barriese.... De qué le había servido tanto romper el cuerpo cuando era joven? De verse ahora tullida. Ay, no se sabe lo que es la salud hasta después de que se pierde!, exclamaba sentenciosamente, sobre todo los días en que el dolor artrítico le atarazaba las junturas. Otras veces, jactanciosa como todo inválido, decía a su hija: Sácateme de delante, que irrita el verte; de tu edad era yo una loba que daba en un cuarto de hora vuelta a una casa». In Emilia Pardo Barzán, La Tribuna, Alfredo de Carlos, Madrid 1883, The Project Gutenberg eBook, 2006, ISSO 8859-1.

Cortesia de PGeBook/JDACT

sábado, 19 de abril de 2014

Los Pazos de Ulloa. Emilia Pardo Bazán. «Qué país de lobos! - dijo para sí, tétricamente impresionado. Alegrósele el alma con la vista del atajo, que a su derecha se columbraba, estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra, límite de dos montes…»

Cortesia de wikipedia

Tomo I
«Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas sus fuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes y mansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trote cochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancos desigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repecho del camino real de Santiago a Orense en términos que los viandantes, al pasarlo, sacudían la cabeza murmurando que tenía bastante más declive del no sé cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda al llevar la carretera en semejante dirección, ya sabrían los ingenieros lo que se pescaban, y alguna quinta de personaje político, alguna influencia electoral de grueso calibre debía andar cerca. Iba el jinete colorado, no como un pimiento, sino como una fresa, encendimiento propio de personas linfáticas. Por ser joven y de miembros delicados, y por no tener pelo de barba, pareciera un niño, a no desmentir la presunción sus trazas sacerdotales. Aunque cubierto de amarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que el traje del mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad y poca gracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas por clérigos. Los guantes, despellejados ya por la tosca brida, eran asimismo negros y nuevecitos, igual que el hongo, que llevaba calado hasta las cejas, por temor a que los zarandeos de la trotada se lo hiciesen saltar al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo. Bajo el cuello del desairado levitín asomaba un dedo de alzacuello, bordado de cuentas de abalorio.
Demostraba el jinete escasa maestría hípica: inclinado sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos de salir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo al cuartago como si fuese algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos. Al acabarse el repecho, volvió el jaco a la sosegada andadura habitual, y pudo el jinete enderezarse sobre el aparejo redondo, cuya anchura inconmensurable le había descoyuntado los huesos todos de la región sacro-ilíaca. Respiró, quitóse el sombrero y recibió en la frente sudorosa el aire frío de la tarde. Caían ya oblicuamente los rayos del sol en los zarzales y setos, y un peón caminero, en mangas de camisa, pues tenía su chaqueta colocada sobre un mojón de granito, daba lánguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al borde de la cuneta. Tiró el jinete del ramal para detener a su cabalgadura, y ésta, que se había dejado en la cuesta abajo las ganas de trotar, paró inmediatamente. El peón alzó la cabeza, y la placa dorada de su sombrero relució un instante.
-Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho para la casa del señor marqués de Ulloa? - Para los Pazos de Ulloa? - contestó el peón repitiendo la pregunta. - Eso es. - Los Pazos de Ulloa están allí, murmuró extendiendo la mano para señalar a un punto en el horizonte.- Si la bestia anda bien, el camino que queda pronto se pasa... Ahora tiene que seguir hasta aquel pinar ve? y luego le cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a mano derecha por un atajito, hasta el crucero... En el crucero ya no tiene pérdida, porque se ven los Pazos, una construcción muy grandísima... - Pero... como cuánto faltará? - preguntó con inquietud el clérigo. Meneó el peón la tostada cabeza. - Un bocadito, un bocadito... Y sin más explicaciones, emprendió otra vez su desmayada faena, manejando el azadón lo mismo que si pesase cuatro arrobas.
