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sexta-feira, 29 de outubro de 2021

O Castelo. Luis Zueco. «Fuera, las llamas de una colosal hoguera se alzaban hacia el cielo estrellado y Nunila las contemplaba en un extremo en silencio, ensimismada. No te vas a acercar?, le preguntó sin inmutarse»

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Sierra de Leyre. Noviembre del año 1027

«(…) Quién eres tú?, la asustó una voz a su espalda. La niña se volvió y halló frente a ella el rostro de una mujer con la piel más oscura que nunca habían visto sus ojos. Su mirada y su cabello también vestían de penumbra, e incluso sus ropas tenían el color de la noche. Me llamo Eneca. Y qué hace una pequeña como tú sola en el bosque? No estoy sola, replicó la niña, tengo a mi perro y pronto mi madre vendrá a buscarme. Un magnífico mastín, y de dónde vienes? De Xabier, mi padre es el tenente del castillo. Nos atacaron y…, logramos huir. Interesante, y quién atacó Xabier? El demonio de ojos de sangre. La mujer se estremeció al oír aquellas palabras y escrutó de nuevo a la niña, esta vez con más énfasis y desconfianza. Tienes hambre? Estás hecha un saco de huesos. Siéntate ahí y comeremos algo caliente.

Eneca obedeció y la mujer le sirvió una sopa con tropezones de una carne cuya procedencia animal era difícil de adivinar, y también alimentó al perro. Una niña como tú no debe deambular sola, los hombres son unos animales y se dejan llevar por sus peores instintos. Es mejor que permanezcas conmigo. Tengo que encontrar a mis padres! Dime, los has visto en tus sueños? No, a ellos no. Bien, asintió, al tiempo que se llevaba una hierba a la boca que comenzó a masticar. Yo necesito ayuda, quédate aquí, al menos un tiempo. Hay cosas que debes aprender antes de seguir tu camino. Todo sucede por alguna razón, absolutamente todo. El destino nos guía a través de la vida, de esta y de las otras. Qué otras? Vaya, vaya. Veo que tienes mucho que aprender, voy a salir al bosque. Acompáñame, por favor.

Así lo hizo Eneca, pensando que le mostraría algo en particular, pero sólo caminaron hasta un saliente pedregoso y permanecieron allí hasta que se puso el sol. Después, la mujer la llevó hasta el interior del refugio y la acomodó en una cavidad con el suelo de paja. Artal dormiría a su lado. Así pasó Eneca la noche en aquel sobrio lugar. No fue la última. La niña fue acogida con cierta indiferencia por su anfitriona, que la ignoraba durante gran parte del día, pero que a la vez se encargaba de que comiera y no pasara frío. La mujer se llamaba Nunila y aquel abrigo era su morada. En su interior guardaba todo tipo de utensilios, hierbas y brebajes. La oquedad en la montaña era profunda y repleta de lugares de almacenaje. Además, dentro la temperatura era constante y había poca humedad. Nunila le ordenó limpiarla todos los días y Eneca, poco acostumbrada a esas labores, quiso oponerse al principio. Pero por alguna extraña razón, Nunila era de su agrado y sentía la necesidad de obedecerla.

Una mañana, salieron las dos juntas, acompañadas de Artal, al bosque. Adónde vamos?, preguntó Eneca. Hoy te voy a enseñar a recoger setas, así que presta atención, ya que son tan ricas y útiles como peligrosas. La mayoría de ellas tienen veneno. Toda seta buena tiene su gemela nociva. A veces la diferencia entre las dos variedades es tan sutil que muchos hombres las confunden y mueren. Estuvieron caminando durante un buen tramo de la mañana. Eneca! Mira, ves esa? Es una seta calabaza. Tiene como un sombrero. Así es, siempre es de color pardo, con el borde más claro. Crece entre hayas, robles y pinos. Nunila se agachó y mostró a la niña cómo debía cortarla. Deambularon todo el día por el bosque, recolectando setas y, al llegar la noche, guisaron las más sabrosas en el interior de la cueva. Recordarás cómo son las setas calabaza?, preguntó Nunila, sonriente. Sí, con un sombrero marrón, muy carnoso y un pie fuerte. Y nada más? Creo que no. Maldita niña! El sombrero tiene un margen más claro, su color no es uniforme. Si no eres capaz de fijarte en esos detalles, no me sirves para nada. Cómo puedes ser tan estúpida? No estoy más que perdiendo el tiempo contigo!

