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quarta-feira, 18 de dezembro de 2019

Lembrando Poemas. Patxi Andión. «… mas…, mas no son…, no son una cancion. Que helada que está esta casa… Sera…, sera que esta cerca el rio…»

Cortesia de wikipedia e jdact

Aniversario
«Veinte años de estar juntos
esta tarde se han cumplido.
Para ti…, flores…, perfumes,
para mi…, algunos libros.
No te he dicho grandes cosas
porque…, porque no me habrian salido,
ya sabes…, cosas de viejos…
Requemor de no haber sido.
Hace tiempo que intentamos
abonar nuestro destino.
Tu…, tu bajabas la persiana
Yo…, yo apuraba mi ultimo vino.
Hoy, en esta noche fria,
casi…, como ignorando el sabor
del la soledad compartida,
quise hacerte una cancion
para cantar…, despacito,
como se duerme a los niños.
Y…, y ya ves, solo…, palabras
sobre notas me han salido
que al igual que tu y que yo
ni se importan …, ni se estorban
se soportan amistosas,
mas…, mas no son…, no son una cancion.
Que helada que está esta casa…
Sera…, sera que esta cerca el rio…
O…, o es que estamos en invierno
y estan llegando…, estan llegando
los frios».

Canela Pura
«Sí, mírala, mírala!
Mira como anda,
mira como suena,
mira como sonríe
el alama llena;
llena de aire,
llena de agua
que destila con los ojos
desde la escarcha.
Canela pura,
canela pura
le llueve a mi morena de la cintura!
Sí, mírala, mírala!
La mirada en vuelo,
la sonrisa en alto,
y sábras por qué
me gusta tanto.
Me mira y se me olvidan
todas las penas,
se me llenan los bolsillos
de cosas buenas.
Canela pura,
canela pura
le llueve a mi morena de la cintura!
De tantos versos
que había en mi cuerpo,
solo me queda uno
y está en su pelo.
Sobra la teoría,
sobran las palabras,
es mejor navegar
que amar el agua.
Canela pura,
canela pura
le llueve a mi morena de la cintura!
Sí, mírala, mírala!
Palabra simple,
imagen tonta,
que vienen a explicarte
cómo me asombras.
Canción sencilla,
canción del pueblo,
para decirte, niña,
cómo te quiero.
Canela pura,
canela pura
le llueve a mi morena de la cintura!»
Poemas de Patxi Andión

Cortesia de Musixmatch/Wikipedia/JDACT

sábado, 26 de novembro de 2016

Rosalía de Castro. Poema. «Ya no lloro..., y no obstante, agobiado y afligido mi espíritu, apenas de su cárcel estrecha y sombría osa dejar las tinieblas para bañarse en las ondas de luz que el espacio llenan»

jdact e wikipedia

I
Orillas del sar
A través del follaje perenne
que oír deja rumores extraños,
y entre un mar de ondulante verdura,
amorosa mansión de los pájaros,
desde mis ventanas veo
el templo que quise tanto.

El templo que tanto quise...
Pues no sé decir ya si le quiero,
que en el rudo vaivén que sin tregua
se agitan mis pensamientos,
dudo si el rencor adusto
vive unido al amor en mi pecho.


Otra vez!, tras la lucha que rinde
y la incertidumbre amarga
del viajero que errante no sabe
dónde dormirá mañana,
en sus lares primitivos
halla un breve descanso mi alma.

Algo tiene este blando reposo
de sombrío y de halagüeño,
cual lo tiene, en la noche callada,
de un ser amado el recuerdo,
que de negras traiciones y dichas
inmensas, nos habla a un tiempo.

Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
y afligido mi espíritu, apenas
de su cárcel estrecha y sombría
osa dejar las tinieblas
para bañarse en las ondas
de luz que el espacio llenan.

Cual si en suelo extranjero me hallase,
tímida y hosca, contemplo
desde lejos los bosques y alturas
y los floridos senderos
donde en cada rincón me aguardaba
la esperanza sonriendo.


Oigo el toque sonoro que entonces
a mi lecho a llamarme venía
con sus ecos que el alba anunciaban,
mientras, cual dulce caricia,
un rayo de sol dorado
alumbraba mi estancia tranquila.

Puro el aire, la luz sonrosada,
¡qué despertar tan dichoso!
Yo veía entre nubes de incienso,
visiones con alas de oro
que llevaban la venda celeste
de la fe sobre sus ojos...

Ese sol es el mismo, mas ellas
no acuden a mi conjuro;
y a través del espacio y las nubes,
y del agua en los limbos confusos,
y del aire en la azul transparencia,
¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.