Se resignó el viajero a continuar ignorando las leguas de que se compone un bocadito, y taloneó al rocín. El pinar no estaba muy distante, y por el centro de su sombría masa serpeaba una trocha angostísima, en la cual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado en las oscuras profundidades del pinar, era casi impracticable; pero el jaco, que no desmentía las aptitudes especiales de la raza caballar gallega para andar por mal piso, avanzaba con suma precaución, cabizbajo, tanteando con el casco, para sortear cautelosamente las zanjas producidas por la llanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino cortados y atravesados donde hacían menos falta. Adelantaban poco a poco, y ya salían de las estrecheces a senda más desahogada, abierta entre pinos nuevos y montes poblados de aliaga, sin haber tropezado con una sola heredad labradía, un plantío de coles que revelase la vida humana. De pronto los cascos del caballo cesaron de resonar y se hundieron en blanda alfombra: era una camada de estiércol vegetal, tendida, según costumbre del país, ante la casucha de un labrador. A la puerta una mujer daba de mamar a una criatura. El jinete se detuvo. - Señora, sabe si voy bien para la casa del marqués de Ulloa? - Va bien, va... Y... falta mucho? Enarcamiento de cejas, mirada entre apática y curiosa, respuesta ambigua en dialecto: - La carrerita de un can... Estamos frescos!, pensó el viajero, que si no acertaba a calcular lo que anda un can en una carrera, barruntaba que debe ser bastante para un caballo. En fin, en llegando al crucero vería los Pazos de Ulloa... Todo se le volvía buscar el atajo, a la derecha... Ni señales. La vereda, ensanchándose, se internaba por tierra montañosa, salpicada de manchones de robledal y algún que otro castaño todavía cargado de fruta: a derecha e izquierda, matorrales de brezo crecían desparramados y oscuros. Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en quien, nacido y criado en un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por vez primera frente a frente com la ruda y majestuosa soledad de la naturaleza, y recuerda historias de viajeros robados, de gentes asesinadas en sitios desiertos.
-Qué país de lobos! - dijo para sí, tétricamente impresionado. Alegrósele el alma con la vista del atajo, que a su derecha se columbraba, estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra, límite de dos montes. Bajaba fiándose en la maña del jaco para evitar tropezones, cuando divisó casi al alcance de su mano algo que le hizo estremecerse: una cruz de madera, pintada de negro con filetes blancos, medio caída ya sobre el murallón que la sustentaba. El clérigo sabía que estas cruces señalan el lugar donde un hombre pereció de muerte violenta; y, persignándose, rezó un padrenuestro, mientras el caballo, sin duda por olfatear el rastro de algún zorro, temblaba levemente empinando las orejas, y adoptaba un trotecillo medroso que en breve le condujo a una encrucijada. Entre el marco que le formaban las ramas de un castaño colosal, erguíase el crucero.
Tosco, de piedra común, tan mal labrado que a primera vista parecía monumento románico, por más que en realidad sólo contaba un siglo de fecha, siendo obra de algún cantero con pujos de escultor, el crucero, en tal sitio y a tal hora, y bajo el dosel natural del magnífico árbol, era poético y hermoso. El jinete, tranquilizado y lleno de devoción, pronunció descubriéndose: Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, pues por tu Santísima Cruz redimiste al mundo, y de paso que rezaba, su mirada buscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían ser aquel gran edificio cuadrilongo, con torres, allá en el fondo del valle. Poco duró la contemplación, y a punto estuvo el clérigo de besar la tierra, merced a la huida que pegó el rocín, con las orejas enhiestas, loco de terror. El caso no era para menos: a cortísima distancia habían retumbado dos tiros. Quedóse el jinete frío de espanto, agarrado al arzón, sin atreverse ni a registrar la maleza para averiguar dónde estarían ocultos los agresores; mas su angustia fue corta, porque ya del ribazo situado a espaldas del crucero descendía un grupo de tres hombres, antecedido por otros tantos canes perdigueros, cuya presencia bastaba para demostrar que las escopetas de sus amos no amenazaban sino a las alimañas monteses». In Emilia Pardo Bazán, Los Pazos de Ulloa, The Project Gutenberg eBook, Wikipédia, Libro dot.

