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quarta-feira, 15 de novembro de 2023

La Biblia de Barro. Julia Navarro. «Aquí, en Roma. Le he encontrado por casualidad, hojeando un periódico. Sé que no te gusta internet, pero entra y busca cualquier periódico italiano, en las páginas de cultura, allí le encontrarás»

Cortesia de wikipedia

«Llovía sobre Roma cuando el taxi se detuvo en la plaza de San Pedro. Eran las diez de la mañana. El hombre pagó la carrera y sin esperar el cambio, apretando bajo el brazo un periódico, se acercó con paso muy vivo hasta el primer control en el que rutinariamente se comprobaba si los visitantes entraban en la basílica correctamente vestidos. Nada de pantalones cortos, minifaldas,tops o bermudas. Ya en el interior del templo, el hombre ni siquiera se detuvo ante la Piedad de Miguel Ángel, la única obra de arte que entre las muchas que atesora el Vaticano lograba conmoverle. Dudó unos segundos hasta orientarse y después se dirigió hacia los confesionarios, donde a esa hora sacerdotes de distintos países escuchaban en su lengua materna a fieles llegados de todas partes del mundo.

De pie, apoyado en una columna, aguardó impaciente a que otro hombre acabara su confesión. Cuando le vio levantarse, se dirigió hacia el confesionario. Un letrero informaba de que aquel sacerdote ejercía su ministerio en italiano. El sacerdote esbozó una sonrisa al contemplar la figura enjuta de aquel hombre enfundado en un traje de buen corte; tenía el cabello blanco cuidadosamente peinado hacia atrás y el ademán impaciente de quien está acostumbrado a mandar. Ave María Purísima. Sin pecado concebida. Padre, me acuso de que voy a matar a un hombre. Que Dios me perdone! Tras decir estas palabras, el anciano se incorporó y, ante los ojos atónitos del sacerdote, se perdió veloz entre el enjambre de turistas que abarrotaban la basílica. Junto al confesionario, tirado en el suelo, dejó un periódico arrugado. El religioso tardó unos minutos en recuperarse. Otro hombre se había arrodillado y le preguntaba impaciente: Padre, padre…, se encuentra bien? Sí, sí… no, no… perdone…

Salió del confesionario y recogió el periódico. Recorrió con la mirada la página en la que estaba abierto: concierto de Rostropovich en Milán; éxito de taquilla de una película sobre dinosaurios; congreso en Roma de arqueología con la participación de reputados profesores y arqueólogos: Clonay, Miller, Smidt, Arzaga, Polonoski, Tannenberg, aparecendo este último nombre rodeado por un círculo rojo… Dobló el periódico y, con la mirada perdida, abandonó el lugar, dejando con la palabra en la boca a aquel hombre que seguía de rodillas esperando para confesar sus pecados y penas.

Quiero hablar con la señora Barreda. De parte de quién? Soy el doctor Cipriani. Un momento, doctor. El anciano se pasó una mano por el cabello y sintió un ataque de claustrofobia. Respiró hondo intentando tranquilizarse, mientras dejaba vagar la mirada por aquellos objetos que le habían acompañado en los últimos cuarenta años. Su despacho olía a cuero y a tabaco de pipa. Sobre su mesa reposaba un marco con dos fotos, la de sus padres y la de sus tres hijos. Había colocado la de sus nietos sobre la repisa de la chimenea. Al fondo, un sofá y un par de sillones de oreja, una lámpara de pie con tulipa color crema; los estantes de caoba que recubrían las paredes y albergaban miles de libros, las alfombras persas… aquél era su despacho, estaba en su casa, tenía que tranquilizarse. Carlo!

Mercedes, le hemos encontrado! Carlo, qué dices?… La voz de la mujer delataba mucha tensión. Parecía desear y temer, con igual intensidad, la explicación que estaba a punto de escuchar. Entra en internet, busca en la prensa italiana, en cualquier periódico, en las páginas de cultura, ahí está. Estás seguro? Sí, Mercedes, estoy seguro. Por qué en las páginas de cultura? No recuerdas lo que se decía en el campo? Sí, claro, sí… Entonces él… Lo haremos. Dime que no te vas a echar atrás. No, no lo haré. Tú tampoco, ellos tampoco, les voy a llamar ahora. Tenemos que vernos. Queréis venir a Barcelona? Tengo sitio para todos… Da lo mismo dónde. Luego te llamo, ahora quiero hablar con Hans y con Bruno.

Carlo, de verdad es él? Estás seguro? Debemos comprobarlo. Ponle bajo vigilancia, no puede volver a perderse, no importa lo que cueste. Si quieres te mando ahora mismo una transferencia, contrata a los mejores, que no se pierda… Ya lo he hecho. No le perderemos, descuida. Te volveré a llamar. Carlo, me voy al aeropuerto, cojo el primer avión que salga para Roma, no me puedo quedar aquí… Mercedes, no te muevas hasta que te llame, no podemos cometer errores. No escapará, confía en mí. Colgó el teléfono sintiendo la misma angustia que había notado en la mujer. Conociéndola, no descartaba que en dos horas le llamara desde Fiumicino. Mercedes era incapaz de quedarse quieta y esperar, y en aquel momento menos que nunca.

Marcó un número de teléfono de Bonn y esperó impaciente a que alguien respondiera. Quién es? El profesor Hausser, por favor? Quién le llama? Carlo Cipriani. Soy Berta! Qué tal está usted? Ah, querida Berta, qué alegría escucharte! Cómo están tu marido y tus hijos? Muy bien, gracias, con ganas de volver a verle, no se olvidan de las vacaciones que pasamos hace tres años en su casa de la Toscana, nunca se lo agradeceré bastante, nos invitó en un momento en que Rudolf estaba al borde del agotamiento y… Vamos, vamos, no me des las gracias. Estoy deseando volver a veros, estáis siempre invitados. Berta, está tu padre? La mujer percibió el apremio en la voz del amigo de su padre e interrumpió la charla no sin cierta preocupación. Sí, ahora se pone. Está usted bien? Pasa algo? No, querida, nada, sólo quería charlar un rato con él. Sí, ahora se pone. Hasta pronto, Carlo. Ciao, preciosa!

No pasaron más que unos breves segundos antes de que la voz fuerte y rotunda del profesor Hausser le llegara a través de la línea telefónica. Carlo… Hans, está vivo! Los dos hombres se quedaron en silencio, cada uno escuchando la respiración cargada de tensión del otro. Dónde está? Aquí, en Roma. Le he encontrado por casualidad, hojeando un periódico. Sé que no te gusta internet, pero entra y busca cualquier periódico italiano, en las páginas de cultura, allí le encontrarás. He contratado a una agencia de detectives para que le vigilen las veinticuatro horas y le sigan vaya a donde vaya si deja Roma. Nos tenemos que ver. Ya he hablado con Mercedes, ahora llamaré a Bruno. Iré a Roma». In Julia Navarro, A Bíblia de Barro, 2005, Bertrand Editora, 2022, ISBN 978-972-254-359-0.

 

Cortesia de BertrandE/JDACT

 

JDACT, Julia Navarro, Literatura, Itália, 

Dispara, eu já estou morto. Julia Navarro. «… tentam ver-nos de forma diferente. Mas julgam que ser judeu é algo mau..., atreveu-se a dizer Samuel, dizem que matámos o profeta Jesus. Jesus era judeu. E porque é que o matámos?»

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S. Petersburgo - Paris

«Após várias semanas de viagem, Isaac e Samuel chegaram a Paris; ali souberam as notícias dos distúrbios que estavam a acontecer por toda a Rússia. Assassinaram o czar. Ouvi dizer que há judeus implicados na conspiração, anunciou monsieur Elias. Não pode ser! O czar melhorou as condições de vida da nossa comunidade. O que é que nós, judeus, ganharíamos com o seu desaparecimento?, respondeu Isaac. Parece que alguns estão a fazer justiça com as suas próprias mãos e atacaram algumas aldeias judias das zonas de residência..., acrescentou monsieur Elias.

É a desculpa de que precisavam todos os que se opunham à política do czar para com os judeus! Espero que imperem a razão e a verdade. É terrível que na Rússia não permitam aos judeus saírem das zonas de residência, lamentou-se monsieur Elias. Pelo menos em França podemos viver nas cidades, e aqui mesmo, no coração de Paris. Devemos a maldita ideia das zonas de residência à czarina Catarina. Os conselheiros da Grande Catarina quiseram cortar as asas aos nossos artesãos e mercadores. Mas agora são muitos os judeus que vivem mesmo em São Petersburgo. São necessárias autorizações especiais, mas podem conseguir-se, explicou Isaac.

