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quarta-feira, 15 de novembro de 2023

La Biblia de Barro. Julia Navarro. «Aquí, en Roma. Le he encontrado por casualidad, hojeando un periódico. Sé que no te gusta internet, pero entra y busca cualquier periódico italiano, en las páginas de cultura, allí le encontrarás»

Cortesia de wikipedia

«Llovía sobre Roma cuando el taxi se detuvo en la plaza de San Pedro. Eran las diez de la mañana. El hombre pagó la carrera y sin esperar el cambio, apretando bajo el brazo un periódico, se acercó con paso muy vivo hasta el primer control en el que rutinariamente se comprobaba si los visitantes entraban en la basílica correctamente vestidos. Nada de pantalones cortos, minifaldas,tops o bermudas. Ya en el interior del templo, el hombre ni siquiera se detuvo ante la Piedad de Miguel Ángel, la única obra de arte que entre las muchas que atesora el Vaticano lograba conmoverle. Dudó unos segundos hasta orientarse y después se dirigió hacia los confesionarios, donde a esa hora sacerdotes de distintos países escuchaban en su lengua materna a fieles llegados de todas partes del mundo.

De pie, apoyado en una columna, aguardó impaciente a que otro hombre acabara su confesión. Cuando le vio levantarse, se dirigió hacia el confesionario. Un letrero informaba de que aquel sacerdote ejercía su ministerio en italiano. El sacerdote esbozó una sonrisa al contemplar la figura enjuta de aquel hombre enfundado en un traje de buen corte; tenía el cabello blanco cuidadosamente peinado hacia atrás y el ademán impaciente de quien está acostumbrado a mandar. Ave María Purísima. Sin pecado concebida. Padre, me acuso de que voy a matar a un hombre. Que Dios me perdone! Tras decir estas palabras, el anciano se incorporó y, ante los ojos atónitos del sacerdote, se perdió veloz entre el enjambre de turistas que abarrotaban la basílica. Junto al confesionario, tirado en el suelo, dejó un periódico arrugado. El religioso tardó unos minutos en recuperarse. Otro hombre se había arrodillado y le preguntaba impaciente: Padre, padre…, se encuentra bien? Sí, sí… no, no… perdone…

Salió del confesionario y recogió el periódico. Recorrió con la mirada la página en la que estaba abierto: concierto de Rostropovich en Milán; éxito de taquilla de una película sobre dinosaurios; congreso en Roma de arqueología con la participación de reputados profesores y arqueólogos: Clonay, Miller, Smidt, Arzaga, Polonoski, Tannenberg, aparecendo este último nombre rodeado por un círculo rojo… Dobló el periódico y, con la mirada perdida, abandonó el lugar, dejando con la palabra en la boca a aquel hombre que seguía de rodillas esperando para confesar sus pecados y penas.

Quiero hablar con la señora Barreda. De parte de quién? Soy el doctor Cipriani. Un momento, doctor. El anciano se pasó una mano por el cabello y sintió un ataque de claustrofobia. Respiró hondo intentando tranquilizarse, mientras dejaba vagar la mirada por aquellos objetos que le habían acompañado en los últimos cuarenta años. Su despacho olía a cuero y a tabaco de pipa. Sobre su mesa reposaba un marco con dos fotos, la de sus padres y la de sus tres hijos. Había colocado la de sus nietos sobre la repisa de la chimenea. Al fondo, un sofá y un par de sillones de oreja, una lámpara de pie con tulipa color crema; los estantes de caoba que recubrían las paredes y albergaban miles de libros, las alfombras persas… aquél era su despacho, estaba en su casa, tenía que tranquilizarse. Carlo!

Mercedes, le hemos encontrado! Carlo, qué dices?… La voz de la mujer delataba mucha tensión. Parecía desear y temer, con igual intensidad, la explicación que estaba a punto de escuchar. Entra en internet, busca en la prensa italiana, en cualquier periódico, en las páginas de cultura, ahí está. Estás seguro? Sí, Mercedes, estoy seguro. Por qué en las páginas de cultura? No recuerdas lo que se decía en el campo? Sí, claro, sí… Entonces él… Lo haremos. Dime que no te vas a echar atrás. No, no lo haré. Tú tampoco, ellos tampoco, les voy a llamar ahora. Tenemos que vernos. Queréis venir a Barcelona? Tengo sitio para todos… Da lo mismo dónde. Luego te llamo, ahora quiero hablar con Hans y con Bruno.

Carlo, de verdad es él? Estás seguro? Debemos comprobarlo. Ponle bajo vigilancia, no puede volver a perderse, no importa lo que cueste. Si quieres te mando ahora mismo una transferencia, contrata a los mejores, que no se pierda… Ya lo he hecho. No le perderemos, descuida. Te volveré a llamar. Carlo, me voy al aeropuerto, cojo el primer avión que salga para Roma, no me puedo quedar aquí… Mercedes, no te muevas hasta que te llame, no podemos cometer errores. No escapará, confía en mí. Colgó el teléfono sintiendo la misma angustia que había notado en la mujer. Conociéndola, no descartaba que en dos horas le llamara desde Fiumicino. Mercedes era incapaz de quedarse quieta y esperar, y en aquel momento menos que nunca.

Marcó un número de teléfono de Bonn y esperó impaciente a que alguien respondiera. Quién es? El profesor Hausser, por favor? Quién le llama? Carlo Cipriani. Soy Berta! Qué tal está usted? Ah, querida Berta, qué alegría escucharte! Cómo están tu marido y tus hijos? Muy bien, gracias, con ganas de volver a verle, no se olvidan de las vacaciones que pasamos hace tres años en su casa de la Toscana, nunca se lo agradeceré bastante, nos invitó en un momento en que Rudolf estaba al borde del agotamiento y… Vamos, vamos, no me des las gracias. Estoy deseando volver a veros, estáis siempre invitados. Berta, está tu padre? La mujer percibió el apremio en la voz del amigo de su padre e interrumpió la charla no sin cierta preocupación. Sí, ahora se pone. Está usted bien? Pasa algo? No, querida, nada, sólo quería charlar un rato con él. Sí, ahora se pone. Hasta pronto, Carlo. Ciao, preciosa!

No pasaron más que unos breves segundos antes de que la voz fuerte y rotunda del profesor Hausser le llegara a través de la línea telefónica. Carlo… Hans, está vivo! Los dos hombres se quedaron en silencio, cada uno escuchando la respiración cargada de tensión del otro. Dónde está? Aquí, en Roma. Le he encontrado por casualidad, hojeando un periódico. Sé que no te gusta internet, pero entra y busca cualquier periódico italiano, en las páginas de cultura, allí le encontrarás. He contratado a una agencia de detectives para que le vigilen las veinticuatro horas y le sigan vaya a donde vaya si deja Roma. Nos tenemos que ver. Ya he hablado con Mercedes, ahora llamaré a Bruno. Iré a Roma». In Julia Navarro, A Bíblia de Barro, 2005, Bertrand Editora, 2022, ISBN 978-972-254-359-0.

 

Cortesia de BertrandE/JDACT

 

JDACT, Julia Navarro, Literatura, Itália, 

domingo, 10 de setembro de 2023

A Abadia dos Cem Pecados. Marcello Simoni. «Como única resposta, a freira convidou-a a observar o inchaço violáceo na cabeça. Receio que um fragmento ósseo se tenha desfeito e esteja a comprimir o cérebro»

jdact

A Pedra do Exílio

Planalto de Crécy. 26 de Agosto de 1346

«Foi então que Maynard de Rocheblanche compreendeu. A intriga em que fora metido era bem mais ampla e complexa do que poderia ter imaginado. Karel do Luxemburgo não devia ser o único homem de poder envolvido na morte de Jang Blannen, e talvez nem sequer o mais perigoso. O cavaleiro intuiu que não se podia permitir agir com ingenuidade. Tinha a sensação de se encontrar sob o alcance de um grande olho que o observava de cima. O olho de um indivíduo desapiedado que o cercaria por todos os lados.