Cortesia de Wikipedia/JDACT

La Tribuna. Emilia Pardo Barzán. «Así que todo estuvo arreglado, metiose en el cuchitril, donde consagró a su aliño personal “seis minutos y medio”, repartidos como sigue: ‘un minuto’ para calzarse los zapatos de becerro, pues todavía estaba descalza; ‘dos’ para echarse un refajo de bayeta y un vestido de tartán; ‘un minuto’ para pasarse la punta…»

Cortesia de wikipedia

Barquillos
«(…) A las nueve muy largas, cuando cerca de cinco mil barquillos reposaban en el tubo, todavía el padre y la hija no habían cruzado palabra. Montones de brasa y ceniza rodeaban la hoguera, renovada dos o tres veces. La niña suspiraba de calor, el viejo sacudía frecuentemente la mano derecha, medio asada ya. Por fin, la muchacha profirió: -Tengo hambre. Volvió el padre la cabeza, y con expresivo arqueamiento de cejas indicó un anaquel del vasar. Encaramose la chiquilla trepando sobre la artesa, y bajó un mediano trozo de pan de mixtura, en el cual hincó el diente com buen ánimo. Aún rebuscaba en su falda las migajas sobrantes para aprovecharlas, cuando se oyeron crujidos de catre, carraspeos, los ruidos característicos del despertar de una persona, y una voz entre quejumbrosa y despótica llamó desde la alcoba cercana al portal: - Amparo! Se levantó la niña y acudió al llamamiento, resonando de allí a poco rato su hablar. -Afiáncese, señora... así... cárguese más... aguarde que le voy a batir este jergón... (Y aquí se escuchó una gran sinfonía de hojas de maíz, un sirrisssch... prolongado y armonioso). La voz mandona dijo opacamente algo, y la infantil contestó: -Ya la voy a poner a la lumbre, ahora mismito.... Tendrá por ahí el azúcar? Y respondiendo a una interpelación altamente ofensiva para su dignidad, gritó la chiquilla: - Y piensa que.... Aunque fuera oro puro! Lo escondería usted misma.... Ahí está, detrás de la funda... lo ve?
Salió con una escudilla desportillada en la mano, llena de morena melaza, y arrimando al fuego un pucherito donde estaba ya la cascarilla, le añadió en debidas proporciones azúcar y leche, y volviose al cuarto del portal con una taza humeante y colmada a reverter. En el fondo del cacharro quedaba como cosa de otra taza. El barquillero se enderezó llevándose las manos a la región lumbar, y sobriamente, sin concupiscencia, se desayunó bebiendo las sobras por el puchero mismo. Enjugó después su frente regada de sudor con la manga de la camisa, entró a su vez en el cuarto próximo; y al volver a presentarse, vestido con pantalón y chaqueta de paño pardo, se terció a las espaldas la caja de hoja de lata y se echó a la calle. Amparo, cubriendo la brasa con ceniza, juntaba en una cazuela berzas, patatas, una corteza de tocino, un hueso rancio de cerdo, cumpliendo el deber de condimentar el caldo del humilde menaje. Así que todo estuvo arreglado, metiose en el cuchitril, donde consagró a su aliño personal seis minutos y medio, repartidos como sigue: un minuto para calzarse los zapatos de becerro, pues todavía estaba descalza; dos para echarse un refajo de bayeta y un vestido de tartán; un minuto para pasarse la punta de un paño húmedo por ojos y boca (más allá no alcanzó el aseo); dos minutos para escardar con un peine desdentado la revuelta y rizosa crencha, y medio para tocarse al cuello un pañolito de indiana. Hecho lo cual, se presentó más oronda que una princesa a la persona encamada a quien había llevado el desayuno. Era esta una mujer de edad madura, agujereada como una espumadera por las viruelas, chata de frente, de ojos chicos. Viendo a la chiquilla vestida se escandalizó: a dónde iría ahora semejante vagabunda? - A misa, señora, que es domingo.... Qué volver con noche ni con noche? Siempre vine con día, siempre.... Una vez de cada mil! Queda el caldo preparadito al fuego.... Vaya, abur. Y se lanzó a la calle con la impetuosidad y brío de un cohete bien disparado». In Emilia Pardo Barzán, La Tribuna, Alfredo de Carlos, Madrid 1883, The Project Gutenberg eBook, 2006, ISSO 8859-1.