Eneca se fue llorando fuera de la cueva. Nunila tan pronto se mostraba amable y se preocupaba por ella, como cambiaba de manera súbita de humor, se encolerizaba y la despreciaba e ignoraba. Pasaron las semanas y llegó el frío invierno, durante muchos días no pudieron salir de su refugio. A pesar de la cercanía, Nunila continuó sin hablar mucho com Eneca. De esta manera transcurrían los días para la niña, hasta que por fin llegó la primavera y después el buen tiempo. En una de las primeras noches de calor, Eneca se despertó en la oscuridad y descubrió un resplandor en el exterior del abrigo. Sin dudarlo, se incorporó y salió de la cueva. Fuera, las llamas de una colosal hoguera se alzaban hacia el cielo estrellado y Nunila las contemplaba en un extremo en silencio, ensimismada. No te vas a acercar?, le preguntó sin inmutarse». In Luis Zueco, El Castillo, 2015, Titivillus, In Luis Zueco, O Castelo, 2015, Alma dos Livros, 2020, ISBN 978-989-899-914-0.

Cortesia de AdosLivros/JDACT

JDACT, O Castelo, História, Século XI, Idade Média,

quinta-feira, 28 de outubro de 2021

O Castelo. Luis Zueco. «Y soltó un tremendo grito cuando algo descendió frente a ella. Artal se despertó y se encaró con aquel ser. Era una lechuza blanca, que parecía mirarla impasible…»

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Sierra de Leyre. Noviembre del año 1027

«(…) Conforme se iba recuperando, pensaba en qué habría sido de su padre, que defendía lo alto de la torre; de su abuela, que se quedó para ocultar su huida; y su madre? Por qué ella le había dejado sola? No lo estaba. Artal frotó el hocico contra su espalda, empujándola para que se levantara. Eneca le hizo caso y le siguió entre la penumbra verdosa de la vegetación. Así, llegaron hasta un riachuelo, y Artal metió el morro en la corriente para beber com su alargada lengua. Después miró a Eneca y esta introdujo sus manos. El agua estaba fría, pero se lavó la cara, y comenzó a sentirse algo mejor. Se pasó las manos húmedas por el cuello, la frente y los hombros y volvió a introducir las dos palmas formando un cuenco del que beber. Aquello la devolvió a la vida. Vamos, Artal, tenemos que buscar algo de comer.

Eneca caminó siguiendo el curso del agua, rastreando la orilla, mientras su perro olisqueaba algunas plantas que iban encontrándose a su paso. Hasta que la muchacha se detuvo frente a un imponente árbol de cuyos pies brotaban raíces que se sumergían de nuevo en la tierra y sus ramas estaban tan altas que no podía alcanzarlas. Fue a la base de su tronco y escarbó, primero con las manos y, cuando se percató de que era tarea inútil, buscó un par de piedras. Con una de ellas dio forma a la otra, para después utilizarla en la misma tarea. Con ayuda de sus rudimentarios útiles, encontro unas raíces verdosas, que fue partiendo antes de lavarlas en el río. Masticó la primera de ellas, después la succionó, extrayendo toda la savia, continuó con la segunda a la vez que le daba otra a Artal.

Esa noche la pasaron en otro abrigo que encontraron antes de la puesta de sol, donde el riachuelo vertía sus aguas a un cauce mayor. Recordó cómo le habían enseñado a hacer fuego y buscó las rocas adecuadas, reunió hojas y ramulla secas, y, por último, se afanó en encontrar el lado donde menos pegara el viento para, después de casi una docena de intentos, lograr que una chispa cebara la escueta hoguera, a la que añadió ramas más considerables y alguna piña que prendió de manera efusiva. Se acurrucó contra Artal y cerró los ojos. Era complicado hacerlo cuando, en sueños, no dejaba de ver a sus padres sufriendo. Así que despertó antes del alba y permaneció en vigilia observando las estrellas de la bóveda celeste, todas estaban allí suspendidas y se movían al unísono alrededor de la tierra que pisaban los hombres. Era hermoso verlas brillar y, en el profundo silencio de aquellas montañas, parecía como si pudieras elevarte y tocarlas con la punta de los dedos. No fue eso lo que sucedió, más bien lo contrario, pues creyó ver a un ser volando sobre las copas de los árboles. Quizá fuera uno de esos espíritus que pueblan el bosque, o de esas mujeres que son capaces de transformarse en formas extrañas y viajar de un lugar a otro.