Observou pela última vez o bosque onde a mulher desaparecera. Depois, procurando vencer a ansiedade, esporeou o cavalo para este, ao longo do caminho que serpenteava à luz de um novo dia.

Reims, Convento de Sainte-Balsamie

8 de Setembro

Os dedos da freira passaram pela cabeça do homem inconsciente, exercendo uma leve pressão nas margens do hematoma, pouco acima da têmpora. A irmã Eudeline observava-o em silêncio, ansiando por uma resposta, e entretanto pensava no homem que ficara à espera, fora do valetudinarium.  Trata do meu companheiro de armas, dissera-lhe. Depois falamos. Eudeline assentira, apesar de agastada pela sua atitude. O irmão apresentara-se depois de quase dois anos de ausência e nem sequer se dera ao trabalho de lhe apertar as mãos, quanto mais de lhe dirigir uma palavra carinhosa. E sabia Deus como precisava disso. A clausura concedera paz e sabedoria, mas roubara-lhe os momentos de alegria decorridos em companhia de Maynard e da mãe de ambos. Essas memórias nunca a abandonavam, nem nas horas de oração, quando tudo o resto se eclipsava em torno das luzes esfumadas dos círios. Contudo, Eudeline não teria abandonado o claustro por motivo algum no mundo, visto que entre os seus muros encontrara a salvação. Não apenas da alma, mas também da razão. A monja infirmaria retirou os dedos do hematoma.

Reverenda madre, parece-me que o inchaço se deve a uma fratura. Uma ferida grave?, perguntou Eudeline, regressando à realidade. Aproximou-se de Robert de Vermandois, deitado numa comprida tábua de madeira, entregue a um atormentado delírio.

Como única resposta, a freira convidou-a a observar o inchaço violáceo na cabeça. Receio que um fragmento ósseo se tenha desfeito e esteja a comprimir o cérebro. Hesitou um instante e depois pousou a mão sobre dois livros colocados na mesa que se encontrava ao lado, como que para avalizar a sua tese.

Eudeline conhecia bem aqueles códices, os manuais de prática cirúrgica de Rogerio Frugardi e de Henri de Mondeville. Havia anos, ela própria os consultara, para aprender algumas noções da arte médica, mas sentira-se repugnada. Apercebendo-se de que estavam abertos nas ilustrações do crânio humano, foi tomada de um frémito. Pensais que será necessário...

Se estiver certa, terei de fazer uma incisão na pele e no osso, disse a freira, determinada. Precisarei de ajuda, talvez da irmã Marie... Eudeline abanou a cabeça. A irmã Marie é velha, não tem mão firme». Então quem...» In Marcello Simoni, A Abadia dos Cem Pecados, 2014, tradução de Inês Guerreiro, Clube do Autor, 2016, ISBN 978-989-724-278-6.

Cortesia de CdoAutor/JDACT

JDACT, Marcello Simoni, Literatura,  Conhecimento, Itália,

A Abadia dos Cem Pecados. Marcello Simoni. «O barão picardo avançava para ele e um passo vacilante, pronto a desferir a acha. A desconhecida da capa negra dirigiu um último olhar a Maynard, como se desejasse desafiá-lo…»

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A Pedra do Exílio

Planalto de Crécy. 26 de Agosto de 1346

«- Maynard desferiu-lhe um murro no ventre, encontrando a resistência de uma brigantina guarnecida de tachas. A mulher recuou. Por um instante, manifestou a intenção de desejar continuar a bater-se, mas depois observou o homem morto por Vermandois e deteve-se, dividida entre a raiva e a indecisão.

O barão picardo avançava para ele e um passo vacilante, pronto a desferir a acha. A desconhecida da capa negra dirigiu um último olhar a Maynard, como se desejasse desafiá-lo, ou seduzi-lo. por fim, fugiu, diluindo-se na escuridão a mata.

O cavaleiro foi tentado a segui-la, mas logo que viu Robert diante de si compreendeu que o barão se encontrava em estado de desespero. Meu amigo..., murmurou, ao vê-lo abater-se na terra.

Inclinou-se sobre ele, julgando-o perdido. Apercebendo-se de que ainda respirava, colocou-lhe a cabeça no seu colo. Durante o combate, a cabeça do picardo sofrera um golpe bastante violento. Estava suja de sangue, com uma ferida feia por cima da têmpora direita.

Maynard rasgou uma tira de tecido para o enfaixar, de modo a bloquear a hemorragia, embora soubesse que um remédio daquele tipo não era suficiente: Não vos abandonarei sussurrou-lhe, quase para se tranquilizar a si mesmo. Como resposta, recebeu um grunhido sonolento.

A madrugada começava a iluminar a mata, no limite da clareira. Ainda abalado pelo sucedido e precisando de reflectir, o cavaleiro forçou-se a não perder tempo. Selou os cavalos e carregou o companheiro em fim de vida no seu corcel, prendendo-o ao arção e às correias para se assegurar de que não o perdia durante o trajecto. Já sabia para onde o deveria levar. Em meio-dia, contava entregá-lo aos cuidados de mãos experientes. No entanto, antes de subir para a garupa, quis ver quem era o sicário morto durante o confronto.

O homem jazia de costas, com o tronco dilacerado por um golpe de acha. Trazia uma capa preta e uma brigantina ornada de tachas, tal como a mulher que viera com ele. Maynard reparou logo na fivela que tinha à cintura. Com grande espanto, apercebeu-se de que reproduzia um escudo de armas com um leão de prata em campo vermelho. Observou atentamente a insígnia, para se certificar de que não se enganara, mas com angústia teve de se render às evidências. Era o mesmo que aparecia no castão do anel cardinalício». In Marcello Simoni, A Abadia dos Cem Pecados, 2014, tradução de Inês Guerreiro, Clube do Autor, 2016, ISBN 978-989-724-278-6.

 Cortesia de CdoAutor/JDACT

JDACT, Marcello Simoni, Literatura,  Conhecimento, Itália, 

sexta-feira, 8 de setembro de 2023

A Abadia dos Cem Pecados. Marcello Simoni. «Confessai! Estais às ordens do príncipe Karel? E se estivesse?, sibilou, dominando-o com o seu corpo franzino»

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A Pedra do Exílio

Planalto de Crécy. 26 de Agosto de 1346

«Rocheblanche já assentava o derradeiro golpe quando os gritos de Robert chamaram a sua atenção. Voltou-se apenas a tempo de o ver estremecer sob um golpe desferido a meio da cabeça. Vermandois vacilou, mas não caiu, e com um movimento inesperado vibrou uma pancada nos joelhos do adversário, deitando-o por terra.

Não pensando estar fora de perigo, o cavaleiro voltou-se imediatamente para o seu rival/ agora aturdido pelo impacto. Girou o pulso para o trespassar na garganta, mas deteve-se um segundo antes. A luz da Lua insinuara-se finalmente entre as abas do capuz negro, revelando algo que o fez recuar.

Um rosto de mulher.

Maynard esqueceu-se do ardor do due1o, combatido entre o fascínio daquela mulher e a curiosidade de saber o que a levara a atacá-lo.

Porque me atacais?, perguntou-lhe em tom ameaçador. Os lábios da mulher abriram-se num rosnar impiedoso. A sua voz era rouca, árida como vento de inverno. Sabemos tudo... Sabemos que sois vós que o tendes!

Ele fitou-a, desfalecido, tentando compreender o sentido daquelas palavras. O pergaminho com o anel!, explicou a mulher, quase desiludida com a sua ingenuidade. Que guardais tão zelosamente.

Uma recordação relampejou na mente de Maynard: o rapaz a surpreendê-lo na tenda com o anel na mão. Talvez aquele episódio não tivesse ocorrido por acaso. Ou talvez o rapaz o tivesse confiado a alguém, e a informação tivesse chegado aos ouvidos da pessoa errada... Ligada a Karel do Luxemburgo! Embora ignorasse o que realmente acontecera, o acto do príncipe de se aproximar com o carro ganhava agora um significado bem preciso. Cuidado, insinuara com o seu sorriso de serpente, descobri o logro.