Cortesia de PGeBook/JDACT

quinta-feira, 10 de abril de 2014

La Tribuna. Emilia Pardo Barzán. «Instalose el señor Rosendo en su alto trípode de madera ante la llama chisporroteadora y crepitante ya, y metiendo en el fuego las magnas tenazas, dio principio a la operación. Tenía a su derecha el barreño del amohado, en el cual mojaba el cargador»

Cortesia de wikipedia

Barquillos
«Comenzaba a amanecer, pero las primeras y vagas luces del alba a duras penas lograban colarse por las tortuosas curvas de la calle de los Gastros, cuando el señor Rosendo, el barquillero que disfrutaba de más parroquia y popularidad en Marineda, se asomó, abriendo a bostezos, a la puerta de su mezquino cuarto bajo. Vestía el madrugador un desteñido pantalón grancé, reliquia bélica, y estaba en mangas de camisa. Miró al poco cielo que blanqueaba por entre los tejados, y se volvió a su cocinilla, encendiendo un candil y colgándolo del estribadero de la chimenea. Trajo del portal un brazado de astillas de pino, y sobre la piedra del fogón las dispuso artísticamente en pirámide, cebada por su base con virutas, a fin de conseguir una hoguera intensa y flameante. Tomó del vasar un tarterón, en el cual vació cucuruchos de harina y azúcar, derramó agua, cascó huevos y espolvoreó canela. Terminadas estas operaciones preliminares, estremeciose de frío, porque la puerta había quedado de par en par, sin que en cerrarla pensase y descargó en el tabique dos formidables puñadas.
Al punto salió rápidamente del dormitorio o cuchitril contiguo una mozuela de hasta trece años, desgreñada, con el cierto andar de quien acaba de despertarse bruscamente, sin más atavíos que una enagua de lienzo y un justillo de dril, que adhería a su busto, anguloso aún, la camisa de estopa. Ni miró la muchacha al señor Rosendo, ni le dio los buenos días; atontada con el sueño y herida por el fresco matinal que le mordía la epidermis, fue a dejarse caer en una silleta, y mientras el barquillero encendía estrepitosamente fósforos y los aplicaba a las virutas, la chiquilla se puso a frotar con una piel de gamuza el enorme cañuto de hojalata donde se almacenaban los barquillos.
Instalose el señor Rosendo en su alto trípode de madera ante la llama chisporroteadora y crepitante ya, y metiendo en el fuego las magnas tenazas, dio principio a la operación. Tenía a su derecha el barreño del amohado, en el cual mojaba el cargador, especie de palillo grueso; y extendiendo una leve capa de líquido sobre la cara interior de los candentes hierros, apresurábase a envolverla en el molde con su dedo pulgar, que a fuerza de repetir este acto se había convertido en una callosidad tostada, sin uña, sin yema y sin forma casi. Los barquillos, dorados y tibios, caían en el regazo de la muchacha, que los iba introduciendo unos en otros a guisa de tubos de catalejo, y colocándolos simétricamente en el fondo del cañuto; labor que se ejecutaba en silencio, sin que se oyese más rumor que el crujir de la leña, el rítmico chirrido de las tenazas al abrir y cerrar sus fauces de hierro, el seco choque de los crocantes barquillos al tropezarse, y el silbo del amohado al evaporar su humedad sobre la ardiente placa. La luz del candil y los reflejos de la lumbre arrancaban destelos a la hojalata limpia, al barro vidriado de las cazuelas del vasar, y la temperatura se suavizaba, se elevaba, hasta el extremo de que el señor Rosendo se quitase la gorra con visera de hule, descubriendo la calva sudorosa, y la niña echase atrás con el dorso de la mano sus indómitas guedejas que la sofocaban.