Blanca y desierta la vía
entre los frondosos setos
y los bosques y arroyos que bordan
sus orillas, con grato misterio
atraerme parece y brindarme
a que siga su línea sin término.

Bajemos, pues, que el camino
antiguo nos saldrá al paso,
aunque triste, escabroso y desierto,
y cual nosotros cambiado,
lleno aún de las blancas fantasmas
que en otro tiempo adoramos.


Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
siempre serena y pura,
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o que esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.

De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
gallardamente arranca al pie de la vereda
La Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
prestando a la mirada descanso en su ramaje
cuando de la ancha vega por vivo sol bañada
que las pupilas ciega,
atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

Como un eco perdido, como un amigo acento
que sueña cariñoso,
el familiar chirrido del carro perezoso
corre en alas del viento y llega hasta mi oído
cual en aquellos días hermosos y brillantes
en que las ansias mías eran quejas amantes,
eran dorados sueños y santas alegrías.

Ruge la Presa lejos..., y, de las aves nido,
Fondón cerca descansa;
la cándida abubilla bebe en el agua mansa
donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;
donde de los vencejos que vuelan en la altura,
la sombra se refleja;
y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
por entre la verdura de la frondosa orilla.


Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
que extraje de tu seno,
como el sediento niño el dulce jugo extrae
del pecho blanco y lleno,
de mi existencia oscura en el torrente amargo
pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,
una visión de armiño, una ilusión querida,
un suspiro de amor.

De tus suaves rumores la acorde consonancia,
ya para el alma yerta tornóse bronca y dura
a impulsos del dolor;
secáronse tus flores de virginal fragancia;
perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
el alba su candor.
La nieve de los años, de la tristeza el hielo
constante, al alma niegan toda ilusión amada,
todo dulce consuelo.
Sólo los desengaños preñados de temores,
y de la duda el frío,
avivan los dolores que siente el pecho mío,
y ahondando mi herida,
me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
eternas de la vida.


Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
del Sar cabe la orilla
al acabarme, siento la sed devoradora
y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
y el hambre de justicia, que abate y que anonada
cuando nuestros clamores los arrebata el viento
de tempestad airada.

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
tras del Miranda altivo,
valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
en vano llega mayo de sol y aromas lleno,
con su frente de niño de rosas coronada,
y con su luz serena:
en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
mezcla de gloria y pena,
mi sien por la corona del mártir agobiada
y para siempre frío y agotado mi seno.


Ya que de la esperanza, para la vida mía,
triste y descolorido ha llegado el ocaso,
a mi morada oscura, desmantelada y fría,
tornemos paso a paso,
porque con su alegría no aumente mi amargura
la blanca luz del día.

Contenta el negro nido busca el ave agorera;
bien reposa la fiera en el antro escondido,
en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido
y mi alma en su desierto.

 II
Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.

Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.


Era apacible el día
y templado el ambiente,
y llovía, llovía
callada y mansamente;
y mientras silenciosa
lloraba yo y gemía,
mi niño, tierna rosa,
durmiendo se moría.

Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!

Tierra sobre el cadáver insepulto
antes que empiece a corromperse..., ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos;
bien pronto en los terrones removidos
verde y pujante crecerá la hierba.

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
jamás el que descansa en el sepulcro
ha de tornar a amaros ni a ofenderos,

¡Jamás! ¿Es verdad que todo
para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.

Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
te espera aún con amoroso afán,
y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
allí donde nos hemos de encontrar.

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
que no morirá jamás,
y que Dios, porque es justo y porque es bueno,
a desunir ya nunca volverá.

En el cielo, en la tierra, en lo insondable
yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.

Mas... es verdad, ha partido
para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
de un día en este mundo terrenal
en donde nace, vive y al fin muere,
cual todo nace, vive y muere acá.


Una luciérnaga entre el musgo brilla
y un astro en las alturas centellea;
abismo arriba, y en el fondo abismo;
¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
En vano el pensamiento
indaga y busca en lo insondable, ¡oh ciencia!
Siempre, al llegar al término, ignoramos
qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

Arrodillada ante la tosca imagen,
mi espíritu, abismado en lo infinito,
impía acaso, interrogando al cielo
y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.
¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
con sus ecos responde a mis gemidos
desde la altura, y sin esfuerzo el llanto
baña ardiente mi rostro enflaquecido.

¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan solo
lo puedes ver y comprender, Dios mío!
¿Es verdad que los ves? Señor, entonces,
piadoso y compasivo
vuelve a mis ojos la celeste venda
de la fe bienhechora que he perdido,
y no consientas, no, que cruce errante,
huérfano y sin arrimo,
acá abajo los yermos de la vida,
más allá las llanadas del vacío.