 Sim, mas não para todos, respondeu monsieur Elias. Ainda bem que a vossa casa não está longe de Varsóvia. Temeria por vocês se vivessem em Moscovo ou em São Petersburgo. Não podiam esconder a preocupação que os invadia. As notícias que chegavam da Rússia eram tão confusas que os faziam temer pelo destino da família. O Samuel e eu vamos regressar imediatamente. Não me acalmarei até ver a minha esposa e os meus filhos. Sei que a minha mãe cuida deles, mas não posso deixá-los sozinhos mais tempo. Eu também não ficarei descansado até saber que chegaste e receber notícias tuas a comunicar-me que estão todos bem. Deves partir assim que possível.

Dois dias depois receberam a visita de um velho amigo de monsieur Elias, um homem bem relacionado na corte. Não podem regressar. Estão a matar centenas de judeus. Os distúrbios começaram em Yelisavetgrad, mas espalharam-se por toda a Rússia, explicou o visitante. Monsieur Elias ficava magoado com a situação. Talvez seja perigoso regressarem..., disse sem muita convicção, porque no fundo do seu coração desejava saber o mais depressa possível que a sua querida filha Ester e os seus netos não corriam qualquer perigo. Não podemos ficar aqui, tenho de regressar. A minha mulher e os meus filhos podem precisar de mim, respondeu Isaac sem vacilar.

Talvez devesses deixar o Samuel comigo. Não para de tossir e há dias em que a febre o deixa prostrado na cama. Eu sei, mas não posso deixá-lo aqui. A Ester nunca mo perdoaria. Ama todos os nossos filhos da mesma forma, mas com o Samuel sofreu muito devido à sua saúde fraca. Se não regressarmos juntos vai pensar que lhe aconteceu alguma coisa. Conheço a minha filha, sei que iria preferir que o Samuel ficasse aqui a salvo. Monsieur Elias não conseguiu convencer o meu avô Isaac, que, assim que pôde, partiu. Viajou com o Samuel numa diligência, puxada por bons cavalos, com outros dois comerciantes que tinham como destino Varsóvia e que, alarmados como eles, regressavam às suas casas. Pai, a mãe está bem? E o Friede e a Anna? Não lhes aconteceu nada, pois não? Samuel não deixava de pedir ao seu pai notícias da sua mãe e dos seus irmãos.

A viagem pareceu-lhes eterna. Mal conseguiam dormir à noite naquelas pousadas, onde, por serem judeus, nem sempre eram bem recebidos. Em  várias ocasiões tiveram até de dormir ao relento, porque não lhes quiseram dar alojamento. Em que é que somos diferentes?, perguntou Samuel ao seu pai uma noite enquanto descansavam juntos numa estreita cama de um mísero hotel na Alemanha. Achas que somos diferentes?, respondeu o bondoso Isaac. Eu vejo-me igual a toda a gente, mas sei que os outros não nos veem iguais a eles e não sei porquê. Não percebo porque há rapazes que não querem brincar connosco, nem porque não vamos com frequência à cidade, e quando o fazemos tu e a mãe parecem ter medo. Caminhamos com a cabeça baixa, como se assim não nos vissem ou incomodássemos menos. É por isso que acho que somos diferentes; temos alguma coisa de que os outros não gostam, mas não sei o que é, por isso é que te pergunto. Não somos diferentes, Samuel, são os outros que tentam ver-nos de forma diferente. Mas julgam que ser judeu é algo mau..., atreveu-se a dizer Samuel, dizem que matámos o profeta Jesus. Jesus era judeu. E porque é que o matámos?» In Julia Navarro, Dispara, eu já estou morto, Editora Bertrand, 2014, ISBN 978-972-252-905-1.

 Cortesia de EBertrand/JDACT

JDACT, Julia Navarro, Literatura, Médio Oriente, Conhecimento,

sábado, 11 de novembro de 2023

Dispara, eu já estou morto. Julia Navarro. «Não te preocupes, o nosso Samuel já é quase um homem, consolou-a a sua sogra, Sofia, e o Isaac vai saber cuidar dele. Tenta sobretudo que não arrefeça…»

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Jerusalém, época actual

«Se na Europa Ocidental as nossas condições de vida mudaram, e muitos judeus se tornaram homens proeminentes e políticos importantes, na Rússia isso não aconteceu. Porquê? O czar e os seus governos eram profundamente reacionários e temerosos de tudo o que julgavam diferente. De tal forma que faziam os judeus viver nas chamadas zonas de residência, situadas nas cidades do sul da Rússia, Polónia, Lituânia, Ucrânia, que então faziam parte do Império Russo. A lealdade dos judeus, quando Napoleão invadiu o país, nem sequer teve influência no espírito da corte russa. Catarina não nos queria, na verdade era difícil encontrar um czar ou uma czarina que nos quisesse como súbditos. Refere-se a Catarina, a Grande. Sim, claro, fez o que estava ao seu alcance para nos expulsar. Mas não conseguiu... Não, não conseguiu; teve de se resignar a aprovar medidas que limitavam as actividades dos judeus. Não eram muitos os judeus que viviam dignamente naquele tempo: alguns comerciantes, alguns prestamistas, alguns médicos... Sim, alguns conseguiram autorizações especiais e foi-lhes permitido viver quase como cidadãos normais. Já ouviu falar dos pogroms?

Naturalmente, sei o que foram os pogroms. Em 1881, houve um atentado contra o czar Alexandre II e entre os participantes do complô havia uma mulher judia, Gesia Gelfman. Na verdade, a sua participação não foi relevante, mas serviu de desculpa para se desencadear uma selvajaria contra os judeus de todo o império. Aquele pogrom começou em Yelisavetgrad, e estendeu-se a Minsk, Odessa, Balti... Milhares de judeus foram assassinados. Um ano depois, muitos dos que sobreviveram tiveram de abandonar tudo o que tinham porque o novo czar, Alexandre III, assinou uma ordem de expulsão. A sua família sofreu aqueles pogroms? Está interessada em saber? Sim, murmurou ela. Precisava que o homem relaxasse. Ela também precisava disso.

Se tiver tempo para ouvir a história... Pode ser uma forma de entender melhor as coisas.

S. Petersburgo - Paris

O meu avô paterno era comerciante de peles, tal como o seu pai, Simão. Viajavam pela Europa a vender peles russas aos peleiros, que com elas cosiam sofisticados casacos para as suas clientes ricas. As suas melhores clientes encontravam-se em França. Em Paris, Simão tinha um amigo peleiro, Monsieur Elias. Quando Simão morreu, o meu avô Isaac continuou com o negócio e ampliou-o. O meu avô Isaac costumava trocar parte da sua mercadoria por esses casacos já confecionados que depois vendia na corte de São Petersburgo. As aristocratas russas gostavam de tudo o que chegava de Paris. A minha avó Ester era francesa, filha de Monsieur Elias, que não conseguiu evitar que o jovem Isaac levasse a sua menina, por mais que se opusesse.

Monsieur Elias tinha ficado viúvo e Ester era a sua única filha. Isaac e Ester casaram em Paris e dali viajaram até uma aldeia próxima de Varsóvia, para a casa onde Isaac vivia com a sua mãe viúva, Sofia. Tiveram três filhos, Samuel, Anna e Friede, o mais novo. Tinham todos um ano de diferença entre eles. Monsieur Elias lamentava-se sempre por ter a sua filha e os seus netos longe e, quando Samuel, o meu pai, fez dez anos, o meu avô Isaac decidiu levá-lo com ele para França para conhecer o seu avô. Samuel tinha problemas de saúde e a sua mãe separou-se dele muito apreensiva. Sabia que para Monsieur Elias seria uma dádiva conhecer o seu neto mais velho, mas perguntava-se se Samuel seria capaz de aguentar os inconvenientes de uma viagem tão longa.

Não te preocupes, o nosso Samuel já é quase um homem, consolou-a a sua sogra, Sofia, e o Isaac vai saber cuidar dele. Tenta sobretudo que não arrefeça e, se tiver febre, fiquem numa pousada e dá-lhe este xarope. Vai aliviá-lo, insistiu Ester. Vou saber cuidar do nosso filho; cuida tu dos outros, não os percas de vista, sobretudo o Friede, o menino é demasiado inquieto. Parto em paz sabendo que não estão sozinhos, que contas com o apoio da minha mãe. Para Isaac tinha sido um alívio que Ester se desse bem com a sua mãe. Sofia tinha uma personalidade forte, mas rendera-se à bondade de Ester. Nora e sogra pareciam mãe e filha». In Julia Navarro, Dispara, eu já estou morto, Editora Bertrand, 2014, ISBN 978-972-252-905-1.

Cortesia de EBertrand/JDACT

JDACT, Julia Navarro, Literatura, Médio Oriente, Conhecimento, 

terça-feira, 7 de novembro de 2023

Dispara, eu já estou morto. Julia Navarro. «E não vim de lado nenhum. Nasci aqui. Na Palestina? Sim, em Israel. Surpreende-a? Não... Na verdade, os meus pais eram russos e os meus antepassados polacos. Há muitos russos de origem polaca; já sabe que a Polónia sempre esteve na mira dos russos…»

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Jerusalém, época actual

« Se lhe parece bem, dar-lhe-ei o questionário que trago preparado e que servirá de base para o relatório que devo redigir. Imagino que vai falar com mais pessoas... Sim, tenho uma longa lista de entrevistas: funcionários, deputados, diplomatas, membros de outras ONG, organizações religiosas, jornalistas... E palestinianos. Imagino que vai falar com eles. Claro, já o fiz. Eles são o motivo do meu trabalho. Antes de vir para Israel estive na Jordânia e tive oportunidade de falar com muitos palestinianos que tiveram de fugir depois de cada conflito.