Y soltó un tremendo grito cuando algo descendió frente a ella. Artal se despertó y se encaró con aquel ser. Era una lechuza blanca, que parecía mirarla impasible, mientras su perro ladraba de manera incesante. Tranquilo, le acarició el cuello, no pasa nada, tranquilo. El animal se fue apaciguando. Frente a ellos la lechuza giró sus ojos rasgados. Eneca dio un par de pasos hacia ella, extendió su brazo derecho y lo colocó a escasos palmos del ave, que pestañeó antes de agitar sus enormes alas. Eneca no se movió y la lechuza se posó sobre su muñeca. Dime, dónde están mis padres? La lechuza no se giró. Tú lo sabes, espíritu del bosque, adónde debo ir? La lechuza extendió de nuevo las alas y voló a unos pasos de distancia, mientras el resplandor de los primeros reflejos dorados del nuevo día asomaba por entre las montañas. El ave se elevó y voló hacia la salida del astro. Artal! Nos vamos. La muchacha siguió el aleteo de la lechuza, mientras la claridad del día comenzaba a inundar el bosque, hasta que la perdió de vista. Miró a su alrededor. Se hallaba en un claro, en la ladera hacia un valle. Olfateó un olor que llamó su atención, parecía un fuego. Algo estaba quemándose cerca. Artal también se percató y siguió el rastro. Se detuvo y observó a Eneca, esperando. La niña buscó de nuevo a la lechuza, pero esta había desaparecido, así que caminó hacia su perro, que reanudó su marcha, avanzando por los matorrales. Eneca apenas podía seguirle entre la vegetación y estaba a punto de detenerse, cuando llegó a un lugar resguardado excavado en la roca. Una humareda blanca nacía de una fogata a sus pies. Ella se acercó precavida. No había nadie, pero sobre el fuego había una cazuela de barro». In Luis Zueco, El Castillo, 2015, Titivillus, In Luis Zueco, O Castelo, 2015, Alma dos Livros, 2020, ISBN 978-989-899-914-0.

Cortesia de AdosLivros/JDACT

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quarta-feira, 2 de junho de 2021

O Castelo. Luis Zueco. «Se tropezó con unas ramas y cayó de bruces contra una zona embarrada. Intentó levantarse, resbaló y volvió a golpearse contra el fango»


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Pamplona. 22 de Novembro do ano de 1027

«(…) Por supuesto, eso nadie lo duda, dijo Ramiro, mirando de nuevo a Lope. Quizá sí podáis servirme. No aquí, sino fuera de estos muros. Lo siento, mi señor, no os entiendo. Cómo podría yo serviros lejos de la corte? Este reino es extenso, en Pamplona en muchas ocasiones no nos percatamos de lo que en realidad sucede en las zonas más alejadas y peligrosas. Dos damas ataviadas con sayas de vivos colores y mangas voladas saludaron a ambos nobles. Escuchad con atención, Lope de Ferrech, si me ayudáis sabré recompensaros. Como bien habéis dicho antes, vos sois el último de los hijos del rey en la sucesión, sería más práctico para mí servir a vuestros hermanos. Aprendéis rápido, sonrió, eso que habéis dicho ahora no es correcto. Para una mente estrecha de miras, podría parecer que estáis en lo cierto. Sin embargo, si profundizáis en la situación os daréis cuenta de que mis hermanastros tienen más aduladores a su lado de los que pueden contar. Nunca podrán conceder a todos ellos lo que les han prometido. En cambio, yo, y abrió los brazos invitándole a que mirara a su alrededor, estoy solo.

Tendré que pensarlo, susurró Lope de Ferrech con el rostro contrariado. Hacedlo rápido, no queda excesivo tiempo. Para qué? Qué va a ocurrir? Lope, dijo Ramiro, cogiéndole del hombro, volvamos a la fiesta.

Sierra de Leyre. Noviembre del año 1027

Al alba, Eneca despertó en un abrigo en lo profundo de la montaña. Temblaba de frío, tenía las manos hinchadas y la garganta seca. Parecía no comprender las imágenes que se formaban en sus retinas y, por mucho que intentará abrir y limpiarse los ojos, estas no se tornaban más concisas. Se arrastró por el suelo húmedo hasta lograr incorporarse con torpeza sobre sus cansadas piernas. Salió a un claro del bosque con las manos por delante, como uno de esos ciegos que a veces llegaban a la aldea pidiendo limosna. Ella sí podía ver, pero no era capaz de interpretar lo que le rodeaba. Tenía la boca seca y los orificios de la nariz taponados con mucosidades, como si también tuviera atrofiados los sentidos del gusto y el olfato. Se tropezó con unas ramas y cayó de bruces contra una zona embarrada. Intentó levantarse, resbaló y volvió a golpearse contra el fango.