Sigue tocando a muerto, y siempre mudo
e impasible el divino
rostro del Redentor, deja que envuelto
en sombras quede el humillado espíritu.
Silencio, siempre; únicamente el órgano
con sus acentos místicos
resuena allá de la desierta nave
bajo el arco sombrío.

Todo acabó quizás, menos mi pena,
puñal de doble filo;
todo, menos la duda que nos lanza
de un abismo de horror en otro abismo.

Desierto el mundo, despoblado el cielo,
enferma el alma y en el polvo hundido
el sacro altar en donde
se exhalaron fervientes mis suspiros,
en mil pedazos roto
mi Dios, cayó al abismo,
y al buscarle anhelante, sólo encuentro
la soledad inmensa del vacío.

De improviso los ángeles
desde sus altos nichos
de mármol, me miraron tristemente
y una voz dulce resonó en mi oído:
"Pobre alma, espera y llora
a los pies del Altísimo;
mas no olvides que al cielo
nunca ha llegado el insolente grito
de un corazón que de la vil materia
y del barro de Adán formó sus ídolos.


Adivínase el dulce y perfumado
calor primaveral;
los gérmenes se agitan en la tierra
con inquietud en su amoroso afán,
y cruzan por los aires, silenciosos,
átomos que se besan al pasar.

Hierve la sangre juvenil, se exalta
lleno de aliento el corazón, y audaz
el loco pensamiento sueña y cree
que el hombre es, cual los dioses, inmortal,
No importa que los sueños sean mentira,
ya que al cabo es verdad
que es venturoso el que soñando muere,
infeliz el que vive sin soñar.

¡Pero qué aprisa en este mundo triste
todas las cosas van!
¡Que las domina el vértigo creyérase!
La que ayer fue capullo, es rosa ya,
y pronto agostará rosas y plantas
el calor estival.


Candente está la atmósfera;
explora el zorro la desierta vía;
insalubre se torna
del limpio arroyo el agua cristalina,
y el pino aguarda inmóvil
los besos inconstantes de la brisa

Imponente silencio
agobia la campiña;
sólo el zumbido del insecto se oye
en las extensas y húmedas umbrías,
monótono y constante
como el sordo estertor de la agonía.

Bien pudiera llamarse, en el estío,
la hora del mediodía,
noche en que al hombre, de luchar cansado,
más que nunca le irritan
de la materia la imponente fuerza
y del alma las ansias infinitas.

Volved, ¡oh, noches del invierno frío,
nuestras viejas amantes de otros días!
Tornad con vuestros hielos y crudezas
a refrescar la sangre enardecida
por el estío insoportable y triste...
¡Triste... lleno de pámpanos y espigas!

Frío y calor, otoño o primavera,
¿dónde..., dónde se encuentra la alegría?
Hermosas son las estaciones todas
para el mortal que en sí guarda la dicha;
mas para el alma desolada y huérfana
no hay estación risueña ni propicia.


Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitar el polo.

Detente un punto, pensamiento inquieto;
la victoria te espera,
el amor y la gloria te sonríen.
¿Nada de esto te halaga ni encadena?
-Dejadme solo y olvidado y libre;
quiero errante vagar en las tinieblas;
mi ilusión más querida
sólo allí dulce y sin rubor me besa.


Moría el sol, y las marchitas hojas
de los robles, a impulso de la brisa,
en silenciosos y revueltos giros
sobre el fango caían:
ellas, que tan hermosas y tan puras
en el abril vinieron a la vida.

Ya era el otoño caprichoso y bello:
¡cuán bella y caprichosa es la alegría!
Pues en la tumba de las muertas hojas
vieron sólo esperanzas y sonrisas.

Extinguióse la luz: llegó la noche
como la muerte y el dolor, sombría;
estalló el trueno, el río desbordóse
arrastrando en sus aguas a las víctimas;
y murieron dichosas y contentas...
¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!


Del rumor cadencioso de la onda
y el viento que muge;
del incierto reflejo que alumbra
la selva o la nube;
del piar de alguna ave de paso;
del agreste ignorado perfume
que el céfiro roba
al valle o a la cumbre,
mundos hay donde encuentran asilo
las almas que al peso
del mundo sucumben.