A senhora perguntava-me pelo sofrimento dos deslocados... Bem, eu poderia falar-lhe durante horas, dias, semanas inteiras sobre o sofrimento. Era difícil acreditar que aquele homem alto e forte, que, apesar da sua idade, emanava confiança em si próprio com aquele olhar cinzento de aço, que mostrava que tinha uma grande paz interior, soubesse verdadeiramente o que era o sofrimento alheio. Não lhe ia negar que tivesse sofrido, mas isso não implicava que fosse capaz de sentir a dor dos outros.

Como é que sabe que aqui houve uma aldeia árabe?, perguntou de repente captando o desconcerto dela. Na minha organização temos informação pormenorizada sobre todas as vilas e aldeias da Palestina, até das que já não existem desde a ocupação. Ocupação? Sim, desde que chegaram os primeiros emigrantes judeus até à proclamação do Estado de Israel, além de tudo o que aconteceu posteriormente. O que é que quer saber? Quero que me fale da política de ocupação dos assentamentos ilegais, das condições de vida dos palestinianos que veem as suas casas demolidas por acções de vingança... da razão por que continuam a levantar assentamentos em lugares que não vos pertencem... Pretendia falar sobre tudo isto com o seu filho. Sei que o Aaron Zucker é um dos mais firmes defensores da política de assentamentos.

Os seus artigos e conferências tornaram-no famoso. O meu filho é um homem honrado, um militar corajoso que serviu no exército, e sempre se destacou por dizer em voz alta o que pensa, sem se preocupar com as consequências. É mais simples lamentar-se pela política de assentamentos, até não dizer nada, do que apoiá-la intimamente. Na minha família preferimos dar a cara. É por isso que estou aqui, é por isso que o Ministério dos Negócios Estrangeiros me mandou falar com o seu filho. É um dos líderes sociais de Israel. A senhora acha que quem defende os assentamentos é quase um monstro...

Marian encolheu os ombros. Não lhe ia dizer que, de facto, era o que pensava. A entrevista não estava a correr como tinha previsto. Dir-lhe-ei o que penso: não sou partidário de que se construam novos assentamentos. Defendo o direito dos palestinianos a terem o seu próprio Estado. Pois, mas o seu filho Aaron pensa justamente o contrário. Mas é comigo que está a falar. E não olhe para mim como se eu fosse um velhinho, não sou nenhum ingénuo. A porta da sala abriu-se e apareceu um jovem alto, vestido de soldado, com uma pistola-metralhadora pendurada ao ombro. Marian assustou-se. É o meu neto Jonas. Com que então a senhora é a da ONG... Desculpe, mas não consegui deixar de ouvir as suas últimas palavras. Gostaria de lhe dar também a minha opinião, se o meu avô me permitir.

O Jonas é filho do Aaron, explicou Ezequiel Zucker a Marian. A política de assentamentos não se deve a um capricho, trata-se da nossa segurança. Olhe para o mapa de Israel, repare nas nossas fronteiras... Os assentamentos fazem parte da frente em que nos vemos obrigados a lutar, afirmou Jonas com tal convicção que Marian ficou incomodada e sentiu uma aversão instintiva face àquele jovem. Lutam contra mulheres e crianças? Que glória há em demolir as casas onde vivem de forma precária as famílias palestinianas?, perguntou Marian.

Por acaso devemos deixar-nos matar? As pedras ferem. E nessas aldeias onde parece que vivem pacíficas famílias também há terroristas. Terroristas? O senhor chama terrorista a quem defende o seu direito a viver na aldeia onde nasceu? Além disso, a política de assentamentos só procura ficar com um território que não vos pertence. As resoluções das Nações Unidas sobre as fronteiras de Israel são suficientemente claras. Mas o seu país tem uma política de factos consumados. Constroem um assentamento nas zonas onde os palestinianos vivem, encurralam-nos, fazem-lhes a vida impossível até conseguirem que se vão embora.

A senhora é uma mulher apaixonada, não sei porque é que se incomoda em vir aqui para redigir um relatório. É evidente que tem as ideias bem arrumadas, nada do que o meu avô ou o meu pai lhe possam dizer mudaria a sua forma de pensar. Estou enganado? Tenho a obrigação de ouvir todas as partes. Tenta cumprir uma formalidade, nada mais. Jonas, já chega, deixemos a senhora Miller fazer o seu trabalho. A voz de Ezequiel Zucker não dava lugar a uma nova resposta do seu neto. Está bem, já estava de saída. E o jovem saiu sem se despedir. Marian leu nos olhos cinzentos de Ezequiel Zucker que ia dar por terminada aquela conversa com a qual ela não tinha sabido lidar, mas não se podia ir embora. Ainda não. Acho que vou aceitar o chá que me ofereceu. Agora era ele quem parecia desconcertado. Não tinha vontade de continuar a conversar com aquela mulher, mas também não se queria mostrar grosseiro.

Quando regressou com o chá encontrou-a a olhar pela janela. Não era uma mulher bonita, mas sim atraente. De estatura média, magra, com o cabelo preto apanhado. Calculou que já há algum tempo deveria ter feito quarenta anos, que estava mais perto dos cinquenta. Sentia-a desassossegada e esse desassossego pareceu-lhe contagiante. Naquela direcção, está Jerusalém, disse ele enquanto colocava a bandeja com o chá numa mesinha baixa. Eu sei, respondeu Marian. Esforçava-se por mostrar um sorriso, mas ele já não parecia disposto a conversar. Antes disse que podia falar semanas inteiras sobre sofrimento... Sim, podia, respondeu ele de forma brusca.

De onde é, Ezequiel? Qual é o seu país de origem? Sou israelita. Esta é a minha pátria. Imagino que para um judeu o mais importante seja sentir que tem uma pátria, disse ela ignorando o tom distante do homem. A nossa pátria, sim. Não foi oferecida. Tínhamos direito a ela. E não vim de lado nenhum. Nasci aqui. Na Palestina? Sim, em Israel. Surpreende-a? Não... Na verdade, os meus pais eram russos e os meus antepassados polacos. Há muitos russos de origem polaca; já sabe que a Polónia sempre esteve na mira dos russos e, de cada vez que estes ficavam com um pedaço de terra polaca, os judeus polacos passavam a ser russos. A vida dos judeus não era fácil na Rússia, de facto não o era em nenhum lugar da Europa, embora a Revolução Francesa tenha dado uma reviravolta à nossa situação. As tropas de Napoleão exportavam a ideia da liberdade onde quer que fossem, mas essas ideias chocaram com a Rússia dos czares». In Julia Navarro, Dispara, eu já estou morto, Editora Bertrand, 2014, ISBN 978-972-252-905-1.

Cortesia de EBertrand/JDACT

JDACT, Julia Navarro, Literatura, Médio Oriente, Conhecimento, 

Dispara, eu já estou morto. Julia Navarro. «Aquele homem desconcertava-a. Não lhe queria dizer o seu nome, claro que não pensava tratá-lo pelo dele, mas se ele decidia dar por encerrada a conversa, então... então teria desperdiçado a melhor oportunidade…»

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Jerusalém, época actual

«Uns minutos mais tarde, saiu da via rápida e dirigiu-se a uma estrada que conduzia a um grupo de casas situadas sobre uma colina. Estacionou o carro em frente a um edifício de pedra de três andares, idêntico a outros que se erguiam sobre um terreno rochoso; dali, nos dias claros, conseguia-se ver as muralhas da Cidade Velha.

Apagou o cigarro no cinzeiro do carro e respirou fundo. Aquele lugar parecia uma urbanização burguesa, como tantas outras. Casas de vários andares, rodeadas de jardins ocupados por baloiços e escorregas para as crianças e carros alinhados junto a passeios impolutos. Respirava-se tranquilidade, segurança. Não lhe custava imaginar como eram as famílias que agora viviam dentro daquelas casas, embora soubesse como tinha sido esse lugar há décadas. Tinham-lho contado alguns velhos palestinianos, com o olhar perdido nas lembranças daqueles dias nos quais eram eles que viviam nesse pedaço de terra, porque ainda não tinham chegado os outros, os judeus.