Allí quedó. Inmóvil, exhausta, sin voz ni conciencia. Como si deambulara por un sueño, entre la bruma de la montaña y el inmenso silencio atrapado entre la muralla de árboles que conformaban aquel tupido paisaje. En la cima de su desasosiego, creyó oír algo. Supo que era una percepción real, como un grito que tiraba de ella y la devolvía a la vida. Sí, ahora lo escuchaba mejor, era un ruido cortante, que vibraba entre los árboles. Un aullido de animal, que rebotaba entre el follaje de encinas y carrascas. No, era un sonido más conocido, un ladrido. Y entonces sintió un aliento sobre su rostro.

A su lado, Artal le lamía la cara enredando su cabello negro. Su mastín siempre la había acompañado desde que su madre se lo regaló al cumplir once años y, ahora que apenas había pasado uno, ya se había convertido en un animal hermoso y fuerte, capaz de asustar a las caballerizas, y rápido cuando salía de caza con los escuderos de su padre. No sabía cómo, pero Artal había escapado de la aldea y seguido su rastro por el bosque hasta dar con ella.  Al reconocerle, empezó a entender también lo que le rodeaba, a interpretar los sonidos y las formas, y un haz de luz le devolvió al mundo de los sentidos. Artal era tan listo como muchos hombres, de pelaje espeso y completamente blanco, como un copo de nieve recién caído. No conocía el frío, aunque en los veranos calurosos sufría con el viento cálido de poniente. Le gustaba la lluvia y correr entre los charcos que se formaban alrededor de la torre. Eneca había perdido la noción del tiempo desde que se separó de su madre y llegó al puente sobre el río. Desde entonces, había caminado siempre hacia la salida del sol. No recordaba cuándo había desfallecido, pero al menos ya no estaba sola». In Luis Zueco, El Castillo, 2015, Titivillus, In Luis Zueco, O Castelo, 2015, Alma dos Livros, 2020, ISBN 978-989-899-914-0.

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quarta-feira, 19 de maio de 2021

Luis Zueco. O Castelo. «Larga vida al rey!, repitió el salón al completo, incluidos sus hermanastros. Ramiro regresó a su posición y bebió de su copa con un gesto firme y seguro»

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Pamplona. 22 de Novembro do ano de 1027

«(…) Está claro que no sois un hombre de fiestas. Todo lo contrario, me apasionan. La razón por la que se convocan es que en ellas siempre acontecen sucesos interesantes. Mi estimado Lope de Ferrech, si se celebra una fiesta en el reino de Pamplona, es para que ocurra algo. A veces se conoce de antemano, pero en otras ocasiones… Sabéis qué celebramos hoy? La festividad de Santa Cecilia. De verdad creéis eso?, preguntó, levantando ambas cejas. Es que acaso santa Cecilia ha hecho algo por nuestro reino? Yo…, creo que no. Lope se quedó dudando. Así que hoy sucederá algo… Antes de que terminara la frase unos tambores anunciaron la llegada del rey. Los presentes se cuadraron: castellanos, leoneses, pamploneses y también los ribagorzanos, aragoneses y sobrarbenses. Todos buscaron mostrar su cabeza lo más alto posible, cual gallo en un gallinero. No era para menos, el rey Sancho era el monarca más poderoso que habían conocido los reinos cristianos del sur de los Pirineos.

Mis vasallos, os agradezco vuestra presencia en Pamplona, dijo con una poderosa voz, ya cada vez soy más viejo y me quedan menos años que celebrar. Un murmullo recorrió la sala y las miradas de los presentes buscaron al heredero, su hijo García. También a su hermano Fernando y al pequeño Gonzalo que permanecía junto a su madre, la reina Munia. Tranquilos, todavía no me tenéis que enterrar, dijo, soltando una ruidosa carcajada, pero hacéis bien en fijar vuestros ojos en mis hijos, pues ellos guiarán el futuro de mis territorios y por ende, el vuestro. Habla en plural susurró Ramiro. Lope no entendió la trascendencia de aquel detalle y siguió escuchando al monarca. Estoy orgulloso de cada uno de ellos y estoy convencido de que, llegado el momento, me sucederán con honor y sabiduría. Y el rey alzó la copa. Brindemos por ellos! Todos los asistentes obedecieron con entusiasmo. Viva el rey! Ramiro dio un paso al frente con la copa en alto. Larga vida al rey!