Poema de Rosalía de Castro, in “En las Orillas del Sar” 1866

JDACT

quinta-feira, 14 de janeiro de 2016

Em Convívio com os Clássicos. Pina Martins. Aires A. Nascimento. «… guardava esse exemplar em grande honra e escreveu as razões do apreço que lhe devotava, quando elaborou as memórias da sua biblioteca em Histórias de Livros para a História do Livro»

Cortesia de wikipedia e jdact

«Quem algum dia teve o privilégio de ser recebido na biblioteca pessoal de José Vitorino Pina Martins, na Rua Marquês da Fronteira, foi possivelmente surpreendido pela revelação de um pequeno livro, de encadernação oitocentista e cor vermelha, guardado em caixa forrada a veludo da mesma cor: nada menos que a edição de Horácio saída em 1501 dos prelos de Aldo Manúcio, adquirida em Paris a um antiquário, André James, grande erudito, especialmente atento às novidades do mercado livreiro e particularmente lúcido em reconhecer e identificar raridades de origem portuguesa. Foi este exemplar dispensado por ele a José Vitorino, a título de favor e amizade, por uma pequena fortuna, de nada menos que 80 000 francos franceses (em moeda antiga, cerca de 2 500 contos, ou sejam 12 500 euros). Trata-se de edição aldina, que se serve do elegante tipo cursivo inventado por Aldo e desenhado por André Grifo; é a segunda obra de autores clássicos em formato de bolso (manual) planeado por Aldo e por ele lançado a público em 1501: depois do seu mítico Virgílio, de Abril, Horácio é de Maio; segue-se Petrarca, em Julho; Juvenal e Pérsio, em Agosto; Marcial, em Dezembro. A edição é considerada uma das dez mais raras das aldinas: recentemente, um antiquário apresentava para venda um exemplar ao preço de 27 374,00 USD (19 000,00 EUR). O exemplar faz parte da Biblioteca Pina Martins, no Centro de História do ex-Banco Espírito Santo, em Lisboa, Praça do Comércio, para onde transitou a Biblioteca reunida pelo seu proprietário, por generosa e lúcida decisão do Presidente do Conselho de Administração do ex-BES, Ricardo Salgado, quando solicitado pelo Presidente da Academia das Ciências de Lisboa a realizar a aquisição daquela Biblioteca para evitar que ela entrasse em deriva de efeitos imprevisíveis quanto à sua conservação.
Pina Martins guardava esse exemplar em grande honra e teve oportunidade de escrever as razões do apreço que lhe devotava, quando elaborou as memórias da sua biblioteca em Histórias de Livros para a História do Livro. O enlevo consagrado a este exemplar do texto de Horácio tê-lo-ia ouvido o visitante da biblioteca da própria voz do seu proprietário, pois com ele costumava iniciar a visita. No livro, ficou uma interpelação que define uma vida; pergunta J. V. Pina Martins: … já algum dia experimentaste, caro leitor, como é diferente ler uma poesia de Horácio, ou de Virgílio, ou de Petrarca, por um livro mal encadernado e por um exemplar de edição raríssima encadernado por um grande artista? (Fundação Calouste Gulbenkian, Lisboa, 2007) A resposta não vem enunciada no livro; compreende-se: há sensações e sentimentos intraduzíveis, para os quais as palavras são supérfluas ou correm o risco de (entre)cortar o enlevo; no modo interrogativo, porém, fica patente que há novidades que apenas cada um pode experimentar e que, relativamente a uma edição modelar, persistem afectos tanto mais profundamente acalentados quanto mais se percebe o significado cultural desse livro, depois de serem escrutinadas as razões das escolhas do editor e serem conhecidos os efeitos decorrentes do seu trabalho (na edição de Juvenal, também em 1501, Aldo explica a seu amigo Cipião Carteromaco: preparámos e agora damos a público as Sátiras de Juvenal e Pérsio num formato deveras pequeno de tal maneira que possa ser mais facilmente tomado na mão e aprendido de cor; para não falar em ser lido, por quem quer que seja; as fontes tipográficas de Aldo para os formatos in 8º haviam sido desenhadas pelos calígrafos Pompónio Leto e Bartolomeu Sanvito e foram moldados por Francesco Griffo, de Bolonha).
Havia afecto profundo àquela edição renascentista, que era uma das mais valiosas do de quantas se perfilavam nas estantes da sua biblioteca: esse afecto exprimia-o Pina Martins em modo de reciprocidade, pois (confidenciava) os grandes autores e as melhores edições procuram aqueles que os amam. Nesse universo cabiam sobretudo as edições aldinas que revisitava com frequência: entre elas o Iamblicus, impresso em 1497 e o In Calumniatorem Platonis, de Bessarion, publicado por Aldo em 1503; perseguira também o Plato de 1513, em que o mesmo editor se dirigia a Leão X e, por entre o louvor das letras (que só a paz permitia assegurar), comparava a novidade da imprensa com a gesta que os Portugueses estavam a realizar nas Índias». In Aires A. Nascimento, Pina Martins Em Convívio com os Clássicos, Comunicação apresentada à Classe de Letras, Academia das Ciências de Lisboa, Classe de Letras, Memórias da Academia das Ciências de Lisboa, 21 de Janeiro de 2010.