Entre tanto, el sol, campante ya en los cielos, se empeñaba en cernir alguna claridad al través de los vidrios verdosos y puercos del ventanillo que tenía obligación de alumbrar la cocina. Sacudía el sueño la calle de los Castros, y mujeres en trenza y en cabello, cuando no en refajo y chancletas, pasaban apresuradas, cuál en busca de agua, cuál a comprar provisiones a los vecinos mercados; oíanse llantos de chiquillos, ladridos de perros; una gallina cloqueó; el canario de la barbería de enfrente redobló trinando como un loco. De tiempo en tiempo la niña del barquillero lanzaba codiciosas ojeadas a la calle. Cuándo sería Dios servido de disponer que ella abandonase la dura silla, y pudiese asomarse a la puerta, que no es mucho pedir! Pronto darían las nueve, y de los seis mil barquillos que admitía la caja sólo estaban hechos cuatro mil y pico. Y la muchacha se desperezó maquinalmente. Es que desde algunos meses acá bien poco le lucía el trabajo a su padre. Antes despachaba más.
El que viese aquellos cañutos dorados, ligeros y deleznables como las ilusiones de la niñez, no podía figurarse el trabajo ímprobo que representaba su elaboración. Mejor fuera manejar la azada o el pico que abrir y cerrar sin tregua las tenazas abrasadoras, que además de quemar los dedos, la mano y el brazo, cansaban dolorosamente los músculos del hombro y del cuello. La mirada, siempre fija en la llama, se fatigaba; la vista disminuía; el espinazo, encorvado de continuo, llevaba, a puros esguinces, la cuenta de los barquillos que salían del molde. Y ningún día de descanso! No pueden los barquillos hacerse de víspera; si han de gustar a la gente menuda y golosa, conviene que sean fresquitos. Un nada de humedad los reblandece. Es preciso pasarse la mañana, y a veces la noche, en fabricarlos, la tarde en vocearlos y venderlos. En verano, si la estación es buena y se despacha mucho y se saca pingüe jornal, también hay que estarse las horas caniculares, las horas perezosas, derritiendo el alma sobre aquel fuego, sudando el quilo, preparando provisión doble de barquillos para la venta pública y para los cafés. Y no era que el señor Rosendo estuviese mal con su oficio; nada de eso; artistas habría orgullosos de su destreza, pero tanto como él, ninguno. Por más que los años le iban venciendo, aún se jactaba de llenar en menos tiempo que nadie el tubo de hojalata. No ignoraba primor alguno de los concernientes a su profesión; barquillos anchos y finos como seda para rellenar de huevos hilados, barquillos recios y estrechos para el agua de limón y el sorbete, hostias para las confiterías,y no las hacía para las iglesias por falta de molde que tuviese una cruz, flores, hojuelas y orejas de fraile en Carnaval, buñuelos en todo tiempo.... Pero nunca lo tenía de lucir estas habilidades accesorias, porque los barquillos de diario eran absorbentes. Bah!, en consiguiendo vivir y mantener la familia....» In Emilia Pardo Barzán, La Tribuna, Alfredo de Carlos, Madrid 1883, The Project Gutenberg eBook, 2006, ISSO 8859-1.



Cortesia de PGeBook/JDACT

La Cuestión Palpitante. Emilia Pardo Bazán. «… sin renegar de ellos, puede el espíritu ir cambiando suavemente su primitiva orientación, en busca de horizontes cada vez más anchos, de mayor armonía y totalidad artística y humana. Completarse sin desmentirse, es tal vez el ideal del pensamento»