Subiu as escadas. Mal tocou à campainha, a porta abriu-se. Uma mulher jovem, que nem sequer teria trinta anos, recebeu-a sorridente. Vestia-se informalmente, com calças de ganga, uma t-shirt larga e ténis. O seu aspecto era igual ao de tantas outras jovens, mas ter-se-ia destacado entre milhares pelo seu franco sorriso e o seu olhar carregado de bondade. Entre, estávamos à sua espera. É a senhora Miller, não é? Sim. Eu sou a Hanna, a filha do Aaron Zucker. Lamento que o meu pai esteja a viajar, mas, como insistiram tanto do ministério, o meu avô vai recebê-la. Da minúscula entrada passaram para uma sala espaçosa e luminosa. Sente-se, vou avisar o meu avô. Não é preciso, estou aqui. Sou o Ezequiel Zucker, disse uma voz procedente do interior da casa. Um momento depois apareceu um homem. A senhora Miller cravou o olhar nele. Era alto, tinha o cabelo grisalho e os olhos de cor cinzenta; apesar da idade, parecia ágil.

Apertou-lhe a mão com força e convidou-a a sentar-se. Então a senhora queria ver o meu filho... Na verdade queria conhecê-los aos dois, embora sobretudo ao seu filho, já que é um dos principais impulsionadores da política de assentamentos... Sim, e é tão convincente que o ministério lhe envia os visitantes mais críticos para ele lhes explicar a política de assentamentos. Bem, estou à sua disposição, senhora Miller.

Avô, interrompeu Hanna,se não te importas, vou andando. Tenho uma reunião na universidade. O Jonas também está prestes a sair. Não te preocupes, eu desenrasco-me sozinho. De quanto tempo precisa?, perguntou Hanna à senhora Miller. Tentarei não o cansar... Uma hora, talvez um pouco mais...,respondeu a mulher. Não há pressa, disse o ancião, na minha idade o tempo não conta. Ficaram sozinhos e ele reparou na sua tensão. Ofereceu-lhe chá, mas ela recusou. Então, a senhora trabalha para uma dessas ONG que recebem subsídios da União Europeia. Trabalho para a Refugiados, uma organização que estuda no terreno os problemas que as populações deslocadas sofrem devido a conflitos bélicos, catástrofes naturais... Tentamos avaliar o estado dos deslocados, e se as causas que provocaram o conflito estão em vias de solução, ou quanto pode durar a sua situação, e se julgarmos conveniente instamos os organismos internacionais a adoptarem medidas para atenuar o sofrimento dos deslocados. Os nossos estudos são rigorosos e por isso recebemos ajuda de instituições comunitárias.

Sim, conheço os relatórios da Refugiados sobre Israel. Sempre críticos. Não se trata de opiniões, mas sim de realidades, e a realidade é que, desde 1948, milhares de palestinianos tiveram de abandonar os seus lares, viram-se despojados das suas casas, das suas terras. O nosso trabalho é avaliar a política de assentamentos que aumenta o número de deslocados. Aqui onde nos encontramos, nesta colina, houve uma aldeia palestiniana da qual não resta nada. Sabe que destino tiveram os habitantes dessa aldeia? Onde estão agora? Como sobrevivem? Poderão algum dia recuperar o lugar onde nasceram? O que é que o senhor sabe sobre o seu sofrimento?

Arrependeu-se imediatamente das suas últimas palavras. Aquele não era o caminho. Não podia mostrar tão abertamente os seus sentimentos. Tinha de tentar manter uma atitude mais neutra. Nada de comprazimento, mas de aversão também não. Mordeu o lábio inferior enquanto esperava pela resposta do homem. Como se chama?, perguntou ele. Desculpe? Pergunto-lhe o seu nome. É muito impessoal tratá-la por senhora Miller. A senhora pode tratar-me por Ezequiel. Bem, não sei se é o mais correcto... Tentamos não confraternizar quando estamos a trabalhar. A minha intenção não é confraternizar consigo, mas sim que nos tratemos pelos nossos respectivos nomes. Quer dizer... não estamos no Palácio de Buckingham! A senhora está na minha casa, é minha convidada e peço-lhe que me chame Ezequiel.

Aquele homem desconcertava-a. Não lhe queria dizer o seu nome, claro que não pensava tratá-lo pelo dele, mas se ele decidia dar por encerrada a conversa, então... então teria desperdiçado a melhor oportunidade que alguma vez ia ter para levar a cabo aquilo que tanto a atormentava. Marian. Marian? Não me diga... É um nome comum. Não se desculpe por se chamar Marian. Sentiu raiva. Ele tinha razão, estava a desculpar-se pelo seu nome, e não tinha motivos para isso». In Julia Navarro, Dispara, eu já estou morto, Editora Bertrand, 2014, ISBN 978-972-252-905-1.

Cortesia de EBertrand/JDACT

JDACT, Julia Navarro, Literatura, Médio Oriente, Conhecimento,

Dispara, eu já estou morto. Julia Navarro. «Desde que a fora buscar ao aeroporto há quatro dias, tinha reparado na sua tensão, no seu desconforto. Ficava incomodado com a distância que ela colocava entre eles ao insistir que lhe chamasse senhora Miller»

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Jerusalém, época actual

«Há momentos na vida em que a única forma de nos salvarmos a nós próprios é matando ou morrendo. Aquela frase de Mohamed Ziad atormentava-a desde o momento em que a tinha ouvido dos lábios do seu filho Wadi Ziad. Não conseguia deixar de pensar naquelas palavras enquanto conduzia sob um sol implacável que dourava as pedras do caminho. A mesma cor dourada das casas que se amontoavam na nova cidade de Jerusalém, construídas com essas pedras enganosamente suaves, mas duras como as rochas das pedreiras de onde tinham sido arrancadas. Conduzia devagar deixando que o seu olhar vagueasse pelo horizonte onde as montanhas da Judeia lhe pareciam próximas.

Sim, ia devagar embora tivesse pressa; no entanto, precisava de saborear aqueles instantes de silêncio para evitar que as emoções a dominassem. Duas horas antes não sabia que ia dar início ao caminho que a levaria para o seu destino. Não é que não estivesse preparada. Estava. Mas ela, que gostava de planear até ao último detalhe da sua vida, tinha ficado surpreendida com a facilidade com que Joël tinha conseguido o encontro. Bastara uma dúzia de palavras. Já está, vai receber-te ao meio-dia. Tão cedo? São dez horas, tens tempo suficiente, não é muito longe. Eu indico-te no mapa, não é complicado chegar lá. Conheces bem o sítio? Sim, e também os conheço a eles. A última vez que lá estive foi há três semanas com o pessoal da Acção pela Paz.

Não sei como é que confiam em ti. E porque é que não haviam de confiar? Sou francês, tenho bons contactos, e as almas inocentes das ONG precisam de quem as oriente nas confusões burocráticas de Israel, alguém que lhes trate das autorizações para atravessar para Gaza e para a Cisjordânia, que consiga uma entrevista com algum ministro perante o qual protestar pelas condições em que os palestinianos vivem; proporciono-lhes camiões a bom preço para transferirem a ajuda humanitária de um lugar para outro... A minha organização faz um bom trabalho. Tu podes confirmá-lo. Sim, vives dos bons sentimentos do resto do mundo. Vivo de prestar um serviço a quem vive da má consciência dos outros.

Não te queixes, nem sequer há um mês que entraram em contacto connosco, e durante esse tempo consegui-te encontros com dois ministros, com parlamentares de todos os grupos, com o secretário da Histadrut, acesso facilitado para entrar nos Territórios, conseguiste entrevistar muitos palestinianos... Estás há quatro dias aqui e já cumpriste metade do programa que tinhas previsto. Joël olhou para a mulher, aborrecido. Não gostava dela. Desde que a fora buscar ao aeroporto há quatro dias, tinha reparado na sua tensão, no seu desconforto. Ficava incomodado com a distância que ela colocava entre eles ao insistir que lhe chamasse senhora Miller.

Ela fitou-o. Tinha razão. Tinha cumprido. Outras ONG utilizavam os seus serviços. Não havia nada que Joël não conseguisse desde esse escritório com vista para a Cidade Velha de Jerusalém ao longe. Com ele trabalhavam a sua mulher, que era israelita, e mais quatro jovens. Dirigia uma empresa de serviços muito apreciada pelas ONG. Vou dizer-te uma coisa sobre esse homem: é uma lenda, disse Joël. Teria preferido falar com o filho dele, foi isso que te pedi. Mas ele foi para os Estados Unidos a convite da Universidade de Columbia para participar num seminário e, quando regressar, tu já não estarás aqui. Não tens o filho, mas tens o pai; acredita em mim quando te digo que ficas a ganhar com a mudança. É um velho formidável. Tem uma história... Conhece-lo assim tão bem? Às vezes os tipos do ministério enviam-lhe pessoas como tu. É uma pomba, o contrário do filho. É precisamente por isso que me interessa falar com o Aaron Zucker, porque é um dos principais líderes da política de assentamentos. Sim, mas o pai é mais interessante, insistiu Joël.