Cortesia de ACiênciasLisboa/JDACT

quarta-feira, 13 de janeiro de 2016

O Segredo da Casa de Riverton. Kate Morton. «Tão diferente de Sylvia, apenas quinze anos mais nova, que anda por aí de saia justa, ri muito alto e muda de cor de cabelo quando muda de namorado»

jdact

A sala de visitas
«(…) A maquilhagem devolveu alguma cor ao meu rosto, mas tive o cuidado de não deixar que a Sylvia exagerasse. Receio ficar parecida com o manequim de um cangalheiro. Não é preciso muito rouge para comprometer o equilíbrio: o que resta de mim é tão pálido, tão pequeno. Com alguma dificuldade, coloquei o medalhão de ouro em volta do pescoço, a sua elegância típica do século XIX contrastava com o meu vestuário prático. Endireitei-o, curiosa com o meu atrevimento. Curiosa em saber o que diria a Ruth quando o visse. Baixei o olhar. A pequena moldura de prata na minha cómoda. Uma foto do dia do meu casamento. De bom grado não a teria ali. Foi há tanto tempo e durou tão pouco, pobre John, mas é um gesto que concedo à Ruth. Agrada-lhe, creio, imaginar que sinto falta dele. Sylvia acompanhou-me até à sala das visitas, ainda me arranha os ouvidos chamar-lhe assim, onde servem o pequeno-almoço e onde devia esperar pela Ruth, que concordou (embora, segundo diz, não lhe pareça bem) em levar-me de carro até à Shepperton Studios. pedi à Sylvia que me sentasse, sozinha, na mesa do canto e me trouxesse um copo de sumo, então voltei a ler a carta de Ursula. A Ruth chegou às oito e meia em ponto, podia ter dúvidas quanto às vantagens desta viagem, mas é, e sempre foi, de uma incorrigível pontualidade. Ouvi dizer que as crianças nascidas em tempos conturbados nunca perdem o ar melancólico e Ruth, uma criança da 2.ª Guerra, não é excepção à regra. Tão diferente de Sylvia, apenas quinze anos mais nova, que anda por aí de saia justa, ri muito alto e muda de cor de cabelo quando muda de namorado.
Esta manhã a Ruth atravessou a sala, bem vestida, impecavelmente arranjada, mas mais rígida que um poste de madeira. Bom dia, mãe, disse ela, roçando os lábios frios nas maçãs do meu rosto. Já acabaste o teu pequeno-almoço?, olhou de relance para o copo meio vazio à minha frente. Espero que tenhas comido mais do que isso. É provável que apanhemos o trânsito matinal pelo caminho e não teremos tempo de parar. Olhou para o relógio. Tens de ir à casa de banho? Abanei a cabeça, tentando perceber desde quando passara a ser a criança. Estás a usar o medalhão do pai; não o via há muito tempo. Chegou-se à frente para o ajustar, acenando aprovadoramente com a cabeça. Tinha olho, não tinha? Concordei, tocada pelo modo como as pequenas falsidades que contamos aos muito jovens se tornam objecto de uma crença inabalável. Senti uma onda de afecto pela minha filha irritadiça, reprimi rapidamente a velha e estafada culpa paternal que sempre vem à tona quando vejo o seu rosto ansioso.
Pegou-me pelo braço, cruzou-o com o seu, colocando a bengala na minha outra mão. Muitos preferem o andadeiro ou mesmo aquelas cadeiras motorizadas, mas continuo muito bem com a minha bengala, além de ser uma criatura de hábitos sem razões para abdicar deles. É boa rapariga, a minha Ruth, firme e íntegra. Vestiu-se formalmente hoje, como o faria se fosse visitar o advogado ou o médico. Já o adivinhava. Queria causar boa impressão; mostrar a esta realizadora que independentemente do que a sua mãe possa ter feito no passado, Ruth Bradley McCourt é uma respeitável senhora da classe média, muito obrigado. Percorremos em silêncio uma parte do caminho até que Ruth começou a sintonizar o rádio. Tinha os dedos de uma mulher idosa, os nós por onde forçara os anéis a entrar, naquela manhã, estavam inchados. É espantoso ver a nossa própria filha envelhecer. Olhei então para as minhas próprias mãos, pousadas sobre o colo. Mãos outrora tão activas, que executavam as tarefas humildes como as mais complexas; mãos agora cinzentas, flácidas, inertes. Ruth parou, por fim, num programa de música clássica. O locutor falou durante algum tempo, de modo bastante frívolo, acerca do seu fim-de-semana, e começou a passar Chopin. Uma coincidência, certamente, ouvir logo hoje a valsa em dó menor. Ruth estacionou em frente de uma série de enormes edifícios brancos, quadrados, como hangares para aviões. Desligou o motor e deixou-se estar sentada por alguns instantes, olhando em frente. Não sei porque tens de fazer isto, disse ela calmamente, com os lábios apertados. Fizeste tanto com a tua vida. Viajaste, estudaste, criaste uma filha... Por que queres ser lembrada pelo que eras antes? Não esperava que lhe desse resposta e não o fiz. Suspirou abruptamente, saltou para fora do carro e foi buscar a minha bengala ao porta bagagens. Sem dizer palavra, ajudou-me a levantar. Uma jovem esperava-nos. Uma rapariga magra com cabelo louro muito comprido que lhe caía a direito pelas costas e à frente culminava numa franja compacta. Era o tipo de rapariga a quem podíamos chamar feia, não tivesse sido abençoada com uns olhos negros tão fascinantes. Pareciam parte de um retrato a óleo, redondos, profundos e expressivos, a generosa cor da tinta húmida». In Kate Morton, O Segredo da Casa de Riverton, 2006, tradução de Vítor Guerreiro, Porto Editora, Porto, 2008, ISBN 978-972-004-160-9.