Larga vida al rey!, repitió el salón al completo, incluidos sus hermanastros. Ramiro regresó a su posición y bebió de su copa con un gesto firme y seguro. Sin duda, su inesperada intervención había causado extrañeza. Qué pretende el hermanastro con estas palabras?, se preguntaría más de uno de los nobles. Lope, si quieres un consejo sincero, no pierdas el tiempo con aliados inciertos o débiles, advirtió el hijo del rey en un susurro mientras le miraba con sus pupilas oscuras. Debes estar seguro de a quién quieres tener a tu lado y a quién no, me comprendes? Sí, mi señor. Qué opináis de mis hermanastros? Seguro que gobernarán con sabiduría. Sandeces! Qué pensáis en verdad? Decídmelo! Es pronto para saber Lope suspiró, no le gustaban las encerronas, habrá que ver cómo reina el heredero… Cómo creéis que repartirá sus territorios mi querido padre? Eso nadie lo sabe. García será rey de Pamplona, sin duda. Pero qué pasará con el condado de Castilla? Con los señoríos de Álava o Cea? Con Aragón o la Ribagorza? No se lo habéis preguntado? Lope decidió tomar una posición más ofensiva. Es vuestro padre, quién mejor que vos para saberlo? Precisamente por eso, Lope. Esas enigmáticas palabras revolotearon a su alrededor como moscas pegajosas.

Lope de Ferrech se sintió en peligro, empezó a sentir un calor asfixiante. No estaba acostumbrado a aquellas recepciones ni a conversaciones tan cargadas de insinuaciones. Su padre no le había preparado para aquello, no había crecido en la corte. No era capaz de leer entre las frases puntiagudas del hijo del rey. Y, al mismo tiempo, creía que estaba ante una de esas oportunidades que no puedes dejar escapar en la vida. Yo podría ayudaros se atrevió a decir, necesitáis alguien de confianza, fiel y… No estamos en las montañas, Pamplona es más peligrosa que cualquier desfiladero o emboscada. Ramiro buscó una copa de vino para apaciguar su sed. No puedo fiarme de nadie en la corte, todos tienen deudas con todos, influencias, pactos continuos… Yo soy leal al rey». In Luis Zueco, El Castillo, 2015, Titivillus, In Luis Zueco, O Castelo, 2015, Alma dos Livros, 2020, ISBN 978-989-899-914-0.

Cortesia de AdosLivros/JDACT

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O Castelo. Luis Zueco. «Nunca había hablado con él, pero su padre se había encargado de mostrarle, en los pocos actos que habían coincidido con la familia real, quién era cada uno de los hijos de Sancho el Mayor»

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Pamplona. 22 de Novembro do ano de 1027

«(…) Aquella desgraciada muerte hizo olvidar a su padre sus planes para hacerle religioso y tan pronto como pudo le puso una espada entre las manos. Cuál fue su sorpresa, al comprobar que él ya sabía blandirla como un caballero. En el salón real, engalanado con todo lujo, buscó dónde sentarse entre aquel enjambre de conspiraciones veladas y tediosas conversaciones. No todos los presentes eran tan poco interesantes, pues también había damas de la más alta alcurnia. Lope de Ferrech puso atención en una joven que vestía con un brial entallado, con bordados florales y aberturas laterales encordadas. Ella le miró com disimulo y le regaló una discreta sonrisa. Por desgracia, se acercó un Caballero envuelto en una larga capa azulada y la cogió por el brazo. Así que dirigió su mirada hacia otra mujer. Esta portaba un brial de anchas mangas, con bordados geométricos en las bocamangas y un collarín con cenefas cerrando el cuello. A pesar de sus intentos por llamar su atención, ella no daba la impresión de mostrar el más mínimo interés.