Ficaram em silêncio para evitar uma dessas absurdas discussões em que se engalfinhavam. Não se tinham dado bem. Ele achava-a exigente; ela só via o seu cinismo. E agora já estava a caminho. Cada vez se sentia mais tensa. Tinha acendido um cigarro e aspirava o fumo com prazer enquanto fixava o olhar naquela terra ondulada onde dos dois lados da estrada pareciam trepar alguns edifícios modernos e funcionais. Não havia cabras, pensou deixando-se levar pela imagem bíblica, mas porque é que haveria de haver? Não restava sítio para as cabras junto àqueles enormes blocos de aço e vidro que eram a insígnia da prosperidade do moderno Israel». In Julia Navarro, Dispara, eu já estou morto, Editora Bertrand, 2014, ISBN 978-972-252-905-1.

Cortesia de EBertrand/JDACT

JDACT, Julia Navarro, Literatura, Médio Oriente, Conhecimento,

segunda-feira, 21 de março de 2022

O Sangue dos Inocentes. Julia Navarro. «Coexistiam duas criações, a má e a boa, a terrena e a espiritual. Os perfeitos, acrescentou, ajudam-nos a encontrar o caminho para fugir da prisão e para que a nossa alma…»

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Languedoq meados do sécalo XIII

«(…) O cabreiro deteve-se junto de umas árvores que se encarrapitavam por um dos penhascos. Mal recuperara o fôlego quando se encontrou perante dona Maria. Julián, filho, quanto me alegra ver-te! Minha senhora... Vem, senta-te a meu lado, não temos muito tempo e temos de o aproveitar. Quero que me contes como estão as coisas ali em baixo. Os nossos espiões dizem que Hugues des Arcis conta com dez mil homens. Espero que o conde de Toulouse não se amedronte perante essa força e cumpra os seus compromissos para com esta terra. Não se trata apenas de fé, mas sim de poder. Que dizeis, senhora? Se Hugues des Arcis conquistar Montségur, acabou-se a liberdade na nossa terra. O rei quer estas terras porque, sem elas, o seu reino não vale nada. Pensas que lhe interessam os cátaros? Não, filho, não te iludas, aqui não se luta por Deus, mas sim pelo poder. Querem o nosso país para a Coroa. Mas o papa quer erradicar a heresia! O papa sim, mas ao rei de França tanto lhe faz.  Senhora, dizeis cada coisa...! Bem, não te cansarei com as minhas ideias, prefiro ouvir-te, ou melhor, que respondas às minhas perguntas. Durante uma hora, dona Maria interrogou Julián. Não houve pormenor acerca das forças de Hugues des Arcis sobre as quais não lhe colocasse perguntas. E tu, Julián? Continuas a ser um crente? Que sei eu! Estou confuso, senhora, já nem sei quem é Deus. Mas como é possível que digas isso? Enganei-me contigo? Sempre te considerei inteligente, por isso quis que estudasses e te tornasses dominicano... Contudo, a única coisa que quereis é que atraiçoe os meus irmãos! O que quero é que sirvas o Deus verdadeiro, e não o demónio que tens por Deus.

Julián persignou-se, espantado. Dona Maria atormentava-o com as suas ideias heréticas e fazia-o duvidar. Ainda recordava o dia em que o chamara para lhe dizer que encontrara o Deus verdadeiro, e que a partir desse momento ele também o deveria servir. Explicou-lhe que o mundo fora criado por uma divindade inferior, um demónio que encarcerara os verdadeiros anjos, e que estes anjos eram as almas humanas que apenas se libertariam com a morte. O corpo, disse-lhe, era uma prisão, o pior dos calabouços. Deus nada tinha a ver com a terra oblivionis. Era Ele o artífice do espírito, não da realidade material. Coexistiam duas criações, a má e a boa, a terrena e a espiritual. Os perfeitos, acrescentou, ajudam-nos a encontrar o caminho para fugir da prisão e para que a nossa alma se encontre no céu com essa parte do nosso espírito que voltará a tornar-nos inteiros. Vi dom Fernando. Meu filho? Vosso filho». In Julia Navarro, O Sangue dos Inocentes, 2007, Bertrand Editora, 2017, ISBN 978-972-253-182-5.

Cortesia de BertandE/JDACT

JDACT, Julia Navarro, Literatura, Cátaros,

domingo, 20 de março de 2022

Julia Navarro. O Sangue dos Inocentes. «De uma jovem bela e encantadora que não teve outra opção senão entregar-se ao seu senhor. Não fui eu que ditei as regras, nem estou de acordo com elas. Mas vós sabeis tão bem quanto eu que os senhores têm filhos fora do matrimónio»

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Languedoq meados do sécalo XIII

«(…) Se não vos incomoda, desejaria ficar na tenda, afirmou Julián. Sinto-me mal. Quem sabe o sono me sirva de ajuda. Direi ao médico que vos volte a examinar, disse frei. Não! Rogo-vos! Não suportaria outra sangria! Um pouco de sopa e um pedaço de pão para molhar no vinho serão os melhores dos remédios. Estou muito cansado, frei Pèire... Creio que tem razão, intercedeu Fernando. O melhor que podemos fazer pelo meu bom irmão é deixar que repouse. Não há nada melhor do que um bom sono reparador. Quanto a vós, dom Fernando, esperam-vos para partilhar o jantar com meu senhor Hugues des Arcis e o resto dos cavaleiros. Não me demorarei mais de um minuto, o tempo que tardareis em trazer o caldo e o vinho com pão ao bom Julián. Com passo diligente, frei Pèiré voltou a sair da tenda, preocupado pela palidez do irmão Julián. Que Deus o perdoasse, mas acreditava ter visto a morte reflectida no rosto dele. Sinto ter-vos causado pesar, disse Fernando, quando ficaram de novo sós. Não vos preocupeis. Sim, preocupo-me porque vos aprecio, e quer gosteis quer não, somos meios-irmãos. Isso não vos deveria afligir. Sois filho de um nobre senhor da vila de Aínsa. E de uma criada de vossa casa.

De uma jovem bela e encantadora que não teve outra opção senão entregar-se ao seu senhor. Não fui eu que ditei as regras, nem estou de acordo com elas. Mas vós sabeis tão bem quanto eu que os senhores têm filhos fora do matrimónio. Tivestes sorte, porque minha mãe nunca abandonou os filhos bastardos, nem tão-pouco as suas mães. Procurou dar a todos uma posição e colocou um especial empenho no vosso caso. Fostes criado no nosso solar de família, aprendestes a montar a cavalo ao mesmo tempo que eu e fizeram-vos aprender a ler e a escrever, inclusive, minha mãe comprou-vos o vosso cargo eclesiástico... Mas sou um bastardo. Somos todos iguais perante os olhos de Deus. No dia do Juízo Final não vos perguntarão pelo momento nem pela circunstância do vosso nascimento, apenas por aquilo que fizestes nesta vida. Julián, aterrado, começou a tossir convulsivamente enquanto Fernando tentava em vão fazê-lo beber água. Acalmai-vos e bebei água! Mas, que vos está a acontecer? O juízo de Deus..., sei que irei para o inferno. O frade tremia e as lágrimas deslizavam-lhe pelas faces. A angústia e o medo converteram o escrivão da Inquisição (maldita) numa criança. Mas, Julián, qual a vossa culpa para que vos sintais assim? Vossa mãe, é ela a culpada do meu sofrimento! Calai-vos! Como vos atreveis a dizer tamanha barbaridade! As lágrimas inundaram o rosto do frade que, por entre fortes convulsões, caiu no austero catre onde dormia. Fernando não sabia que fazer. Sentia pena ao ver o estado de Julián, a quem sempre quisera e protegera, e que preferia ao resto dos seus irmãos.

É uma sorte que tenha vindo connosco o cavaleiro Armand. É um físico bom e no Oriente aumentou os seus conhecimentos. Pedir-lhe-ei que vos visite e vos dê um remédio para o mal que vos apoquenta. Agora tenho de ir. Amanhã, voltarei para vos ver. Fernando saiu da tenda, intrigado pelo sofrimento de Julián. Preocupava-o, mais que o padecimento físico do irmão, saber que tinha a alma apoquentada. Julián permaneceu um bom bocado encolhido no catre. Nem sequer se mexeu quando frei Pèire lhe levou a sopa, o pão e o vinho. Preferiu fingir que estava a dormir para não ter que se confrontar com outra conversa acerca do seu calamitoso estado de saúde. Quando deixou de ouvir os passos de frei Pèire, sentou-se para molhar o pedaço de pão no vinho de sabor áspero que algumas vezes lhe conseguia levantar o ânimo. Bebeu de uma só vez a sopa e voltou a estender-se, à espera que se desvanecessem os ruídos do acampamento para acudir ao pedido de dona Maria. O homem que lhe entregara a mensagem da senhora esperá-lo-ia no exterior do acampamento para o conduzir através dos penhascos até ao lugar onde se devia encontrar com ela.