Cortesia de PortoE/JDACT

segunda-feira, 26 de janeiro de 2015

Poesia. Música. Juventude. Grécia. «O contrário do drama é a indiciação não desenvolvida de um nome como aqui acontece. Esse nome emerge, vazio de corpo, porque a boneca se substituiu à menina desaparecida, mas é para ela que aponta, e a mostrar pela sua presença…»

Cortesia de wikipedia

Teatro da boneca
«A menina tinha os cabelos louros.
A boneca também.
A menina tinha os olhos castanhos.
Os da boneca eram azuis.
A menina gostava loucamente da boneca.
A boneca ninguém sabia se gostava da menina.
Mas a menina morreu.
A boneca ficou.
Agora também já ninguém sabe se a menina gosta da boneca.


E a boneca não cabe em nenhuma gaveta.
A boneca abre as tampas de todas as malas.
A boneca arromba as portas de todos os armários.
A boneca é maior que a presença de todas as coisas.
A boneca está em toda a parte.
A boneca enche a casa toda.


É preciso esconder a boneca.
É preciso que a boneca desapareça para sempre.
É preciso matar, é preciso enterrar a boneca.

A boneca.

A boneca».
Poema de Carlos Queiroz, Lisboa, 1907-1949, in ‘Os Poemas da Minha Vida
Na Paz!

JDACT

quarta-feira, 10 de dezembro de 2014

Fernando Machado Soares. Açores. Coimbra. Justiça. Fado. «Um ai sem termo, um trágico gemido ecoa sem cessar ao meu ouvido, com horrível, monótono vaivém... Só no meu coração, que sondo e meço, não sei que voz, que eu mesmo desconheço, em segredo protesta e afirma o Bem!»

jdact

Fado da Despedida
«Coimbra tem mais encanto
na hora da despedida.
Coimbra tem mais encanto
na hora da despedida.

Que as lágrimas do meu pranto
são a luz que me dá vida.

Quem me dera estar contente
enganar minha dor
mas a saudade não mente
se é verdadeiro o amor.

Não me tentes enganar
com a tua formosura
que para além do luar
há sempre uma noite escura.

Que as lágrimas do meu pranto
são a luz que lhe dá vida.

Coimbra tem mais encanto
na hora da despedida.
Coimbra tem mais encanto
na hora da despedida».
Poema de Fernando Machado Soares



Com os Mortos
«Os que amei, onde estão? Idos, dispersos,
arrastados no giro dos tufões,
levados, como em sonho, entre visões,
na fuga, no ruir dos universos...

E eu mesmo, com os pés também imersos
na corrente e à mercê dos turbilhões,
só vejo espuma lívida, em cachões,
e entre ela, aqui e ali, vultos submersos...

Mas se paro um momento, se consigo
fechar os olhos, sinto-os a meu lado
de novo, esses que amei vivem comigo,

vejo-os, ouço-os e ouvem-me também,
juntos no antigo amor, no amor sagrado,
na comunhão ideal do eterno Bem.
Soneto de Antero de Quental, in ‘Sonetos’

A saudade mora cá… Que estejas na Paz!