(1851-1921
La Coruña
Cortesia de wikipedia

«Debe de ser muy parecida la impresión que produce el reeditar un libro hace tiempo agotado -sobre todo un libro como éste, de tan viva polémica,al sentimiento que se despierta en el alma cuando abrimos un cajón atestado de correspondencia antigua, donde yacen apagados y mudos los viejos afectos, los viejos intereses y las viejas tribulaciones. Con melancólica sorpresa escarbamos en las cenizas, releemos carillas y más carillas, y el pasado renace una hora. Cuán bien discernimos entonces los yerros ajenos y propios! Cuán disculpable engreimiento nos domina al advertir quizás que no en todo errábamos, que por ventura la experiencia de hoy corrobora las previsiones de ayer! Al repasar las hojas de La Cuestión Palpitante, antes de resolverme a reimprimirla al frente de mis Obras completas, noto más deficiencias en la composición del libro que diferencia entre mis ideas estéticas de entonces y las de ahora. Si intentase corregir o refundir, tendría que añadir mucho, sin variar esencialmente nada. Como que en realidad, la discutida, combatida, asendereada y perdóneseme la afirmación leidísima Cuestión Palpitante, no fue catecismo de una escuela, según erradamente creyeron los que la vieron con ojos maliciosos o descuidados, sino exposición de teorías que aquí se habían entendido al revés, con saña y reprobación tan antiliterarias como ciegas, y ensayo de crítica de esas mismas teorías, sin pasión ni dogmatismo. Hoy, que se há serenado el cielo, cualquiera que se tome el trabajo de repasar las hojas de mi libro verá que no es tal Biblia del naturalismo (así le llamaba, en chanza probablemente, cierto sapientísimo historiador), sino una tentativa de sincretismo, tan batalladora en la forma como serena y tolerante en el fondo.
No diré que no se hayan modificado poco ni mucho mis ideas estéticas desde 1882, fecha en que insertaba La Época mis artículos titulados La Cuestión Palpitante. Se han modificado, o, mejor dicho, han devenido, de un modo tan orgánico y natural como el fruto sobre el árbol. La raíz y tronco no podían mudar ni mejorar: lo afirmo, precisamente porque estos principios inmutables e inmejorables en que se basa mi estética, ni me pertenecen ni pertenecen a nadie en propiedad exclusiva: son a la crítica lo que el método experimental a la ciencia: el fundamento, la base, el báculo para caminar y no caerse: desde ellos se puede lanzar el juicio a otras regiones; sin ellos no se va a ninguna parte. Y por su misma fecundísima amplitud es por lo que, sin renegar de ellos, puede el espíritu ir cambiando suavemente su primitiva orientación, en busca de horizontes cada vez más anchos, de mayor armonía y totalidad artística y humana. Completarse sin desmentirse, es tal vez el ideal del pensamiento.
Sobre todo lo que aquí indico en cifra, y sobre otros diversos puntos de vista que me sugiere La Cuestión Palpitante releída hoy, podría yo, claro está, intercalar disertaciones que cuadruplicasen el texto primitivo, y refundir y variar éste, hasta dejarlo como nuevo. Podría también llenar vacíos, que reconozco y lamento, y extenderme en completar el boceto ligerísimo que tracé de la novela europea. La omisión más evidente en La Cuestión Palpitante es la de la novela rusa: omisión doblemente perjudicial, porque no es sólo laguna en la erudición, sino algo peor, supresión de un lado entero de la cuestión misma, que completa, repara, ensancha, rectifica, explica el otro, representado por la novela francesa, y único a que en el presente libro atendí. Verdad es que, si mío fue el agravio, el desagravio mío fue también. Era en España la moderna novela rusa, de tan profundo sentido y capital importancia, mucho más desconocida en 1887 que la francesa en 1882, cuando me arrojé a exponer en el Ateneo su desarrollo, carácter y significación, logrando por primera vez allí y en la prensa alguna resonancia los nombres exóticos de Gogol, Tolstoy, Dostoyeuski, Turguenef, Chedrine, y demás astros del realismo ruso. Hoy el público español está casi familiarizado con esos nombres ilustres, especialmente con el del gran Tolstoy; y como mis tres lecturas en el Ateneo sobre La Revolución y la Novela en Rusia forman un grueso tomo, me sería fácil... hasta la ignominia, rellenar La Cuestión Palpitante con noticias de un asunto que tan conocido tengo. Ni tampoco me parece arco de iglesia añadir a las páginas dedicadas a la novela rusa otras suplementarias, donde más o menos analíticamente se estudiase el realismo italiano, el belga, el inglés, el sueco, noruego y dinamarqués, el yankee, y unas miajillas el alemán que apenas existe. Revistas, periódicos, cartas y libros he recogido en los ocho años que transcurrieron desde la publicación en tomo de mis cartas a La Época, donde tengo almacén más que suficiente para extraer materiales y tapar esos huecos, que soy la primera en notar y reconocer. Y en cuanto a nuestra novela nacional, qué de páginas podría suplir quien se propone historiarla en plazo no muy remoto, y quien ya tiene escritas sobre un solo novelista de los de primera línea, Pedro Antonio de Alarcón, más de doscientas páginas!» In Emilia Pardo Bazán, La Cuestión Palpitante, Edición digital a partir de la de Obras completas, I, Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1891 y cotejada con la edición crítica de José Manuel González Herrán, las variantes de las ediciones de 1882 y 188,3 Barcelona, Anthropos, 1989.