Não soube quanto tempo passara quando ouviu um ruído perto da tenda. Sentou-se sobressaltado, consciente de que adormecera. Conseguiu levantar-se a muito custo e serviu-se de um copo de água, que bebeu com sofreguidão. De seguida, enxaguou o rosto, vestiu o hábito amarrotado, e saiu silenciosamente da tenda. Sentia que as pancadas do coração podiam despertar o acampamento que nesse momento estava tranquilo, iluminado pelas chamas das fogueiras que tentavam aliviar o frio intenso daquela noite de Inverno. Escapuliu-se do acampamento com passos rápidos e dirigiu-se ao bosque, certo que a qualquer momento apareceria o enviado de dona Maria.

Estais atrasado, recriminou-o o homem que saiu ao seu encontro como se se tratasse de um espectro. Era um cabreiro que conhecia bem os caminhos da montanha. Não pude vir antes. Ou adormecestes, replicou o homem, de mau humor. Não, não adormeci, só que não posso sair do acampamento quando me apetece. Pois outros o fazem. Isso é uma surpresa! Surpreende-vos que entre os soldados recrutados à força existam alguns que têm familiares ali em cima? Julián calou-se. De modo que Fernando tinha razão. Havia quem entrasse e saísse de Montségur como de sua própria casa. Onde é que a senhora me espera? Segui-me até ao lugar. Caminharam perto de uma hora entre penhascos formados por blocos calcários que terminavam na enorme rocha onde, desafiador ao olho humano, se encontrava o castelo de Montségur». In Julia Navarro, O Sangue dos Inocentes, 2007, Bertrand Editora, 2017, ISBN 978-972-253-182-5.

Cortesia de BertandE/JDACT

JDACT, Julia Navarro, Literatura, Cátaros,

domingo, 20 de fevereiro de 2022

Julia Navarro. O Sangue dos Inocentes. «Caminharam perto de uma hora entre penhascos formados por blocos calcários que terminavam na enorme rocha onde, desafiador ao olho humano, se encontrava o castelo de Montségur»

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Languedoq meados do sécalo XIII

«(…) Escapuliu-se do acampamento com passos rápidos e dirigiu-se ao bosque, certo que a qualquer momento apareceria o enviado de dona Maria. Estais atrasado, recriminou-o o homem que saiu ao seu encontro como se se tratasse de um espectro. Era um cabreiro que conhecia bem os caminhos da montanha. Não pude vir antes. Ou adormecestes, replicou o homem, de mau humor. Não, não adormeci, só que não posso sair do acampamento quando me apetece. Pois outros o fazem. Isso é uma surpresa! Surpreende-vos que entre os soldados recrutados à força existam alguns que têm familiares ali em cima? Julián calou-se. De modo que Fernando tinha razão. Havia quem entrasse e saísse de Montségur como de sua própria casa. Onde é que a senhora me espera? Segui-me até ao lugar. Caminharam perto de uma hora entre penhascos formados por blocos calcários que terminavam na enorme rocha onde, desafiador ao olho humano, se encontrava o castelo de Montségur. O cabreiro deteve-se junto de umas árvores que se encarrapitavam por um dos penhascos. Mal recuperara o fôlego quando se encontrou perante dona Maria. Julián, filho, quanto me alegra ver-te! Minha senhora... Vem, senta-te a meu lado, não temos muito tempo e temos de o aproveitar. Quero que me contes como estão as coisas ali em baixo. Os nossos espiões dizem que Hugues des Arcis conta com dez mil homens. Espero que o conde de Toulouse não se amedronte perante essa força e cumpra os seus compromissos para com esta terra. Não se trata apenas de fé, mas sim de poder. Que dizeis, senhora? Se Hugues des Arcis conquistar Montségur, acabou-se a liberdade na nossa terra.

O rei quer estas terras porque, sem elas, o seu reino não vale nada. Pensas que lhe interessam os cátaros? Não, filho, não te iludas, aqui não se luta por Deus, mas sim pelo poder. Querem o nosso país para a Coroa. Mas o papa quer erradicar a heresia! O papa sim, mas ao rei de França tanto lhe faz. Senhora, dizeis cada coisa...! Bem, não te cansarei com as minhas ideias, prefiro ouvir-te, ou melhor, que respondas às minhas perguntas. Durante uma hora, dona Maria interrogou Julián. Não houve pormenor acerca das forças de Hugues des Arcis sobre as quais não lhe colocasse perguntas. E tu, Julián? Continuas a ser um crente? Que sei eu! Estou confuso, senhora, já nem sei quem é Deus. Mas como é possível que digas isso? Enganei-me contigo? Sempre te considerei inteligente, por isso quis que estudasses e te tornasses dominicano... Contudo, a única coisa que quereis é que atraiçoe os meus irmãos! O que quero é que sirvas o Deus verdadeiro, e não o demónio que tens por Deus.

Julián persignou-se, espantado. Dona Maria atormentava-o com as suas ideias heréticas e fazia-o duvidar. Ainda recordava o dia em que o chamara para lhe dizer que encontrara o Deus verdadeiro, e que a partir desse momento ele também o deveria servir. Explicou-lhe que o mundo fora criado por uma divindade inferior, um demónio que encarcerara os verdadeiros anjos, e que estes anjos eram as almas humanas que apenas se libertariam com a morte. O corpo, disse-lhe, era uma prisão, o pior dos calabouços. Deus nada tinha a ver com a terra oblivionis. Era Ele o artífice do espírito, não da realidade material. Coexistiam duas criações, a má e a boa, a terrena e a espiritual. Os perfeitos, acrescentou, ajudam-nos a encontrar o caminho para fugir da prisão e para que a nossa alma se encontre no céu com essa parte do nosso espírito que voltará a tornar-nos inteiros. Vi dom Fernando. Meu filho? Vosso filho». In Julia Navarro, O Sangue dos Inocentes, 2007, Bertrand Editora, 2017, ISBN 978-972-253-182-5.

Cortesia de BertandE/JDACT

JDACT, Julia Navarro, Literatura, Cátaros,

sábado, 19 de fevereiro de 2022

Julia Navarro. O Sangue dos Inocentes. « Fostes criado no nosso solar de família, aprendestes a montar a cavalo ao mesmo tempo que eu e fizeram-vos aprender a ler e a escrever, inclusive, minha mãe comprou-vos o vosso cargo eclesiástico...»

jdact

Languedoq meados do sécalo XIII

«(…) Se não vos incomoda, desejaria ficar na tenda, afirmou Julián. Sinto-me mal. Quem sabe o sono me sirva de ajuda. Direi ao médico que vos volte a examinar, disse frei. Não! Rogo-vos! Não suportaria outra sangria! Um pouco de sopa e um pedaço de pão para molhar no vinho serão os melhores dos remédios. Estou muito cansado, frei Pèire... Creio que tem razão, intercedeu Fernando. O melhor que podemos fazer pelo meu bom irmão é deixar que repouse. Não há nada melhor do que um bom sono reparador. Quanto a vós, dom Fernando, esperam-vos para partilhar o jantar com meu senhor Hugues des Arcis e o resto dos cavaleiros. Não me demorarei mais de um minuto, o tempo que tardareis em trazer o caldo e o vinho com pão ao bom Julián. Com passo diligente, frei Pèiré voltou a sair da tenda, preocupado pela palidez do irmão Julián. Que Deus o perdoasse, mas acreditava ter visto a morte reflectida no rosto dele. Sinto ter-vos causado pesar, disse Fernando, quando ficaram de novo sós. Não vos preocupeis. Sim, preocupo-me porque vos aprecio, e quer gosteis quer não, somos meios-irmãos. Isso não vos deveria afligir. Sois filho de um nobre senhor da vila de Aínsa. E de uma criada de vossa casa. De uma jovem bela e encantadora que não teve outra opção senão entregar-se ao seu senhor. Não fui eu que ditei as regras, nem estou de acordo com elas. Mas vós sabeis tão bem quanto eu que os senhores têm filhos fora do matrimónio. Tivestes sorte, porque minha mãe nunca abandonou os filhos bastardos, nem tão-pouco as suas mães. Procurou dar a todos uma posição e colocou um especial empenho no vosso caso. Fostes criado no nosso solar de família, aprendestes a montar a cavalo ao mesmo tempo que eu e fizeram-vos aprender a ler e a escrever, inclusive, minha mãe comprou-vos o vosso cargo eclesiástico...

Mas sou um bastardo. Somos todos iguais perante os olhos de Deus. No dia do Juízo Final não vos perguntarão pelo momento nem pela circunstância do vosso nascimento, apenas por aquilo que fizestes nesta vida. Julián, aterrado, começou a tossir convulsivamente enquanto Fernando tentava em vão fazê-lo beber água. Acalmai-vos e bebei água! Mas, que vos está a acontecer? O juízo de Deus..., sei que irei para o inferno. O frade tremia e as lágrimas deslizavam-lhe pelas faces. A angústia e o medo converteram o escrivão da inquisição numa criança. Mas, Julián, qual a vossa culpa para que vos sintais assim? Vossa mãe, é ela a culpada do meu sofrimento! Calai-vos! Como vos atreveis a dizer tamanha barbaridade! As lágrimas inundaram o rosto do frade que, por entre fortes convulsões, caiu no austero catre onde dormia. Fernando não sabia que fazer. Sentia pena ao ver o estado de Julián, a quem sempre quisera e protegera, e que preferia ao resto dos seus irmãos. É uma sorte que tenha vindo connosco o cavaleiro Armand. É um físico bom e no Oriente aumentou os seus conhecimentos. Pedir-lhe-ei que vos visite e vos dê um remédio para o mal que vos apoquenta. Agora tenho de ir. Amanhã, voltarei para vos ver. Fernando saiu da tenda, intrigado pelo sofrimento de Julián. Preocupava-o, mais que o padecimento físico do irmão, saber que tinha a alma apoquentada.