O rapaz, exclamou de repente o cavaleiro. O que lhe haveis feito?-Afeiçoara-se a vós. A desconhecida sorriu, angelical e cruel. Em vez de continuar a espiar-vos, preferiu morrer e, aproveitando a hesitação do rival, assestou-lhe: um pontapé no joelho esquerdo. Rocheblanche caiu, mas, antes de tocar o chão, agarrou-se à capa da mulher para a arrastar consigo.

Então éreis vós na sacristia da igreja! Agarrou-lhe o pulso para evitar que lhe trespassasse um olho. Confessai! Estais às ordens do príncipe Karel? E se estivesse?, sibilou, dominando-o com o seu corpo franzino.

Dai-me o pergaminho ou mato-vos! Nunca!»  In Marcello Simoni, A Abadia dos Cem Pecados, 2014, tradução de Inês Guerreiro, Clube do Autor, 2016, ISBN 978-989-724-278-6.

Cortesia de CdoAutor/JDACT

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A Abadia dos Cem Pecados. Marcello Simoni. «Um inesperado grito de batalha lembrou-o de Vermandois. Olhou pelo canto do olho, para trás de si, e viu-o manipular uma acha contra um homem armado de espada, voltando a defender-se»

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A Pedra do Exílio

Planalto de Crécy. 26 de Agosto de 1346

«Será então como dizeis, Rocheblanche, insistiu o picardo, mas espero que no momento em que esta impressão se transformar numa ameaça tenhais ao vosso lado um companheiro ousado para vos apoiar.

O cavaleiro evitou replicar e permaneceu em silêncio até entender ter chegado o momento de virar para leste. Então, afastou-se com Robert da companhia de Filipe VI, para enveredar pela estrada que o conduziria a casa. E, como acontecia sempre que cavalgava por aquele percurso, sentiu-se invadir por um profundo fascínio.

Era a via do rei. A que se dirigia a Reims, onde os soberanos de França eram consagrados regentes ungidos com o óleo sagrado de São Remígio, na mística catedral.

Acordou de repente, mas não se mexeu. Ouvira um rumor. Abriu os olhos, encontrando-se estendido ao lado da fogueira apagada, sentiu o frio da terra em contacto com os membros, as roupas entranhadas da humidade da noite. Depois de dois dias de viagem, Rocheblanche e Vermandois tinham acampado ao ar livre para recuperar as forças e haviam adormecido. Reims já estava perto.

De novo aquele rumor, desta vez mais próximo. Maynard mexeu cuidadosamente os olhos, lembrando-se de que adormecera com o punhal na mão. Ainda não era madrugada, mas a abóbada estrelada iluminava a clareira e a mata à sua volta com um luar prateado. Foi portanto com grande clareza que avistou um vulto negro inclinado sobre si próprio.

Aterrorizado, pôs-se de pé, forçando a perna esquerda, com o resultado de se estatelar na relva. O vulto reagiu recuando e, depois, avançou de repente, assumindo uma forma elegante. Maynard entreviu o relampejar de uma lâmina curta e deslizou de lado, mesmo a tempo de evitar um golpe, respondendo ao ataque erguendo o punhal. Sentiu-o raspar contra a lâmina inimiga.

Um inesperado grito de batalha lembrou-o de Vermandois. Olhou pelo canto do olho, para trás de si, e viu-o manipular uma acha contra um homem armado de espada, voltando a defender-se. Transpôs a distância que o separava do agressor e pôs-se em guarda, apontando o punhal e suportando o peso com a perna direita. Desconhecia a identidade dos dois visitantes nocturnos, mas de certeza que não se tratava de meros salteadores. Não era porém o momento certo para fazer perguntas. E quando das trevas surgiu um novo ataque, não se deixou apanhar desprevenido. Virou o tronco para se esquivar e entrou nas defesas do adversário para lhe assestar uma forte cotovelada. A figura envolta na capa acusou o golpe e encolheu-se, embatendo no tronco de uma árvore». In Marcello Simoni, A Abadia dos Cem Pecados, 2014, tradução de Inês Guerreiro, Clube do Autor, 2016, ISBN 978-989-724-278-6.

Cortesia de CdoAutor/JDACT

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quinta-feira, 7 de setembro de 2023

A Abadia dos Cem Pecados. Marcello Simoni. «Ao contrário do companheiro, pelo menos ele ainda tinha algo por que se bater. O amor por Eudeline e o pacto de honra feito com Jane Blannen»

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A Pedra do Exílio

Planalto de Crécy. 26 de Agosto de 1346

«Avançaram por uma estrada dirigida a sul, aflorando aldeias que se iam esvaziando com receio do avanço dos ingleses. Montado no próprio cavalo, Maynard vigiava o andar indolente da égua e a natureza caprichosa de Robert, que aproveitava todas as oportunidades para dar provas da sua gabarolice. sob aquela aparente rudeza, o picardo deixava transparecer a frustração de um aristocrata que assistia ao fim do mundo para o qual sempre vivera, ou julgara viver. O cavaleiro partilhava aqueles sentimentos, embora tivesse consciência de que não se encontrava nas mesmas condições. Ao contrário do companheiro, pelo menos ele ainda tinha algo por que se bater. O amor por Eudeline e o pacto de honra feito com Jane Blannen.

A marcha para sul prosseguiu sem dificuldades especiais até à manhã do segundo dia, quando Maynard viu aproximar-se um grande carro coberto. Antes de poder dar conta disso, uma cortina do habitáculo abriu-se, deixando assomar o rosto de Karel do Luxemburgo. O príncipe não proferiu uma palavra. Limitou-se a fixá-lo, dirigindo-lhe uma saudação, seguida de um sorriso hostil. O cavaleiro retribuiu ambos, sem manifestar receio,mnas manteve-se de sobreaviso até o pano ser corrido e o carro passar adiante com um estalido de rédeas.

Descon heço o motivo, e comentou Vermandois, quase ciumento de não ter beneficiado da mesma atenção, mas estou disposto a jurar que entre vós e o príncipe não corre bom sangue.

Maynard fez um gesto displicente.

Impressão vossa, senhor, e continuou a trote, como se nada fosse». In Marcello Simoni, A Abadia dos Cem Pecados, 2014, tradução de Inês Guerreiro, Clube do Autor, 2016, ISBN 978-989-724-278-6.

Cortesia de CdoAutor/JDACT

 JDACT, Marcello Simoni, Literatura,  Conhecimento, Itália,

segunda-feira, 31 de janeiro de 2022

No 31. Comer, Orar, Amar. Elizabeth Gilbert. «Vinha tentando convencer-me de que os meus sentimentos eram comuns, apesar de todas as provas em contrário, como a conhecida com quem eu havia esbarrado na semana anterio…»

Cortesia de wikipedia e jdact

«(…) Eu estava tentando tanto não saber isso, mas a verdade continuava a insistir. Eu não quero mais estar casada. Não quero morar nesta casa grande. Não quero ter um filho. Mas todos esperavam que eu quisesse ter um filho. Eu estava com 31 anos. Meu marido e eu, estávamos juntos havia oito anos, sendo seis casados, havíamos construído nossa vida inteira com base na expectativa comum de que, uma vez superada a avançada marca dos 30 anos, eu iria querer sossegar e ter filhos. Ambos esperávamos que, a essa altura, eu já tivesse me cansado de viajar e fosse ficar feliz em morar numa casa grande e barulhenta, cheia de crianças e de colchas feitas à mão, com um jardim nos fundos e um reconfortante ensopado borbulhando em cima do fogão. (O facto de esse ser um retrato bastante fiel da minha mãe é um indicador rápido de como antigamente era difícil para mim perceber a diferença entre eu mesma e a poderosa mulher que havia me criado.) Mas eu não queria nenhuma dessas coisas, e estava arrasada por estar me dando conta disso. Pelo contrário: meus 20 anos haviam chegado ao fim, aquele prazo final dos 30 havia-se abatido sobre mim como uma sentença de morte, e eu descobri que não queria engravidar. Continuava esperando querer ter um filho, mas isso não acontecia. E eu conheço a sensação de querer alguma coisa, podem acreditar. Sei muito bem o que é desejo. Mas esse desejo não existia. Além do mais, eu não conseguia parar de pensar no que minha irmã me tinha dito certo dia, enquanto amamentava o seu primogénito: Ter um filho é como fazer uma tatuagem na cara. Precisa realmente ter a certeza de que é isso que quer antes de se comprometer.