Decidió no tentar a la suerte y alejarse de aquellos provocativos ojos, y se encauzó hacia el extremo menos concurrido. En él halló a una discreta corte que rodeaba a un fornido personaje, del cual no era capaz de divisar su rostro. Sus acompañantes le miraron con desconfianza, pero ya estaba cansado de deambular por aquel salón. Así que buscó una copa de vino y tomó posición a su lado, de manera que aquellas miradas resbalaron por su espalda. Mientras daba un sorbo a la bebida el grupo se desplazó hacia el centro de la sala. Pero no todos, uno se situó a su derecha y tomó otra copa. Al volverse para comprobar de quién se trataba, no pudo ocultar su sorpresa al ver a Ramiro, el hijo de mayor edad del rey, aunque no el heredero, ya que no había sido dado a luz dentro del matrimonio, sino que era fruto de un amorío del rey Sancho el Mayor antes de desposarse con la reina Munia, hija del conde de Castilla.

Nunca había hablado con él, pero su padre se había encargado de mostrarle, en los pocos actos que habían coincidido con la familia real, quién era cada uno de los hijos de Sancho el Mayor. Ramiro era todo un caballero, corpulento, de buena talla, moreno y con unos ojos que rebosaban seguridad en sí mismo. Para Lope, ese era el mayor don que podía tener un hombre. Había cualidades importantes como la valentía, la destreza o hasta la inteligencia, pero ese brillo en los ojos era el más poderoso de todos los dones que Dios podía otorgar a cualquier hombre. Señor, soy Lope de Ferrech, dijo, tomando la iniciativa. Lo miró de arriba abajo antes de responder. Mejor para vos. Quería presentaros mis respetos. Por qué a mí? Mis hermanos son mucho más… Cómo diría? Provechosos para un don nadie como vos. Lope de Ferrech sintió ese pinchazo que se produce siempre cuando te humillan, que duele justo debajo del honor, entre las costillas, junto al lado del orgullo y la sed de venganza, y que la única manera de sanar es cruzando espadas. Sin embargo, ni el lugar ni el personaje eran propicios para ello. Mi señor, soy… Tranquilo, se quién sois. Tan sólo bromeaba. Me conocéis? Soy hijo del rey Sancho, conozco a todos los nobles del reino. Aquella respuesta sorprendió a Lope. Una vez hablé con vuestro padre, el día en que el rey le concedió las tierras que poseéis en Leyre. Un hombre valiente y leal, fue una lástima su muerte. Gracias, mi señor. Una fiesta aburrida, verdad? Casi tediosa, me atrevería a sugerir. Para seros sincero, no suelo acudir a muchas.

Qué suerte tenéis! Y el hijo del rey sonrió. Sabéis por qué las fiestas son importantes? Quizá porque hay buena comida. No en todas las ocasiones, creedme, respondió Ramiro con una amplia sonrisa. Por la compañía? Dios! Por supuesto que no, mirad a vuestro alrededor. Perderíais un instante de vuestra vida conversando con estos borregos?, afirmó para su sorpresa. Sí, no me miréis así, todos ellos tan sólo buscan complacer a mi padre, no les importa ni el reino, ni los musulmanes, ni Dios. Sólo ellos; su lealtad es menos fiable que su capacidad para no decir sandeces en cuanto abren su enorme bocaza». In Luis Zueco, El Castillo, 2015, Titivillus, In Luis Zueco, O Castelo, 2015, Alma dos Livros, 2020, ISBN 978-989-899-914-0.

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terça-feira, 7 de julho de 2020

O Castelo. Luis Zueco. «Longe de a tornar mais agradável, semeou nela uma insuportável incerteza. A mulher entreabriu a janela e assomou ao exterior os olhos temerosos»