Julián permaneceu um bom bocado encolhido no catre. Nem sequer se mexeu quando frei Pèire lhe levou a sopa, o pão e o vinho. Preferiu fingir que estava a dormir para não ter que se confrontar com outra conversa acerca do seu calamitoso estado de saúde. Quando deixou de ouvir os passos de frei Pèire, sentou-se para molhar o pedaço de pão no vinho de sabor áspero que algumas vezes lhe conseguia levantar o ânimo. Bebeu de uma só vez a sopa e voltou a estender-se, à espera que se desvanecessem os ruídos do acampamento para acudir ao pedido de dona Maria. O homem que lhe entregara a mensagem da senhora esperá-lo-ia no exterior do acampamento para o conduzir através dos penhascos até ao lugar onde se devia encontrar com ela. Não soube quanto tempo passara quando ouviu um ruído perto da tenda. Sentou-se sobressaltado, consciente de que adormecera. Conseguiu levantar-se a muito custo e serviu-se de um copo de água, que bebeu com sofreguidão. De seguida, enxaguou o rosto, vestiu o hábito amarrotado, e saiu silenciosamente da tenda. Sentia que as pancadas do coração podiam despertar o acampamento que nesse momento estava tranquilo, iluminado pelas chamas das fogueiras que tentavam aliviar o frio intenso daquela noite de Inverno». In Julia Navarro, O Sangue dos Inocentes, 2007, Bertrand Editora, 2017, ISBN 978-972-253-182-5.

Cortesia de BertandE/JDACT

 JDACT, Julia Navarro, Literatura, Cátaros, 

O Sangue dos Inocentes. Julia Navarro. «… somos filhos obedientes da Igreja, pediram os nossos serviços por isso aqui estamos. Outra coisa é aquilo que faremos. Deus seja louvado!»

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Languedoq meados do sécalo XIII

«(…) Um dos camponeses da zona, que fornece o senescal com o queijo das suas cabras, conseguiu entrar na minha tenda para me entregar a carta de dona Maria. As suas instruções são precisas: quando a noite cair, devo abandonar o acampamento e caminhar até à entrada do vale. Ali alguém me levará pelas passagens secretas que sei conduzirem a Montségur. Se Hugues des Arcis soubesse da sua existência pagar-me-ia bem pela informação, ou talvez me mandasse castigar por não lhas ter revelado há mais tempo. A tarde torna-se eterna. Oiço passos, quem será? Estais bem, Julián? Frei Pèire alarmou-me ao dizer que estáveis com febre. O frade levantou-se de um salto e abraçou o homem alto e robusto que acabava de entrar na tenda sem autorização. Era o irmão. Por um instante, sentiu-se melhor, como quando era criança e se sentia protegido pela figura imponente de Fernando, o qual era capaz de derrubar com um soco qualquer pessoa que se aproximasse. Mas era sobretudo o olhar sereno e confiante que desarmava os seus adversários, e fazia com que os  amigos se sentissem seguros. Fernando, vós aqui? Que alegria! Quando chegastes? Há apenas uma hora que chegámos ao acampamento. Chegaram? Sim, eu com mais cinco cavaleiros. O bispo de Albi, Durand de Belcaire, pediu ajuda ao grão-mestre. O nosso irmão Arthur Bonard é um engenheiro hábil, tal como o bispo.

Há já dias que chegaram os reforços que o bispo enviou ao nosso senhor Hugues des Arcis. Mas não sabia que também tinha pedido ajuda ao Templo. É um homem de Deus aquele que gosta da guerra, já que é capaz de imaginar todos os tipos de máquinas e artefactos para destruir o inimigo. Presumo que terá outras virtudes..., respondeu Fernando com um sorriso. Oh, sim! Discursa aos soldados quase melhor do que o senhor Des Arcis. Bem, não está nada mal para um bispo, troçou Fernando. Dizei-me, os templários querem acabar com os bons homens? Ouvi rumores de que não gostam de perseguir cristãos. Fernando demorou a responder. De seguida, suspirou e disse em voz baixa: Não façais caso dos rumores. Isso não é uma resposta. Não confiais em mim? Claro que sim! Sois meu irmão! Bem, dar-vos-ei uma resposta. Os cristãos eram adversários poderosos, demasiados para perder energias a combater entre nós. Que dano causam os bons homens? Vivem como verdadeiros cristãos, e dão testemunho de pobreza. Mas renegam a Cruz! Não vêem Nosso Senhor nela. Consideram a Cruz como um símbolo, como o lugar onde foi crucificado. Mas não sou teólogo, sou um simples soldado. E também monge. Cumpro com Deus como me manda a Santa Madre Igreja, embora isso não signifique que não possa pensar. Não gosto de perseguir cristãos. Nem vós nem aqueles que pertencem à vossa Ordem, replicou Julián. E vós, gostais de ver mulheres e crianças a arder nas fogueiras?

A pergunta de Fernando provocou-lhe náuseas. Que Deus os guarde no Seu seio!, exclamou Julián, enquanto se persignava. A Igreja garante que estão no inferno, asseverou Fernando em tom de troça. Não nos aflijamos e conformemo-nos com a situação. Nem a vós, nem a mim, agradam as mortes dos inocentes. Quanto ao Templo.., somos filhos obedientes da Igreja, pediram os nossos serviços por isso aqui estamos. Outra coisa é aquilo que faremos. Deus seja louvado! Desse modo, estais aqui mas como se não... Qualquer coisa parecida. Tende cuidado, Fernando. Encontra-se entre nós frei Ferrer, que vê heresia até no silêncio. Frei Ferrer? Devo confessar-vos que as notícias que ouvi dele são inquietantes. Porque está aqui? Dirige a nossa ordem e jurou fazer justiça, ao mandar para a fogueira os assassinos dos nossos irmãos. Referi-vos aos dominicanos assassinados em Avignon? Assim é. Chegaram a essa cidade em busca de hereges. Acompanhavam—nos oito escrivães que foram vítimas de uma emboscada. Raimundo de Alfaro, o administrador do conde de Toulouse em Avignon, autorizou o seu assassinato. Mas isso não está provado, contestou Fernando. Duvidais, senhor?, ouviram nas suas costas.

Julián e Fernando voltaram-se, surpreendidos. Frei Ferrer acabava de entrar na tenda e ouvira as últimas palavras. Fernando não se alterou, apesar do olhar carregado de reprovação com que o inquisidor o observava. Vós sois...? Frei Ferrer, respondeu o dominicano, e perguntava-vos se duvidais da cumplicidade de Alfaro no assassinato dos meus dois irmãos. Não existem provas de que isso tenha acontecido. Provas?, trovejou frei Ferrer. Sabei que Alfaro alojou os meus irmãos na torre de menagem do castelo, onde ninguém lhes pudesse prestar socorro, longe de qualquer olhar. Sabei também que foram assassinados a meio da noite por um destacamento de hereges saído daqui, de Montségur, este ninho de iniquidade que Deus destruirá. A Igreja não perdoará esta afronta. Esses a que chamam Bons Cristãos são um bando de assassinos. Julián olhava-o aterrorizado e incapaz de se mover. Fernando avaliou o dominicano e decidiu que seria um erro entrar em conflito com ele. Ignoro os pormenores do ocorrido. Se dizeis que foi assim, então que seja. Frei Ferrer cravou os olhos em Julián, que parecia prestes a desmaiar. Frei Pèire insistiu que não vos viesse ver porque necessitais de repousar, mas faltaria à piedade e à caridade se não me preocupasse convosco. Vejo que estais acompanhado, e visitar-vos-ei noutra altura. Frei Ferrer saiu com a mesma rapidez com que os surpreendera. Vamos, não vos assusteis, vi-vos empalidecer, riu-se Fernando. É vosso irmão em Deus. Vós.., vós não o conheceis, murmurou Julián. Não gostaria de estar no lugar dos hereges. Receio que algo que falta a este frei Ferrer seja a compaixão». In Julia Navarro, O Sangue dos Inocentes, 2007, Bertrand Editora, 2017, ISBN 978-972-253-182-5.