Mas como poderia voltar atrás agora? Tudo estava no lugar certo. Supostamente, aquele deveria ser o ano. Na verdade, já vínhamos tentando engravidar havia alguns meses. Mas nada tinha acontecido (excepto pelo facto de, num arremedo quase sarcástico de uma gravidez, eu estar tendo enjôos matinais psicossomáticos e vomitando meu café-da-manhã todos os dias, aflita). E todo o mês, quando eu ficava menstruada, via-me sussurrando furtivamente no banheiro: Obrigada, obrigada, obrigada, obrigada por me dar mais um mês de vida. Eu vinha tentando convencer-me de que isso era normal. Todas as mulheres devem sentir-se assim quando estão tentando engravidar, concluí. (Ambivalente, foi a palavra que usei, evitando a descrição muito mais exacta, inteiramente dominada pelo pânico).

Vinha tentando convencer-me de que os meus sentimentos eram comuns, apesar de todas as provas em contrário, como a conhecida com quem eu havia esbarrado na semana anterior, que acabara de descobrir que estava grávida do primeiro filho depois de gastar dois anos e rios de dinheiro em tratamentos de fertilidade. Ela estava em êxtase. Sempre desejara ser mãe, disse-me. Admitiu que vinha comprando roupinhas de bebé secretamente havia anos, e escondendo-as debaixo da cama, onde seu marido não as encontraria. Vi a alegria no seu rosto e a reconheci. Era uma alegria idêntica à que meu próprio rosto havia irradiado na Primavera anterior, no dia em que descobri que a revista para a qual eu trabalhava iria me mandar para a Nova Zelândia para escrever um artigo sobre a busca por uma lula gigante». In Elizabeth Gilbert, Comer, Orar, Amar, 2006, Bertrand Editora, 2006, ISBN 978-972-251-503-0.

 ortesia de BertrandE/JDACT

JDACT, Elizabeth Gilbert, Literatura, MLCT, Aniversário, Itália, Indonésia, Índia, 

domingo, 5 de dezembro de 2021

Philippa Gregory. O Substituto. «A abadia é perto do castelo, creio que podemos pedir abrigo no mosteiro ou no convento. Iremos ao convento, decidiu Luca. A carta diz que esperam por nós»

Cortesia de wikipedia e jdact

Abadia de Lucretili. Outubro de 1453

«(…) E está me espionando? Não..., nada faço e nada sei. Está espionando quem, então? Deve ser o jovem senhor, meu pardalzinho. Pois não há ninguém além dos cavalos, e eles não são hereges ou pagãos: são os únicos animais honestos aqui. Ele está aqui como meu copista, respondeu Luca, irritado. E terá de ficar, precise eu de um copista ou não. Então modere sua língua. Eu preciso de um copista?, perguntou Freize, falando sozinho enquanto puxava as rédeas do cavalo. Não. Pois nada faço e nada sei e, se eu fizesse, não escreveria a respeito... Não confiaria as palavras a uma página. Além disso, provavelmente não saber ler nem escrever fosse um impedimento. Tolo..., disse o copista Peter, ao passar no seu cavalo. Tolo, diz ele, murmurou Freize, dirigindo-se ao cavalo e à estrada que se inclinava suavemente diante deles. É fácil falar: difícil é provar. De qualquer modo, já me chamaram de coisa pior.

Cavalgaram o dia todo num trilho, não muito maior que um caminho estreito para cabras, que subia sinuosa para além do vale fértil, junto aos platôs suaves onde cresciam oliveiras e vinhedos, e ia ainda mais alto, adentrando o bosque onde as imensas faias se coloriam de ouro e bronze. Quando veio o poente e o firmamento arqueado sobre eles ficou rosado, o copista retirou um papel do bolso interno do casaco. Ordenaram-me que lhe entregasse isto ao pôr-do-sol, falou. Perdoe-me se forem más notícias, não sei o que diz. Quem lhe deu?, perguntou Luca. O selo no verso da carta dobrada era brilhante e liso, sem timbre algum. O mestre que me contratou, o mesmo que o comanda, respondeu Peter. É assim que suas ordens chegarão: ele me diz o dia e a hora ou, às vezes, um destino, e lhe entrego as ordens quando chegar. Ficarão escondidas no seu bolso o tempo todo?, perguntou Freize. O copista assentiu, imponente. Podemos sempre virá-lo de pernas para o ar e sacudi-lo, comentou Freize, em voz baixa, com seu senhor. Faremos como nos foi ordenado, respondeu Luca, jogando as rédeas do cavalo pelo ombro para deixar as mãos livres e romper o lacre, abrindo o papel dobrado. É uma instrução para ir à abadia de Lucretili, disse. A abadia fica entre duas casas, um convento e um mosteiro. Devo investigar o convento. Estão nos esperando. Ele dobrou a carta e a devolveu a Peter. Aí diz como chegar lá?, perguntou Freize, rabugento. Caso contrário, passaremos os dias em camas sob as árvores e sem nada além de pão frio para a ceia. Castanhas de faia, suponho. Todas as castanhas que conseguirmos comer. Podemos comê-las até enlouquecer. Talvez eu tenha a sorte de encontrar um cogumelo para nós. A estrada fica bem à frente, interrompeu Peter. A abadia é perto do castelo, creio que podemos pedir abrigo no mosteiro ou no convento. Iremos ao convento, decidiu Luca. A carta diz que esperam por nós.

Não parecia que o convento estivesse esperando por alguém. Estava escurecendo, mas não havia luzes calorosas e acolhedoras, e nenhuma porta aberta. As cortinas estavam fechadas em todas as janelas da parede externa, e apenas feixes estreitos da luz de velas bruxuleavam pelas frestas. No escuro, não era possível avaliar o tamanho do prédio, tinham apenas uma ideia dos grandes muros de cada lado do largo e arqueado vão de entrada. Uma fraca lanterna de chifre estava pendurada na portinhola do enorme portão de madeira, lançando uma luz amarela e fraca para baixo. Quando Freize desmontou e bateu no portão de madeira com o punho da adaga, eles puderam ouvir alguém lá dentro reclamando do barulho e abrindo uma pequena vigia na porta para espiar o grupo. Meu nome é Luca Vero, trago dois criados, gritou Luca. Esperam por mim. Deixe-nos entrar. A vigia se fechou com um estrondo, e eles ouviram o portão ser destrancado lentamente, e as travas de madeira, erguidas. Por fim, um lado do portão se abriu numa fresta, um pouco relutante. Freize levou seu cavalo e o burro. Luca e Peter cavalgaram pelo pátio calçado de pedras enquanto uma serviçal robusta fechava o portão. Os homens desmontaram e olharam em volta enquanto uma velha ressequida, usando hábito de lã cinza e trazendo um tabardo da mesma cor amarrado na cintura por uma corda, ergueu o archote que carregava para examinar os três. Você é o homem que enviaram para a inquisição? Pois se não for e quiser apenas nossa hospitalidade, é melhor ir ao mosteiro, nossa casa irmã, disse a Peter, olhando para ele e para seu belo cavalo. Esta casa vive tempos difíceis, não queremos hóspedes». In Philippe Gregory, O Substituto, 2012, Editora Galera Record, Colecção Ordem da Escuridão, 2015, ISBN 978-850-140-319-3.