JDACT

segunda-feira, 29 de setembro de 2014

In Memoriam. Alice F. Falcão Oliveira. Guilherme Oliveira. «Como menina queria receber carinhos; como senhora ansiava por amor; e como artista sentia as dores pungentes da vida e era sensível a beleza que procurava e criava. Não podia ficar satisfeita só com carinho, amor ou beleza»

guilhermeoliveira e jdact

Com a devida vénia a Guilherme de Oliveira

À memória da minha querida Alice
«(…) Ali estava na minha frente a criança travessa e amiga de guloseimas que espera que os grandes, lhe dêem bombons. Vista de perto parecia uma figurinha de cera, pequenina, quebradiça e lábil. A vida dela estava toda nos belos e grandes olhos e na voz estranha, plástica e quente. O encanto dos olhos e a doçura da voz encobriam todo o seu ser; nada mais interessava conhecer-lhe; era toda espiritualidade contida num corpo que seria belo mas para cuja apreciação não havia lugar porque, o brilho do seu espírito e a candura da sua alma nos guiavam por caminhos de beleza e de bondade. O que me surpreendeu logo, no início das nossas relações, foi o colorido magoado e triste da sua alegria decerto comunicativa e o grau de integração afectiva do seu carácter rico de qualidades e de harmonias. Falava como uma criança, sem preconceitos, clara, directa e ingénua; mas o conteúdo psicológico das suas palavras simples e expontâneas era rico de ideias e de beleza. Tinha alma de criança, coração de mulher e espírito de artista. Por isso a sua alegria era franca, consciente e perturbada: quando a criança ria, a mulher reflectia e a artista sofria. O conjunto destas ressonâncias interiores tão diferentes tinha um colorido inocente, quer ela risse, quer chorasse, porque também a sua tristeza era salpicada de tons leves que se destacavam da camada infantil da sua personalidade. Quem a olhasse distraído das profundezas do seu ser diria que ela era azougada e feliz. Porém os que, como eu, a observassem com interesse e ternura, depressa reconheciam que a sua vida interior tinha recessos torturados por desconsolos profundos e por anseios insatisfeitos. A razão destas desarmonias estava na diferença constitucional dos seus pendores que ora a solicitavam para um caminho, ora para outro.
Como menina queria receber carinhos; como senhora ansiava por amor; e como artista sentia as dores pungentes da vida e era sensível a beleza que procurava e criava. Não podia ficar satisfeita só com carinho, amor ou beleza. Para a realização completa de todas as aspirações da sua mentalidade superior e polimorfa, ela precisava de carinho, de amor e de beleza e tinha que ser sempre menina, senhora e artista. Criança, corria atrás de quimeras douradas, olhava atónita os homens e as coisas, colhia flores, corria pelos caminhos, brincava com a lua e pedia as estrelas, e queria ser amimada e embalada ao som de canções e de histórias maravilhosas. Todas as coisas do mundo a surpreendiam, a alegravam, atemorizavam ou lhe causavam uma admiração pasmada que se exprimia nos seus belos e grandes olhos muito abertos e parados de espanto. As pequenas como as grandes contrariedades faziam-lhe correr lágrimas grossas e silenciosas e levavam-na a refugiar-se nos braços das pessoas grandes que a amassem ou, na falta destas, no silêncio do seu quarto onde soluçava no desespero da solidão e da mágoa. Tinha que ser amada e acarinhada como uma criança, a minha pobre Alice!
Mas se o que existia nela de criança exigia ternura e satisfação de pequeninas vontades, a senhora erguia-se de entre a personalidade infantil e mostrava-se com todo o brilho e grandeza da maturação perfeita. Então era vê-la calma, corajosa, senhora de si, a resolver os problemas da vida, a amparar amorosamente os que precisavam do seu carinho, do seu amor ou do seu auxílio. De súbito tudo se transformava nela, e era ela agora que animava, que acarinhava os grandes, despertando neles a camada infantil que existe em todos os adultos, só velada pela educação e pela cultura. Ninguém se podia furtar ao consolo de ser criança sob a acção da sua presença apaixonante e carinhosa». In Guilherme de Oliveira, Memoriam, Alice Freire Falcão Oliveira, 1921-1947, Tipografia Atlântida, Coimbra, 1949.