Cortesia de BertandE/JDACT

 DACT, Julia Navarro, Literatura, Cátaros,

O Sangue dos Inocentes. Julia Navarro. «Está muito enfermo, a gota quase que o impede de andar, e sofre de espasmos no coração. A mais velha das minhas irmãs trata dele com devoção. Já sabeis que dona Marta enviuvou…»

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Languedoq meados do sécalo XIII

«(…) Presumo que sabeis que vossa mãe continua em Montségur, acompanhada pela mais nova de vossas irmãs. Fernando assentiu com uma expressão séria e preocupada. Evocar a mãe, dona Maria, causou-lhe uma dor repentina no peito. Nunca a sentira muito próxima, apesar de lhe querer mais até do que ao próprio pai. Enérgica e inquieta, não prodigalizara demasiadas carícias entre os filhos, por muito que quisesse a todos e os protegesse, procurando-lhes um futuro. Eu..., bem..., vi-a nalgumas ocasiões, confessou Julián. Não é de estranhar, o castelo nunca esteve incomunicável. Sabemos que alguns dos seus homens sobem e descem por passagens secretas que apenas eles conhecem. Minha mãe enviou-me uma carta não há muito tempo. Escreveu-vos?, perguntou Julián, assustado. Só a senhora se poderia atrever a fazer algo assim! Não vos preocupeis. Minha mãe é inteligente e não nos colocou em perigo. Recebi a missiva através de um pajem da casa de minha irmã Marian. Já sabeis que seu esposo, dom Bertran d'Amis, serve o conde Raimundo, de modo que Marian recebe notícias frequentes de minha mãe. Agora que estou aqui tentarei visitá-la, não sei bem como..., talvez me possais ajudar. Nem sequer o deveis tentar! O meu senhor Hugues des Arcis matar-vos-ia, e o bispo excomungar-vos-ia.

Saberei encontrar um modo, meu bom Julián. Tentarei convencê-la a abandonar Montségur ou, pelo menos, que o permita a minha irmã Teresa, que mal deixou a infância. Mais tarde ou mais cedo, o castelo será conquistado e..., bem, vós sabeis tão bem quanto eu: não haverá piedade para os cátaros. Tentarei convencê-la, devo-o a meu pai, ao nosso pai. Julián baixou a cabeça envergonhado. Doíam-lhe as entranhas ao saber-se um bastardo de dom Juan de Aínsa. Vamos, Julián, não vos quero ver abatido! Julián sentou-se e serviu-se de um jarro de água que bebeu com sofreguidão sem o oferecer a Fernando. Este esperou em silêncio até que o irmão reencontrasse o sossego antes de prosseguir. Estivestes com dom Juan?, perguntou Julián num fio de voz. Há muitos anos, de regresso a este país, consegui desviar-me e passar por Aínsa para visitar nosso pai. Estive apenas dois dias com ele, mas foi o suficiente para nos inteirarmos um do outro. Continua a amar minha mãe tanto como no dia em que a desposou e o destino dela angustia-o. Pediu-me que a salvasse, a ela e à minha irmã mais nova. Prometi-lhe que faria o impossível para que abandonasse Montségur, embora ambos saibamos que minha mãe não deixará o castelo, que defrontará a própria morte porque não teme nada nem ninguém, nem sequer Deus.

Dom Juan encontra-se bem de saúde? Está muito enfermo, a gota quase que o impede de andar, e sofre de espasmos no coração. A mais velha das minhas irmãs trata dele com devoção. Já sabeis que dona Marta enviuvou e regressou à casa paterna com seus dois filhos, em busca da protecção de nosso pai. Dona Marta sempre foi a sua filha favorita. É a mais velha de todos nós e durante algum tempo parecia que ia ser a sua única filha, já que minha mãe não engravidava. Com excepção, claro, dos outros filhos que meu pai teve... Sim, os seus bastardos. Dom Juan amava dona Maria, mas nunca teve pejo em tomar outras donzelas. Vossa mãe era muito formosa. Sim, devia sê-lo, nunca tive o prazer de a conhecer. Os dois homens ficaram em silêncio, cada um absorto nos seus pensamentos. O ar frio e o pigarro de frei Pèire devolveu-os à realidade. Desculpai-me, dom Fernando, vinha comprovar se frei Julián se encontrava bem. Não sei se se sentirá com forças para jantar connosco ou se prefere que lhe tragamos até aqui a refeição...» In Julia Navarro, O Sangue dos Inocentes, 2007, Bertrand Editora, 2017, ISBN 978-972-253-182-5.

Cortesia de BertandE/JDACT

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domingo, 2 de julho de 2017

Diz-me Quem Sou. Julia Navarro. «Que idade tens? A pergunta irritou-me. Ela sabia perfeitamente que eu estava na casa dos trinta, que era o mais velho dos primos»

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Guillermo
«És um falhado. Sou uma pessoa decente. A minha tia ergueu os olhos dos papéis que tinha nas mãos. Estava a lê-los como se o seu conteúdo representasse uma novidade para ela. Mas não era assim. Naquele currículo, estava resumido o meu breve e desastrado percurso profissional. Fitou-me com curiosidade e continuou a ler, ainda que eu soubesse que não haveria muito mais para ler. Chamara-me falhado não com a intenção de me ofender, mas como quem constata algo evidente. O gabinete da minha tia era intimidante. Na verdade, aquilo que mais me perturbava nela era a sua atitude altiva e distante, como se o facto de ter triunfado na vida lhe permitisse olhar para o resto da família de nariz empinado. Não gostava dela, mas eu também nunca havia sido o seu sobrinho favorito, pelo que fiquei surpreendido quando a minha mãe me disse que a sua irmã pretendia ver-me com urgência.
A tia Marta tornara-se a matriarca da família, dominando inclusivamente os seus outros dois irmãos, o tio Gaspar e o tio Fabián. Era consultada para qualquer assunto e ninguém tomava uma decisão que não tivesse sido previamente aprovada por ela. A bem dizer, eu era o único que a evitava e que, ao contrário dos meus primos, nunca procurava a sua aprovação. Mas ali estava ela, orgulhosa por ter salvado e triplicado o património familiar, um negócio dedicado à compra, venda e reparação de maquinaria, graças, entre outas razões, ao conveniente casamento com o seu bondoso marido, o tio Miguel, por quem eu nutria uma simpatia secreta. O tio Miguel tinha herdado alguns edifícios no centro de Madrid, cujos inquilinos lhe pagavam avultadas rendas mensais. Exceptuando as reuniões uma vez por mês com o administrador dos edifícios, nunca trabalhara. A sua única preocupação era colecionar livros raros, jogar golfe e, sob qualquer pretexto, escapar ao olhar vigilante da minha tia Marta, a quem delegara de bom grado a responsabilidade de se reunir mensalmente com o administrador, sabendo que ela possuía a inteligência e a paixão necessárias para acertar em tudo aquilo que fazia.
Pelos vistos, ao falhanço chamas decência. Significará isso que todos aqueles que triunfam na vida são indecentes? Estive quase a dizer que sim, mas, como tal atitude não agradaria à minha mãe, decidi-me por uma resposta mais neutra. Como sabes, na minha profissão, ser decente costuma significar acabar no desemprego. Não calculas como está o jornalismo neste país. Ou estás alinhado com a direita ou com a esquerda. Não passas de uma correia de transmissão para as ideias de uns ou de outros. Limitarmo-nos a reportar aquilo que acontece e a opinar imparcialmente conduz-nos à marginalização e ao desemprego. Sempre julguei que fosses um rapaz com ideias de esquerda, disse a minha tia com uma certa ironia. E, agora, é a esquerda quem governa...
Sim, mas o governo pretende que os jornalistas da mesma corrente ideológica fechem os olhos e calem a boca perante os seus erros. Criticá-lo equivale a ser-se marginalizado. Deixam de te considerar um dos seus e claro que, como também não estás vinculado aos outros, acabas por ficar em terra de ninguém, ou seja, no desemprego, como eu estou. No teu currículo, dizes que trabalhas num jornal digital. Que idade tens? A pergunta irritou-me. Ela sabia perfeitamente que eu estava na casa dos trinta, que era o mais velho dos primos. Mas era a sua forma de demonstrar o desinteresse que sentia por mim. Assim, decidi não lhe dizer a minha idade, dado ser evidente que ela já a sabia.
Sim, faço crítica literária num jornal da Internet. Não encontrei coisa melhor, mas, pelo menos, não tenho de pedir dinheiro à minha mãe para comprar tabaco. A minha tia Marta observou-me de cima a baixo, como se fosse a primeira vez que me visse, parecendo hesitar antes de se decidir por me fazer uma proposta. Bem..., vou oferecer-te um emprego, que aliás será bem pago. Confio que estejas à altura daquilo que esperamos de ti. Não sei aquilo que pretendes oferecer, mas a minha resposta é não. Não gosto dos gabinetes de imprensa das empresas. Se vim ter contigo foi porque a minha mãe me pediu». In Julia Navarro, Diz-me quem Sou, 2010, Bertrand Editora, 2011, ISBN 978-972-252-367-7.

Cortesia de BertrandE/JDACT