 Cortesia de EGRecord/JDACT

Itália, Século XV, JDACT, Literatura, Philippa Gregory, 

sábado, 4 de dezembro de 2021

O Substituto. Philippa Gregory. «Alguns meses depois, Luca estava na estrada de Roma cavalgando para leste. Vestia um manto simples e uma capa marrom-avermelhada, e cavalgava a sua mais nova aquisição»

Cortesia de wikipedia e jdact

O Castelo de Lucretili. Junho de 1453

«(…) Claro que não fiz isso. Lamento, fiquei bêbado como um idiota e disse a ele que poderia ir defender a própria causa. Porque abriu a porta? Porque acreditei que seu amigo era um homem honrado, assim como você. Agiu muito mal ao destrancar a porta, repreendeu o irmão. Abrir a porta de seus aposentos a um homem, a um bêbado! Você não sabe se cuidar. Meu pai tinha razão, temos de colocá-la num lugar seguro. Eu estava segura! Estava no meu próprio quarto, no meu próprio castelo, conversando com o amigo de meu irmão. Não deveria haver riscos, respondeu, zangada. Você não devia ter trazido um homem desses à nossa mesa de jantar. Meu pai nunca deveria ter acreditado que ele seria um bom marido para mim. Ela levantou-se e foi à nave central, seguida pelo irmão. Mas, afinal, o que disse que o aborreceu tanto? Isolde conteve um sorriso ao pensar na caçarola chocando contra a cabeça gorda do príncipe. Deixei meus sentimentos bem claros. E nunca mais me encontrarei com ele. Ora, isso vai ser fácil, disse Giorgio asperamente, já que nunca será capaz de se encontrar com homem algum. Se não se casar com o príncipe Roberto, terá de ir para a abadia. O testamento de nosso pai não lhe deixa alternativa. Isolde parou para absorver as palavras dele e, hesitante, pôs a mão no seu braço, perguntando como poderia convencê-lo a deixá-la livre.

Não adianta ficar assim, disse ele, de forma rude. Os termos do testamento são claros, eu lhe disse ontem à noite. Era o príncipe ou o convento. Agora é só o convento. Partirei em peregrinação, propôs. Vou para longe daqui. Não partirá. Como sobreviveria, para começar? Não consegue manter-se segura nem dentro da própria casa! Ficarei com alguns amigos de pai, qualquer um. Posso procurar o filho do meu padrinho, o conde da Valáquia, ou posso ir atrás do duque de Bradour... Ele estava sério. Não pode. Sabe que não pode. Deve fazer o que o pai ordenou. Não tenho escolha, Isolde. Deus sabe que eu faria qualquer coisa por você, mas o testamento é claro e tenho de obedecer a meu pai, assim como você. Irmão..., não me obrigue a isso. Ele virou-se para a parede em arco da capela e encostou a testa na pedra fria, como se estivesse com dor de cabeça. Irmã, nada posso fazer. O príncipe Roberto era a sua única chance de escapar da abadia. É o testamento de nosso pai. Jurei sobre sua espada, sobre sua própria espada, que cuidaria para que fosse cumprido. Minha irmã..., não há nada que eu possa fazer, nem você. Ele prometeu que deixaria sua espada para mim. É minha agora, como todo o resto. Ela pôs a mão no ombro do irmão, gentilmente. Se eu fizer um juramento de celibato, não posso ficar aqui com você? Não me casarei com ninguém. O castelo é seu, bem vejo. No fim, ele fez como todos os homens e favoreceu o filho em detrimento da filha. No fim, fez como todos os grandes homens e excluiu a mulher da riqueza e do poder. Mas, se eu morar aqui, pobre e sem poder, sem jamais ver um homem, obediente a você..., não posso ficar? Ele negou com a cabeça. Não é minha vontade, mas a dele. E é assim, como você mesma admite, que o mundo funciona. Ele a criou quase como se você tivesse nascido menino, com riqueza e liberdade demais. Mas, agora, você deve viver como uma nobre. Deveria ficar feliz, pelo menos, com a proximidade da abadia, assim não precisará se afastar muito das terras que sei que ama. Não foi mandada para o exílio, ele podia tê-la enviado a qualquer lugar. Em vez disso, ficará na nossa propriedade: na abadia. Vou vê-la de vez em quando. Levarei as novidades. Talvez depois você possa cavalgar comigo. Ishraq poderá ir comigo? Pode levar Ishraq, pode levar todas as suas damas, se desejar e se elas estiverem dispostas a ir. Mas esperam por você na abadia amanhã. Terá de ir, Isolde. Terá de fazer seus votos de freira e tornar-se abadessa. Não tem alternativa. Ele a encarou novamente e viu que tremia como uma jovem égua forçada aos arreios pela primeira vez. É como ser aprisionada, sussurrou. E não fiz nada de errado. Ele também tinha lágrimas nos olhos. É como perder uma irmã. Estou sepultando um pai e perdendo uma irmã. Não sei como será sem você por aqui.

 

Abadia de Lucretili. Outubro de 1453

Alguns meses depois, Luca estava na estrada de Roma cavalgando para leste. Vestia um manto simples e uma capa marrom-avermelhada, e cavalgava a sua mais nova aquisição. Estava acompanhado pelo criado, Freize, um jovem de ombros largos e cara quadrada, que recobrara a coragem quando Luca saiu do mosteiro e se voluntariara para trabalhar para o jovem, seguindo-o aonde a missão o levasse. O abade teve suas dúvidas, mas Freize o convenceu de que era um péssimo cozinheiro e de que seu amor pela aventura era tão forte que serviria melhor a Deus se acompanhasse um senhor extraordinário numa busca secreta ordenada pelo próprio papa, em vez de queimar o bacon dos monges resignados. O abade, secretamente feliz em se desfazer do noviço trocado pelas fadas, considerou que a perda de um criado propenso a acidentes era um preço pequeno a pagar.

Freize montava um cavalo forte de pernas curtas e guiava um burro carregado com os pertences. Na rectaguarda da procissão, ia um anexo surpresa à parceria: um clérigo, o irmão Peter, que, em cima da hora, recebeu ordem de viajar com eles e manter um registo do trabalho. Um espião, murmurou Freize pelo canto da boca. Um espião, se é que já vi um. Pálido, de mãos macias, com olhos castanhos e crédulos. Tem a cabeça rapada de um monge, mas os trajes de um cavalheiro. Um espião, sem dúvida». In Philippe Gregory, O Substituto, 2012, Editora Galera Record, Colecção Ordem da Escuridão, 2015, ISBN 978-850-140-319-3.

Cortesia de EGRecord/JDACT

Itália, Século XV, JDACT, Literatura, Philippa Gregory,

quinta-feira, 2 de dezembro de 2021

O Substituto. Philippa Gregory. «Ele vai viver, afirmou, com convicção. Mas a sua falta não seria sentida se cortássemos sua garganta na surdina. É claro que não podemos fazer isso, respondeu Isolde, trémula»

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O Castelo de Lucretili. Junho de 1453

«(…) Nas suas costas, os dedos de Isolde apertaram o cabo da caçarola. Quando Roberto parou para desamarrar a frente dos calções, ela teve um vislumbre nauseante da sua roupa de baixo cinza. Ele tentou agarrar-lhe o braço. Não preciso machucá-la, disse. Talvez você até goste... Girando o braço que segurava a caçarola, ela acertou um golpe na lateral da cabeça do homem. Brasas e cinzas caíram no seu rosto e no chão. Ele soltou um uivo de dor enquanto ela se desvencilhava e o golpeava outra vez com força; ele caiu como um boi gordo no matadouro. Isolde pegou num jarro, despejou água no carvão em brasa no tapete debaixo do homem e, com cautela, cutucou-o com o pé calçado com chinelo. Ele não se mexeu: estava inconsciente. Ela entrou numa saleta e destrancou a porta, chamando em voz baixa: Ishraq! Quando a menina apareceu, esfregando os olhos para se livrar do sono, Isolde lhe mostrou o homem caído no chão. Está morto?, perguntou a garota, com calma. Não, acho que não. Me ajude a tirá-lo daqui. As duas puxaram o tapete com o corpo flácido do príncipe Roberto pelo chão, deixando para trás uma trilha viscosa de água e cinzas. Levaram-no para a galeria na frente do quarto e pararam. Imagino que seu irmão tenha permitido que ele a procurasse? Isolde assentiu, e Ishraq virou a cabeça e cuspiu na cara branca do príncipe com desdém. Porque abriu a porta? Pensei que ele me ajudaria. Ele disse que tinha uma ideia para minha situação e depois entrou à força. Ele a machucou? Os olhos negros da menina percorreram o rosto da amiga. O que houve com sua testa? A porta bateu em mim quando ele a empurrou. Ele ia violá-la? Isolde assentiu. Então, ele que fique aqui, decidiu Ishraq. Pode recobrar a consciência no chão, como o cão que é, e se arrastar até ao quarto. Se ainda estiver aqui pela manhã, os criados o encontrarão e ele será motivo de chacota. Ela se abaixou e tentou sentir a pulsação dele no pescoço, nos pulsos e sob o cós volumoso dos calções. Ele vai viver, afirmou, com convicção. Mas a sua falta não seria sentida se cortássemos sua garganta na surdina. É claro que não podemos fazer isso, respondeu Isolde, trémula.