Cortesia de JMGHerrán/JDACT

Emilia Pardo Bazán e o Feminismo. Tema na Viragem do século XIX. Luciana Moreira Silva. «Destacada romancista do período do ‘Naturalismo’ e do ‘Realismo’, “Emilia” experimentou também outras formas de escrita. Pretende-se evidenciar como “Pardo Bazán” colocou o seu trabalho ao serviço da questão das mulheres…»

Cortesia de wikipedia

Resumo
O presente texto pretende patentear a vertente mais empenhada da produção escrita da autoria da espanhola Emilia Pardo Bazán (1851-1921). Deixando de lado a faceta mais conhecida desta autora galega, a de romancista, analisar-se-á aqui a sua inserção nas várias vagas do feminismo, bem como a forma com que se envolve na luta pelos direitos das mulheres a partir quer do que escreve para a imprensa periódica, quer das personagens femininas que delineia nos seus contos e do modo como a voz narradora se compromete com elas.

O feminismo em Pardo Bazán e as reivindicações da autora
«A luta pelos direitos das mulheres é um aspecto incontornável do trabalho da autora galega Emilia Pardo Bazán. A presente reflexão analítica ancora-se justamente nesta característica mais reivindicativa e interventiva da autora, que assumiu com grande determinação as lutas feministas, e para as quais contribuíram em larga escala quer as suas experiências pessoais, quer o seu cosmopolitismo. De facto, o conhecimento dos movimentos reivindicativos de mulheres resulta em larga medida das suas viagens (essencialmente a França, mas também Alemanha, Itália, entre outros países) e das leituras que faz de obras estrangeiras, bem como do contexto familiar, designadamente a sua relação com o seu pai, o conde José María Pardo-Bazán y Mosquera, e com Giner de los Rios, amigo da família e destacado filósofo e pedagogo espanhol, que defendia o reconhecimento da igualdade entre homens e mulheres.
Destacada romancista do período do Naturalismo e do Realismo, Emilia experimentou também outras formas de escrita, que serão alvo de análise neste texto. Pretende-se assim evidenciar como Pardo Bazán colocou o seu trabalho ao serviço da questão das mulheres, como era por ela designada, nomeadamente em contos e também em textos que publicava na imprensa periódica, quer nacional quer internacional. Porém, para se compreender melhor o conceito de feminismo, ou feminismos, será necessária uma rápida abordagem ao conceito, aos contextos em que surge e em que se desenvolve, e clarificar em que medida se pode ligar a autora em questão ao feminismo. Ora, uma excelente definição do que é o feminismo, sem que nunca apareça a palavra mulher, é a que é feita pela filósofa feminista espanhola, Amelia Valcárcel, e que diz o seguinte:

O Feminismo é a tradição política da modernidade, igualitária e democrática, que mantém que nenhum indivíduo da espécie humana deve ser excluído de nenhum bem e de nenhum direito devido ao seu sexo. Feminismo é pensar normativamente como se o sexo não existisse. Portanto o feminismo não é um machismo ao contrário mas algo muito diferente: uma das tradições políticas fortes igualitárias da modernidade, provavelmente a mais difícil também, posto que se opõe à hierarquia mais ancestral de todas. (2004)

Assim, o feminismo é um movimento que se bate pela igualdade entre os sexos e exige a abolição de todos os tipos de hierarquização e subalternização que foram impostos à mulher, durante séculos. Olhando para trás e para o início da consciencialização das mulheres, ou melhor, para o início do seu despertar para a necessidade de mudar a sua condição, é actualmente possível dividir o feminismo em três vagas de acordo com a época em que se dão e as reivindicações principais que marcam cada uma dessas vagas. Assim, a primeira vaga, que Amelia Valcárcel designa por Iluminista, e que começa com a Revolução Francesa e vai até 1840 / 1850, com a Declaração de Séneca Falls, (em 1848, nos EUA, um grupo de várias mulheres e homens juntaram-se em Séneca Falls, perto de Nova Iorque, para assinar uma declaração que pretendia alcançar a cidadania para as mulheres e a modificação dos costumes e da moral exigidos às mulheres. O documento ficou conhecido como Declaração de Séneca Falls e viria a ser o primeiro documento de reivindicação do sufrágio feminino, in Valcárcel, 2004, nos Estados Unidos, é caracterizada pelo reconhecimento da igualdade de inteligência e pelo direito à educação. De facto, é aí que tudo começa. Antes de qualquer outra reivindicação, as mulheres tiveram de exigir que lhes fosse reconhecida a capacidade intelectual, num mundo dominado por homens, onde se via a mulher como ser intelectualmente inferior e como se essa inferioridade fosse algo de inato, e não o resultado da falta de instrução.
Ainda na esteira de Valcárcel, a segunda vaga é a chamada Liberal-Sufragista. Começa em meados do século XIX, com a Declaração de Séneca Falls já referida, e vai até ao fim da II Guerra Mundial, sensivelmente. Esta vaga vai reivindicar, por um lado, os direitos educativos, pois, embora a educação estivesse assegurada, ela era feita de um modo distinto da educação masculina e, para além disso, o acesso às instituições de ensino superior era vedado, ou muito dificultado, às mulheres. Por outro lado, e como aquela declaração já deixava claro, trata-se agora de uma luta pelo direito civil e político do voto, pelo que, em vários países, se organizaram movimentos sufragistas no sentido de reivindicar esse direito para as mulheres, o que foi sendo conseguido gradualmente e, em alguns países, bem depois do fim da II Guerra Mundial. Por fim, conseguida a aceitação da igualdade intelectual entre homens e mulheres, o direito a uma educação igualitária e ao ensino superior, bem como a profissões a que antes não tinham direito a aceder, e ainda o direito ao voto, as reivindicações serão agora de ordem distinta, pois a igualdade tão ansiada ainda não é uma realidade. Assim surge a terceira vaga, o feminismo de sessenta-e-oito, (o nome é uma clara referência às manifestações em França, em Maio de 1968, e ao que elas também representaram para as mulheres, ou seja, o despertar para uma nova necessidade de intervenção e de reivindicação daquilo que não estava ainda sedimentado na sociedade) segundo Valcárcel. Esta última vaga, que se mantém até aos nossos dias, é a do feminismo contemporâneo e faz uma reivindicação dos direitos civis e reprodutivos, de modo a garantir que a mulher possa escolher se quer ou não ser mãe. Reivindica também a paridade política e profissional e o reconhecimento do lugar das mulheres num mundo globalizado. Trata-se aqui de alguns direitos que vão sendo conseguidos, de forma gradual em diferentes países, e de outros ainda em discussão aberta».
In Luciana Moreira Silva, Emilia Pardo Bazán e o Feminismo, Tema na Viragem do século XIX, Centro de Estudos Sociais, Laboratório Associado, Universidade de Coimbra, oficina 404, 2013, ISSN 2182-7966.

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