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Castelo de Xabier. Novembro do ano de 1027
«(…) A um dos poucos que saíram armados para lhes fazer frente puseram-lhe uma corda ao pescoço e foi arrastado por um cavaleiro até cair num dos fogos que os atacantes tinham acendido. Os seus gritos não se ouviam na torre, mas via-se como gatinhava, desesperado, pela terra, tentando abafar as chamas que lhe consumiam o corpo. Alguém se apiedou dele e decapitou-o, para que não continuasse a sofrer em vão. Os restantes, desesperados, procuravam fugir. Uns em direcção ao bosque e outros rumo à torre. O que se passa, avó? Veste-te!, exclamou esta, fechando a janela. Rápido! O tecto sobre as suas cabeças retumbou com abundantes passadas. A avó ergueu o olhar, deviam ser os guardas que corriam para defender a fortificação. Entre aqueles muros estavam a salvo, mas toda a gente no exterior, a sua gente… Para eles, era tarde, só Deus podia valer-lhes. Enquanto Eneca se agasalhava, a avó esfregava as mãos, atemorizada. Olhava para um lado e para o outro, procurando um consolo que não encontrava. Juntou as pontas dos dedos à altura do queixo e dirigiu uma prece ao Senhor.
Surpreendentemente, os gritos pararam e o silêncio apoderou-se de novo da noite. Longe de a tornar mais agradável, semeou nela uma insuportável incerteza. A mulher entreabriu a janela e assomou ao exterior os olhos temerosos. Entre o calor das chamas, os atacantes já não perseguiam os que fugiam, dedicando-se antes à cercar a torre onde elas se abrigavam. Foi então que algumas fileiras de luzes iluminaram a entrada da aldeia e avançaram em perfeita formação até se posicionarem frente à fortaleza. O olhar atónito da idosa não se deu conta do que ia acontecer, não podia imaginar o futuro que as esperava. Os atacantes pareciam pirilampos numa estranha coordenação de movimentos. Até que, de súbito, esses pontos de luz se duplicaram e afastaram da terra para sulcar a noite estrelada, como crias no primeiro e, em última análise, derradeiro voo.
A mulher apressou-se a fechar a janela e ouviu os gritos de alarme nos pisos superiores. Passados alguns instantes, voltou a abri-la com precaução e redescobriu os pássaros de fogo a voar contra o cimo da torre. Assim foi uma e outra vez, num incessante acto cerimonial. Meu Deus! Estais bem! A mãe de Eneca entrou no quarto entre sufocos, com um rosto embargado de temor. Sim, fiiha..., respondeu a idosa, fitando-a com pesar. Não conseguirão detê-los, pois não? Receio que não, mãe. Quanto tempo resistirá o castelo? Virão socorrer-nos, não é verdade? O rei tem de o fazer, tem de nos ajudar... Não respondeu e, ao mesmo tempo, esse silêncio foi a pior resposta possível. A mulher foi a correr espreitar pela janela e as pernas tremeram-lhe ao ver a cena com as dezenas de arqueiros a disparar sem descanso contra eles. Um brilho no céu demonstrava que já tinham atingido o telhado e que os cobertos da torre ardiam, presa das labaredas. Apesar de tudo, não foi isso o que mais assustou a dama. Foi ver uma balista de desmedido tamanho, postada junto às quadras da aldeia. Puxada por um par de mulas esporeadas por vários homens, que a guiavam em direcção à porta de acesso à torre do castelo.
Disse-vos que vinham, que já estavam aqui, declarou a menina, para assombro da mãe e da avó.
Deus santo... A mulher de cabelos dourados tremia de medo e mal conseguia articular as palavras que ansiavam por lhe escapar da garganta. Mãe, temos de pôr a Eneca a salvo, as defesas não resistirão. O túnel! A avó agarrou Eneca pelo braço. Não podemos... Um estrondo terrível percorreu toda a torre, os muros tremeram como se fossem desabar e os gritos sobre as suas cabeças voltaram a retumbar. Corram, filha! Antes que entrem, insistiu a idosa. Foi a primeira a sair da divisão, enquanto Eneca ia nos braços da mãe, em direcção às escadas que conduziam ao nível inferior da fortificação. Quando as três desceram, a porta da entrada estava em chamas e quatro soldados, armados com espadas e escudos, dispunham-se a repelir os atacantes». In Luis Zueco, O Castelo, 2015, Alma dos Livros, 2020, ISBN 978-989-899-914-0.

Cortesia de AdosLivros/JDACT

sábado, 4 de julho de 2020

O Castelo. Luis Zueco. «Nunca tens pesadelos, Eneca. O que se passa contigo? Podes contar-me.. Avó, está aqui. Quem? Quem está aqui, Eneca?»