Elas o deixaram ali, deitado de costas como uma baleia encalhada e com os calções ainda desamarrados. Espere aqui. Ishraq foi ao próprio quarto e voltou depressa com uma caixinha na mão. Com delicadeza, usando apenas as pontas dos dedos e fazendo uma careta de nojo, mexeu nos calções do príncipe, deixando-os abertos. Então ergueu a camisa de linho, para que sua nudez flácida ficasse bem visível, tirou a tampa da caixa e jogou a especiaria na pele nua. O que está fazendo?, sussurrou Isolde. É pimenta seca, muito forte. Ele vai se coçar como se tivesse varíola e ficará com bolhas de assadura. Vai se arrepender muito desta noite. Vai ficar se coçando, arranhando e sangrando por um mês, e não incomodará mulher nenhuma por um bom tempo.

Isolde riu, estendeu a mão para a amiga, como o pai teria feito, e as duas mulheres juntaram os braços com as mãos nos cotovelos, como fazem os cavalheiros. Ishraq sorriu, e elas se viraram e voltaram ao quarto, fechando e trancando a porta diante do príncipe humilhado. Pela manhã, quando Isolde foi à capela, o caixão do pai estava fechado e pronto para ser sepultado na cripta da família, e o príncipe fora embora. Ele retirou a proposta pela sua mão, disse o irmão, com frieza, ao assumir seu posto, ajoelhando-se ao lado dela nos degraus da capela-mor. Imagino que tenha acontecido alguma coisa entre os dois? Ele é um patife, respondeu Isolde. E se você o mandou à minha porta, como ele alegou, então você me traiu. Ele baixou a cabeça». In Philippe Gregory, O Substituto, 2012, Editora Galera Record, Colecção Ordem da Escuridão, 2015, ISBN 978-850-140-319-3.

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segunda-feira, 29 de novembro de 2021

Lucrécia Borgia. Jean Plaidy. «Lucrécia sentiu uma ponta de inveja. Todos estariam dizendo: essa Giulia Farnese é mais bonita do que Lucrécia. A jovem ajoelhou-se diante de Adriana e chamou-a de mãe…»

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Monte Giordano

«(…) Orsino estava de pé ao lado de sua mãe. Adriana falara seriamente com ele sobre o seu dever, e o pobre Orsino estava mais pálido do que nunca no seu traje preto espanhol, e não parecia nada um futuro marido; seu estrabismo estava mais aflitivo do que nunca; nos momentos de tensão, ele sempre parecia mais pronunciado, e o frio olhar de sua mãe estava sempre repreendendo-o. Lucrécia também estava de preto, mas no seu vestido havia bordados em ouro e prata. Ela preferia que nem sempre eles tivessem de seguir os costumes espanhóis. Os espanhóis gostavam muito do preto para todas as ocasiões cerimoniosas, e Lucrécia adorava o escarlate vivo e em especial o tom de azul-escuro que fazia com que os seus cabelos parecessem mais dourados do que nunca. Mas o preto fazia um belo contraste com os seus olhos claros e seus cabelos louros, de modo que quanto a isso ela se achava afortunada. E enquanto ela esperava, Giulia Farnese entrou no salão. O irmão, Alessandro, um jovem de seus vinte anos, a levara. Ele era orgulhoso, tinha uma aparência distinta, e estava esplendidamente vestido; mas foi Giulia que atraiu a atenção de Lucrécia e de todos os que estavam ali reunidos, porque era bonita, e seus cabelos eram tão dourados quanto os de Lucrécia. Estava vestida à moda italiana, numa túnica azul e dourada, e parecia uma princesa de uma lenda e bonita demais para aquele clã sombrio dos Orsini.

Lucrécia sentiu uma ponta de inveja. Todos estariam dizendo: essa Giulia Farnese é mais bonita do que Lucrécia. A jovem ajoelhou-se diante de Adriana e chamou-a de mãe. Quando Orsino foi empurrado para a frente, ele caminhou desajeitadamente e foi titubeante e sem graça na saudação que fez. Lucrécia observou o adorável rosto à procura de um sinal da repulsa que sem dúvida a jovem devia estar sentindo, e esqueceu-se da inveja ao ter pena de Giulia. Mas Giulia não demonstrou emoção alguma. Foi recatada e graciosa, tudo o que se esperava dela. As duas ficaram amigas logo. Giulia era vivaz, bem-informada, e muito pronta a prestar atenção a Lucrécia quando não havia homens por perto. Giulia disse a Lucrécia que estava com quase quinze anos. Lucrécia ainda não completara dez; e aqueles anos a mais davam a Giulia uma grande vantagem. Ela era mais frívola do que Lucrécia e não estava tão disposta a aprender, nem tão ansiosa por agradar. Quando ficaram a sós, ela disse a Lucrécia que achava a senhora Adriana muito rigorosa e solene. A senhora Adriana é uma mulher muito boa, insistiu Lucrécia. Eu não gosto de mulheres boas, disse Giulia, soltando uma gargalhada. Será que é porque elas fazem com que todas nós nos sintamos muito más?, sugeriu Lucrécia. Eu prefiro ser má do que boa, disse Giulia, com uma risada. Lucrécia voltou a cabeça para trás e olhou por cima do ombro para a imagem da Virgem com o Menino Jesus, à frente da qual havia uma lamparina acesa. Oh, disse Giulia, rindo, há muito tempo para se arrepender. O arrependimento é para gente velha.

Há algumas freiras jovens no convento de San Sisto, disse Lucrécia. Aquilo fez com que Giulia soltasse uma gargalhada. Eu não fui feita para ser freira. Nem você. Ora, olhe para você! Veja como é bonita..., e vai ficar ainda mais bonita. Espere até ter a idade que eu tenho. Talvez então, Lucrécia, você fique tão bonita quanto eu e vá ter amantes, muitos amantes. Era desse tipo de conversa que Lucrécia gostava. Trazia ecos de um passado de que ela não conseguia lembrar-se. Fazia quatro anos desde que ela deixara a animação da casa de sua mãe para ir para a rígida etiqueta e a depressão espanhola de Monte Giordano. Giulia mostrou a Lucrécia como caminhar com um andar sedutor, como dar brilho aos lábios e como dançar. Giulia possuía conhecimentos secretos e permitia que Lucrécia a provocasse para revelá-los.

Lucrécia estava um tanto preocupada com Giulia; tinha medo de que se Adriana descobrisse o que ela era na realidade a mandasse embora e ela, Lucrécia, perdesse aquela emocionante companheira. Elas não deviam deixar que Adriana visse o carmim nos seus lábios. Não deviam aparecer a ela com os cabelos soltos no penteado que Giulia arrumara. Giulia nunca deveria usar nenhum dos vestidos estonteantes mas ousados que trouxera consigo. Giulia soltava risadinhas e tentava ficar cerimoniosa diante da sogra em perspectiva. Orsino nunca as perturbava, e Lucrécia percebeu que ele parecia ter mais medo da noiva do que a noiva dele. Giulia tinha uma natureza radiosa; disse a Lucrécia que saberia como lidar com Orsino quando chegasse a hora. Estava claro que todos os vestidos bem-decotados, a atenção à aparência que parecia absorver Giulia, não eram para Orsino. Lucrécia achava que Giulia devia ser muito depravada. Mas eu acredito, dizia ela para si mesma, que gosto mais de gente depravada do que de gente bem-comportada. Eu ficaria desolada se Giulia fosse embora, mas não me importaria muito se a senhora Adriana fosse». In Jean Plaidy, Lucrécia Borgia, Edição Record, 1996, ISBN 978-850-104-410-5.