Cortesia de T.Atlântida/JDACT

domingo, 21 de setembro de 2014

LX 60. A Vida em Lisboa Nunca Mais Foi a Mesma. Joana Vilela e Nick Mrozowski. «Na década de 60, a capital e os municípios da área metropolitana (incluindo margem sul) ultrapassam o milhão de habitantes. O negócio da construção civil arranca, irá ‘explodir’ entre os anos 70 e 90»

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Portugal, 1960. Instantâneos
«Mais de 82% dos partos ocorrem em casa, morrem 7,7 crianças por cada 100 nascimentos; 8,9 milhões de residentes, 92% com menos de 65 anos; esperança de vida, homens 60,7 anos, mulheres 66,4 anos; mais de 65% das pessoas com 15 ou mais anos nunca foram à escola, população com instrução equivalente ao ensino superior 1%; apenas 9,3% dos casamentos não são católicos, 1 em cada 100 acaba em divórcio; 80médicos e 108 enfermeiros por 100 mil habitantes; existem 203 diários e semanários, num total de 468 publicações periódicas».

A Idade do Ouro
«Idade do Ouro não será a primeira ideia que a maioria das pessoas associa aos anos 60 em Lisboa, ou em Portugal. Mas, na história da economia portuguesa, a década de 60 é um marco incontornável: regista-se o maior crescimento económico de sempre e lançam-se sementes para transformações posteriores. O impacto relativo é maior no interior isolado e rural, mas para Lisboa a expansão traz novidades, da modernização da cidade (com a ponte sobre o Tejo e novas urbanizações, como os Olivais), ao aumento das possibilidades de consumo (embora ainda muito longe do que se tornará realidade 50 anos depois). Dos acontecimentos que marcam a década de 60, e que explicam que a economia tenha praticamente triplicado entre 1958 e o início dos anos 70, a entrada na EFTA a 4 de Janeiro de 1960 lidera. Criada para rivalizar com a Comunidade Económica Europeia (CEE), a EFTA (Associação Europeia de Comércio Livre) começa com sete países. Seis são desenvolvidos: Noruega, Dinamarca, Áustria, Reino Unido, Suíça e Suécia. O sétimo é pobre e rural: Portugal.
A excepção portuguesa, que não pode entrar na CEE por não ter um regime democrático e ser demasiado pobre para ser integrada com as restantes economias, consegue um acordo especial, que preserva barreiras alfandegárias de defesa da indústria nascente, ao mesmo tempo que abre as portas a mercados de exportação mais ricos e exigentes. A emigração, para fugir à pobreza rural ou à Guerra Colonial, que se acentua também nos anos 60, é outra força importante. O milhão de portugueses que em dez anos saem do país consegue uma taxa de poupança altíssima, em alguns casos documentados em França ronda 50% do rendimento, que envia como remessas para Portugal. Os bancos expandem-se para o interior, com balcões e agentes, para captar esse dinheiro que acaba por formar uma importante base de capital. Um empréstimo para um projecto empresarial a 35 anos a uma taxa de apenas 3% é uma realidade possível na década de 60.
Dinheiro barato e abertura económica ao exterior levam ao nascimento de novas indústrias, como a fábrica da Toddy em 1960, em Belas ou, noutra escala, a Siderurgia Nacional, em 1961, no Seixal. As mudanças desenvolvem também velhos gigantes, como a CUF. A Companhia União Fabril já empregava 16 mil pessoas nos anos 30, mas chega ao final da década de 60 como o maior conglomerado industrial português (químico, têxteis, indústria naval e alimentar, tabacos, entre outros), sediado na margem sul do Tejo, a poucos minutos de Lisboa (Barreiro). Observado no papel, o desenvolvimento significa crescimentos anuais da economia acima de7%, um ritmo muito distante da média próxima de zero que Portugal registará na primeira década do século XXI. O país rural começa a desaparecer. Em 1958, a agricultura ocupa 43% da população; no início dos anos 70, já só vale 34%. O declínio face à expansão industrial e dos serviços leva não só à emigração mas também à migração para as cidades no litoral, como Lisboa.
Na década de 60, a capital e os municípios da área metropolitana (incluindo margem sul) ultrapassam o milhão de habitantes. O negócio da construção civil arranca, irá explodir entre os anos 70 e 90, e aumenta a urbanização das zonas rurais à volta da cidade. Nesta zona privilegiada [...] disporão os seus habitantes de todas as instalações públicas indispensáveis para a vida moderna, lê-se num anúncio a 19 de Novembro de 1964, no Diário de Lisboa, sobre a cidade jardim da Reboleira». In Joana Stichini Vilela e Nick Mrozowski, LX 60, A Vida em Lisboa Nunca Mais Foi a Mesma, Publicações Dom Quixote, Alfragide, 2012, ISBN 978-972-20-5091-3.

Cortesia D.Quixote/JDACT