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O Rei Sancho III
Castelo de Xabier. Novembro do ano de 1027
«Começou a respirar com dificuldade, a pulsação acelerou e sentiu uma pressão dolorosa no peito. Abriu os lábios o máximo que pode para que entrasse mais ar, mas tornava-se inútil. A penumbra era espessa e fria como a neve da montanha. Ergueu o olhar e observou em volta, não conseguia ver claramente, porém sabia que algo estava ali.
Então percebeu.
A respiração voltou a serenar, a pressão desapareceu e foi acalmando o ritmo do seu jovem coração. Por mais estranho que parecesse, aquilo não lhe causava terror. E, no entanto, sabia que devia senti-lo. O medo é bom, costumava dizer-lhe o pai. Mantém-te alerta, faz-te avaliar todas as opções. O medo é o aliado dos valentes e o pior inimigo dos cobardes. A menina não entendia essas palavras, não compreendia tal sentimento. Via o mal naqueles olhos vermelhos que a perscrutavam, transbordantes de sangue, e, ainda assim, sustinha-lhe o olhar. Queria saber, queria entender de onde vinha. Nem sequer se aterrorizou quando se precipitou sobre ela e…
Eneca! Acorda!
A menina abriu os olhos, mostrando umas pupilas mais negras do que a própria noite que, àquelas horas, envolvia a torre do Castelo de Xabier. Encontras-te bem, minha fllha? Estás a suar, estavas a ter um pesadelo. Mãe!, gritou, abraçando-a com todas as forças, enredando-se nos caracóis dourados de uma extensa cabeleira. Shhh. Já passou, estás a salvo, disse, tentando apaziguar o seu medo enquanto lhe acariciava suavemente o cabelo. Não, mãe, não estamos a salvo, sussurrou a menina, ele vem atrás de nós. De que falas, Eneca? Eu vi-o, quer apanhar-me. Pequena, foi só um sonho mau. Ninguém te vem fazer mal. Não tenhas medo, entre estes muros estamos a salvo de qualquer perigo.
Está perto. O que se passa? Uma mulher mais velha entrou, alterada, no quarto, trazendo uma vela entre as mãos. A Eneca teve um pesadelo, respondeu a mãe da criança, mas já está melhor, não é verdade?, A menina não respondeu. Eu fico com ela. Iguazel, vai dormir com o teu marido. A bela mulher beijou a filha na testa. Eneca tranquilizou-se ao ver a doçura que transbordava dos olhos cinzentos da mãe, que se levantou da cama e lançou um olhar cúmplice à recém-chegada. Fitou novamente a filha e despediu-se dela com um gesto de mão. Fechou a porta ao mesmo tempo que a idosa se acocorava na enxerga e apagava o pavio da vela. A penumbra voltou, pesada e infinita como antes. Eneca tornou a sentir a pressão e a dificuldade em respirar. Desta vez, a avó abraçou-a, mas não era suficiente. Sentiu que o mar regressava e tomava de novo posse daquela divisão.
Nunca tens pesadelos, Eneca. O que se passa contigo? Podes contar-me.. Avó, está aqui. Quem? Quem está aqui, Eneca? Vem buscar-me. Eu vi, aninhou-se contra o peito da idosa, tinha olhos de sangue. Tens a certeza? Sim, respondeu, com uma firmeza imprópria para a idade. O que é? Um lobo ou um urso? Não, um monstro. Querida, não existem... A avó calou-se ao ver como a neta tremia e tinha a pele fria como a neve. Eneca, o que se passa contigo?
Então, a jovem sentiu uma pontada no meio do peito que a fez agitar-se com tal brusquidão que assustou a idosa, cujos olhos não podiam esconder o pânico e a angústia que a invadiam. Avó, já chegaram. Soaram os sinos da igreja, repicavam como levados pelo diabo. Como se o próprio Lúcifer desse ao badalo com toda a ira. A idosa sentiu um calafrio, aquele som infernal só podia ter um significado. Aconteça o que acontecer, não contes a ninguém o que dizes ter visto, avisou-a enquanto se levantava. Está bem? As pessoas odeiam os que não são como elas, e tu, tu és especial, querida.
 menina assentiu com a cabeça. A avó correu para a janela, abriu-a e descobriu diante dela uma aldeia em chamas. Os gritos começaram a rasgar a noite quando vários cavaleiros irromperam pelo flanco da ponte. O primeiro cortou de um só golpe a garganta da filha do ferreiro. O segundo ergueu a lâmina da espada sobre a cabeça para a descer com toda a violência possível contra o peito de outro aldeão, rasgando-lhe a pele e tirando-lhe a vida. Outro era degolado no chão como um animal. Entretanto, mais dois eram trespassados por lanças, sem compaixão, mesmo quando jaziam inertes, esvaindo-se em sangue como animais». In Luis Zueco, O Castelo, 2015, Alma dos Livros, 2020, ISBN 978-989-899-914-0.

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