 

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sábado, 6 de novembro de 2021

Lucrécia Borgia. Jean Plaidy. «Claro que não, senhora Adriana. Ele vai ser feliz. Conhece o seu dever. Tem de se casar e ter filhos. E a noiva... Em breve irá vê-la»

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Monte Giordano

«(…) Quando Lucrécia estava há três anos em Monte Giordano, Ludovico, marido de Adriana, morreu, e o palácio mergulhou no luto. Adriana cobriu-se de véus pretos e passava muito tempo com os padres que moravam lá, e Lucrécia disse para si mesma, então, que Adriana era uma mulher muito boa. Um dia, quando Lucrécia tinha voltado do convento de San Sisto para Monte Giordano e estava sentada à mesa com Adriana e Orsino, ela pensou como era triste ela e Orsino comerem e beberem usando utensílios de prata enquanto Adriana, por ser viúva, de luto do marido à moda espanhola, tivesse de fazer isso com utensílios de barro. Lucrécia inclinou-se sobre a mesa, cujo tampo era feito de mármore e de pedaços coloridos de madeira, e disse: Querida senhora Adriana, a senhora ainda está muito infeliz por ser uma viúva. Eu sei, porque minha mãe ficou infeliz quando Giorgio di Croce morreu. Ela chorava e falava sobre a sua infelicidade, e então se sentia melhor. Adriana endireitou o longo véu preto que lhe caía sobre os ombros. Eu não quero falar sobre a minha dor, disse ela. Na Espanha, dizemos que é mal-educado uma pessoa mostrar ao mundo a sua dor.

Mas nós... Orsini e eu..., não somos o mundo insistiu Lucrécia. E minha mãe... Sua mãe era italiana. Seria bom que se esquecesse da sua origem italiana. Na Espanha, compartilhar um prazer é uma coisa boa, porque ao compartilhar o que é bom a pessoa dá algo que vale a pena receber. Compartilhar a dor é implorar que o fardo da pessoa seja levado, em parte, por uma outra. Os espanhóis são orgulhosos demais para pedir favores.

O assunto estava encerrado. Lucrécia olhou para o seu prato, enrubescida. Percebeu que tinha muito o que aprender. Lamentava ter falado, e agora lançou para Orsini um olhar que implorava consolo; mas ele não estava olhando para ela. Orsini era uma das poucas pessoas que não admirava os seus cabelos amarelos e seu rosto bonito. Ela podia ser uma das cadeiras ornamentais, das quais existiam muitas nos aposentos principais do palácio, tal era a pouca atenção que ele lhe dava. Adriana estava com ar severo, e Lucrécia temia que fosse sempre desapontá-la, porque ela era uma mulher boa e sempre pensava em fazer o que era correcto. Mais tarde, naquele dia, enquanto ela e Adriana estavam sentadas juntas trabalhando numa toalha de altar, Adriana disse: Em breve vai ter uma companhia para compartilhar as suas aulas de dança e música. Lucrécia largou a linha dourada e esperou, a respiração presa. Eu vou ter uma filha, disse Adriana. Oh, mas..., uma filha! Eu pensei... Lucrécia, aos nove anos de idade, era bem-informada. Vira certas coisas lá da casa que dava para a praça; escutara as conversas dos irmãos e dos criados. Parecia incrível que a piedosa viúva pudesse ter uma filha. Adriana estava olhando para ela, surpresa, e Lucrécia voltou a enrubescer.

Meu filho está em idade de se casar, disse Adriana, com frieza. A noiva dele virá para cá em breve. Ela vai morar connosco como minha filha até que o casamento se realize. Lucrécia apanhou a agulha e começou a trabalhar, esperando esconder o seu embaraço. Será maravilhoso, senhora Adriana, disse ela, mas ficou com pena da jovem que ia casar-se com Orsino. Orsino é um dos melhores partidos de Roma,disse Adriana, como se estivesse lendo seus pensamentos. Orsino está feliz?, perguntou Lucrécia. Está dançando de alegria porque vai ter uma esposa? Orsino foi criado como um nobre espanhol. Eles, minha querida Lucrécia, não pulam de alegria como qualquer pastor italiano no Campo di Fiore. Claro que não, senhora Adriana. Ele vai ser feliz. Conhece o seu dever. Tem de se casar e ter filhos. E a noiva... Em breve irá vê-la. Vou ensinar a ela tal como ensino a vós. Lucrécia continuou a costurar, pensando na companheira que ia ganhar. Esperava que a noiva não se importasse muito..., por ter de casar-se com Orsino.

Lucrécia esperava no grande salão escuro no qual, porque se tratava de uma ocasião especial, as tapeçarias tinham sido penduradas. Eles estavam reunidos para saudar a jovem que estava sendo levada para o novo lar, e Lucrécia se

perguntava como ela estaria se sentindo. Lucrécia iria tentar logo tranquiliza-la, porque a menina talvez estivesse um pouco amedrontada. A própria Lucrécia sabia o quanto podia ser alarmante ser levada de casa para um lugar inteiramente diferente». In Jean Plaidy, Lucrécia Borgia, Edição Record, 1996, ISBN 978-850-104-410-5.

 

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Lucrécia Borgia. Jean Plaidy. «Desejava que a sua Lucrécia fosse altamente instruída, a fim de que pudesse ser uma companheira digna para ele próprio. Era vital que ela recebesse aulas de postura…»

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Monte Giordano

«(…) E César sabia que, quando o rosto do pai assumia aquela expressão, nada havia a fazer. Ele tinha de obedecer. Muito em breve, disse Roderigo a César, deixará esta casa. Irá para a universidade. Lá, meu filho, terá muita liberdade; mas primeiro quero que aprenda a agir como um nobre, e embora haja, aqui, uma disciplina como nunca viu antes, isso é necessário para torna-lo digno daquilo que virá a ser. Tenha paciência. É só por pouco tempo. E César se acalmara. O chefe da casa de Orsini era Virgínio, um dos grandes soldados da Itália, e quando ele estava em Monte Giordano o palácio parecia um acampamento militar. Virgínio berrava ordens para todos, e os criados e as aias corriam de um lado para o outro, com medo de desagradarem ao grande comandante. Por estranho que parecesse, César, que ansiava tanto por ser um soldado, não fazia observações àquele comando rígido; e pela primeira vez na vida Lucrécia viu o irmão pronto a aceitar a vontade de um terceiro. César cavalgava atrás de Virgínio, teso como um soldado, e Virgínio muitas vezes o observava e fazia o máximo para esconder o sorriso de aprovação que lhe assomava aos lábios. Ficava olhando César, nu da cintura para cima, aprendendo a lutar com alguns dos melhores professores de toda a Itália; o menino saía-se muito bem. Aquele menino para a Igreja!, disse Virgínio a Adriana e a Ludovico, marido dela. Ele nasceu para a carreira militar. Adriana respondeu: As carreiras na Igreja, meu caro Virgínio, trazem mais vantagens para um homem do que as da área militar.

É uma tragédia fazer dele um prelado. O que é que Roderigo Bórgia está pensando? No futuro dele..., e no futuro dos Bórgia. Eu lhe digo que aquele menino está destinado a ser papa. Pelo menos é isso que Roderigo Bórgia pretende fazer dele. Virgínio praguejava como os seus soldados e dava ao menino tarefas mais árduas, berrava com ele, maltratava-o, e César não reclamava. Ele sonhava ser um grande soldado. Virgínio aprovava os seus sonhos, e chegou até a querer que o menino fosse seu filho. Assim, aquele ano ficou tolerável para César e a índole de Lucrécia era tal que, ao ver o irmão conformado, ela também se conformava.

Mas quando chegou o fim do ano César já deixara o palácio Orsini e fora para Perugia, e Lucrécia chorava amargamente na sua solidão. Então, de repente, ela começou a perceber que com César ausente ela desfrutava de uma certa liberdade, de uma certa falta de tensão; descobriu que podia começar a pensar no que acontecia com ela sem levar César em consideração. Lucrécia estava crescendo, e a sua educação religiosa não podia ser negligenciada, já que formava a base da educação de todas as moças italianas de berço nobre. A maioria ia para um convento, mas Roderigo tivera muitos pensamentos aflitos sobre isso, porque o comportamento em conventos nem sempre estava acima de qualquer censura e ele estava decidido a proteger a sua Lucrécia. Era verdade que os Colonna enviavam as filhas para San Silvestre em Capite, e ele acreditava que os conventos de Santa Maria Nuova e San Sisto eram igualmente recomendáveis; por isso, decidiu que seria para o de San Sisto, na ViaÁpia, que Lucrécia deveria ir para receber a educação religiosa. Mas ela deveria ficar lá apenas por curtos períodos de tempo, e voltava com frequência para Monte Giordano, onde recebia aulas de línguas, espanhol, grego e latim, e também de pintura, música e finos trabalhos de agulha.

Não era necessário, salientara Roderigo a Adriana, que sua filhinha se tornasse uma virago (termo que na época significava apenas uma mulher erudita). Desejava que a sua Lucrécia fosse altamente instruída, a fim de que pudesse ser uma companheira digna para ele próprio. Era vital que ela recebesse aulas de postura, para que adquirisse os ares e as graças de uma mulher nobre e fosse capaz de assumir o seu lugar entre reis e princesas; ele queria que ela fosse modesta no comportamento. Sua serenidade de carácter lhe dava uma encantadora graciosidade que era aparente até mesmo aos sete anos de idade, quando começou esse curso de preparação; isso Roderigo queria que fosse preservado porque, à medida que via sua filhinha ficar cada dia mais bonita, se tornava cada vez mais ambicioso em relação a ela. As freiras de San Sisto aprenderam rapidamente a amar sua pequena pupila, não apenas por sua aparência agradável e suas maneiras encantadoras, mas devido àquele forte desejo de agradar a todos e ser amiga; e talvez também elas se lembrassem de que corriam boatos de que ela era, na verdade, filha do grande Roderigo Bórgia, o mais rico dos cardeais e aquele que, segundo se dizia nas altas rodas, tinha todas as chances de vir a ser papa». In Jean Plaidy, Lucrécia Borgia, Edição Record, 1996, ISBN 978-850-104-410-5.

 

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quarta-feira, 16 de junho de 2021

Lucrécia Borgia. Jean Plaidy. «Um grande futuro aguarda vocês dois. Confiem em mim, que vou julgar aquilo que é melhor para vocês»


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Monte Giordano

«(…) Adriana, da casa de Mila, era uma mulher muito ambiciosa. O pai, um dos sobrinhos de Calisto III, tinha ido para a Itália quando o tio se tornara papa, porque parecia que sob aquela benigna e poderosa influência poderia haver um grande futuro para ele. Adriana, portanto, era parenta de Roderigo Bórgia, que a tinha em grande estima, porque era uma mulher não apenas bonita, mas inteligente. Fora devido a essas qualidades que ela se casara com Ludovico, da nobre casa de Orsini, e os Orsini eram uma das mais poderosas famílias da Itália. Adriana tinha um filho que recebera o nome de Orsino; este menino era doente e, por ser vesgo, muito pouco atraente, mas devido à sua posição, herdeiro de uma grande fortuna, Adriana esperava conseguir um brilhante casamento para ele. Os Orsini tinham muitos palácios em Roma, mas Adriana e sua família moravam no que ficava no Monte Giordano, perto da ponte de Santo Angelo. E foi para esse palácio que Lucrécia e César foram enviados depois de se despedirem dos irmãos e da mãe. Ali, a vida era muito diferente do que na casa que dava para a Piazza Pizzo di Merlo. Com Vannozza tinha havido uma alegria despreocupada, e as crianças desfrutavam de uma grande liberdade. Podiam andar pelos vinhedos, ou fazer viagens no rio; visitavam com frequência o Campo di Fiori, onde o misturar-se com todos os tipos de pessoas lhes dera um grande prazer. César e Lucrécia perceberam que a vida realmente mudara.

Adriana inspirava um medo respeitoso. Era uma mulher bonita, mas estava sempre vestida de um preto protocolar, insistindo constantemente que não se devia esquecer que aquela era uma casa espanhola, muito embora estivesse situada no coração da Itália. Com suas imponentes torres e fortificações em ameias dominando o Tibre, o palácio era sombrio; suas grossas paredes impediam a entrada da luz do sol e da alegria da Roma que as crianças tinham conhecido e amado. Adriana nunca ria como Vannozza, e nela nada havia de calor e amor. Ela tinha muitos padres morando no palácio; havia orações constantes, e, por conseguinte, Lucrécia acreditava, naqueles primeiros anos no palácio dos Orsini, que sua mãe de criação era uma mulher muito virtuosa. César se irritava contra a disciplina, mas nem ele podia fazer qualquer coisa contra ela, até ele estava intimidado pelo sombrio palácio, pelas muitas orações e pelo sentimento de que o palácio era uma prisão na qual ele e Lucrécia tinham sido encarcerados, enquanto Giovanni pudera ir com pompa e esplendor para a Espanha e a glória.

César remoía em silêncio. Não tinha acessos de raiva como acontecia em casa de sua mãe; ficava mal humorado e às vezes sua raiva dominada deixava Lucrécia com medo. Então, ela se agarrava a ele e lhe pedia que não ficasse triste; cobria-o de beijos e bradava que era dele que ela mais gostava..., mais do que de qualquer outra pessoa no mundo, que iria amá-lo aquele dia, no dia seguinte e para sempre. Nem mesmo essa declaração conseguia acalmá-lo, e ele continuava sorumbático e infeliz, mas às vezes voltava-se para ela e a agarrava num daqueles abraços ferozes que a machucavam e a excitavam. Então, ele dizia: nós estamos juntos, irmãzinha. Sempre vamos amar um ao outro..., mais do que tudo no mundo..., mais do que tudo no mundo inteiro. Jure. E ela jurava. Às vezes, os dois ficavam deitados juntos na cama dela ou na dele. Ela ia até lá para consola-lo, e ele ia procura-la em busca de consolo. Então, ele falava sobre Giovanni e no quanto a vida era injusta. Porque o pai deles adorava Giovanni?, perguntava César. Porque César não tinha sido o escolhido para ir para a Espanha? César nunca entraria para a Igreja. Ele odiava a Igreja, odiava..., odiava.

Sua veemência a assustava. Ela se benzia e lembrava-o de que dava azar falar assim contra a Igreja. Os santos ou, talvez, o Espírito Santo poderiam ficar zangados e vir castiga-lo. Ela dizia que estava com medo; mas dizia aquilo para dar a ele a oportunidade de consola-la, de lembrá-la de que ele era o grande César, que não tinha medo de ninguém, e ela era a pequena Lucrécia, que devia ser protegida. Às vezes ela o fazia esquecer da raiva contra Giovanni. Às vezes, eles riam juntos e lembravam-se de como tinham se divertido nas idas ao Campo di Fiori. E então juravam que, acontecesse o que acontecesse, iriam sempre amar um ao outro mais do que a qualquer outra pessoa no mundo. Mas, durante aqueles primeiros meses, as crianças sentiam que eram prisioneiras. Roderigo ia visitá-los em Monte Giordano. No princípio, César pedia que os deixassem ir para casa, mas Roderigo, apesar de pai extremoso, sabia ser duro quando achava estar agindo para o bem dos filhos. Meus queridos, dizia ele, na casa de sua mãe, vocês faziam suas travessuras. Mas fazer travessuras é coisa de criancinha, não de crianças crescidas. Não é apropriado que vocês passem o tempo naquela casa humilde. Um grande futuro aguarda vocês dois. Confiem em mim, que vou julgar aquilo que é melhor para vocês». In Jean Plaidy, Lucrécia Borgia, Edição Record, 1996, ISBN 978-850-104-410-5.

 

Cortesia de ERecord/JDACT

 

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